Domingo por la mañana, dios ha decidido echarse a descansar, como una burra, después de apuntar más a la cantidad, que a la calidad; hoy nadie le reprochará nada, bueno, nunca nadie jamás le ha reprochado nada.
Barrio La Estanzuela, al oeste del oeste: a ver, Corredor del Oeste, pero no del lado de Palmares, sino del otro, para que te ubiques (y para hacerte enojar y que abajo de la nota, hagas clic en la opción de la bronca, como un buen perro, hincando el diente a este mal escriba).
Aquí estamos: fin de un año muy golpeador, cabrón con saña sobre nuestro lomo, que, en pleno ejercicio de su selectiva mordacidad y de su meditado cinismo, comienza a decirnos felices fiestas, a mostrarnos un gordo rojo con cara de idiota, haciendo surf con renos en la bahía celeste y jojojo y muere un cristo y nacen las promociones para volar a Miami o para comprar la sidra por seis y el pollo con papas y el arbolito nevado con luces y todo y hasta pesebre con animalitos. Y todo por dos pesos.
Muere un cristo y nacen las promociones para volar a Miami o para comprar la sidra por seis y el pollo con papas y el arbolito nevado con luces y todo y hasta pesebre con animalitos
Diciembre caluroso, como sólo son calurosos los diciembres en el pellejo del piedemonte, caluroso como frío fue el invierno, caluroso como una chapa de zinc oxidada en el infierno, caluroso como tu auto sin sombra, caluroso como la gruta de Cacheuta, caluroso como una celda de la cárcel de Almafuerte, que es como un transformer de araña agazapado entre los cerros, en fin, caluroso como mierda se te ocurra es lo caluroso, al menos ahora mismo, caluroso, y mañana quién sabe si estaremos o no estaremos.
Almas en vena sobre el playón sin árboles, porque los árboles, por aquí, los árboles, o son pimientos batalladores o no son nada. Los árboles, aquí, son cuestiones de fe o decisiones políticas; los árboles aquí son como Galdalf El Gris, que se te aparecen de pronto en una duna del bosque Telteca.
Decimos: domingo por la mañana, barrio La Estanzuela, diciembre caluroso, playón sin árboles y niños de dos barrios humildes que se disponen a enhebrar sus propias versiones de la épica y de la dicha, que son casi la misma cosa.
Barrio La Estanzuela versus Peñarol, de Villa Marini, sobra aguante y hay banderas y palmas y calentamiento previo y guantes dóciles en las manos de los arqueros y directores técnicos que arengan como generales y alguno que se echa un chorro de agua en la nuca y otro que dispara desviado y una madre que aplaude, porque está un poco lejos para acariciar.
Partido de fútbol de niños de dos barriadas gemelas como Abel y Abel; zapatillas y botines bastante bien logrados, en sus homenajes hiperrealistas a las grandes marcas que -dicen las malas lenguas- explotan a niños como estos en Singapur, Corea del Sur, Tailandia, Indonesia, Filipinas, Vietnam, Taiwán y otros sitios inexistentes como esos, pero no debe ser cierto, claro que no, viste cómo es Internet.
Un corte de pelo a lo Cristiano Ronaldo por acá, uno a lo Messi por allá, uno con la diez que camina canchero, uno tipo Panzer con la dos en la espalda, uno abandonado y otro sobreprotegido, una que fue abandonada y otro que abandonó, una que no ha dormido y otro que no despierta y no hay caso. Y camisetas con publicidades microemprendedoras y un árbitro panzón con silbato en boca que ya traspira las cervezas de anoche y acequias, como víboras, más secas que lengua de loro y columnas de alta tensión como esqueletos de espantapájaro, sosteniendo el alambrado eléctrico.
Estamos de fiesta; copa en juego en el polideportivo, población jornalera y/o desocupada con anhelos de una gloria que no es ni Gloria Stefan ni la de los laureles inmaculados que supimos conseguir. Aguita clara y tibia en botellas descartables, mates dulces, muy dulces a pesar de todo, y galletas Variedades; gorras y gafas, para no morir en el intento; chocos berretas con lengua afuera, madres hermosas en imparables caídas libres, con tatuajes de corazones y flechas que equivocaron, padres que fueron niños con pelotas en potreros, llenos de sueños, que ahora tocan tambores de guerra en el fondo de sus ojos y allá, sobre el asfalto inclemente, micros que bufan como toros con estoques sangrientos en el lomo.
En el diario no hablaban de ti; nunca los diarios hablarán de ti y, por eso, has aprendido a levantar con ramas secas y bolsas de supermercando un cobijo en las espaldas y los talones de esa puta cara que llaman realidad, un pequeño rancho trémulo, no más que eso, para atravesar los días y ver crecer a tus enanos, que ojalá lleguen más lejos y que no lo hagan descalzos. En el diario no hablarán de ti y si lo hacen, jamás has de enterarte.
En el diario no hablarán de ti y si lo hacen, jamás has de enterarte
Entonces, suena el silbato y rueda la pelota y toda pesadumbre y toda condena se suspende. De pronto, obra de esta maravilla mundial llamada fútbol, todos comienzan a creer. Y de eso se tratará: de creer.
¿Cómo es posible? La única forma posible de sostenerse en la saludable creencia sin fe, exige la igualación de oportunidades, la aceptación de la diversidad en un abanico de reglas claras y precisas, las estrategias inclusivas, la dignidad en las representaciones, el amor hacia los prójimos, sobre todo los desvalidos, y esfuerzos constantes, esta vez, al menos con premios para algunos.
El fútbol barrial es también una representación de lo divino.
A esta altura, que no nos importen los resultados: ganar o perder son escalas de descanso en la batalla. Mañana estos niños serán hombres y saldrán a la calle y, con calor o con frío, les romperán los hocicos decenas de veces con una ferocidad inusitada, hasta que accedan a ser dóciles y eficaces; no obstante, y así sea, en algún lugar de sí, cerca del pecho, recordarán que aún persisten, como mantras o tímidas velas bajo la noche inmensa, los recuerdos de la infancia y sus mañanas, como estas, las más hermosas mañanas del mundo. El calor, el frío y las cicatrices jugarán, otra vez, papeles secundarios.
El fútbol barrial es también una representación de lo divino
Claro está que nada de lo que has leído habrá de torcer los destinos del mundo; ni siquiera del continente o de Argentina o de Mendoza o de tu barrio o tu casa o de tu puño. El mundo y los puños ya están cerrados y torcidos. Abrirlos nos costaría una vida.
Ulises Naranjo (texto y fotos).