Hay turistas, hordas de turistas. Los colombianos y brasileños que a veces me confundo, los americanos de cierta edad que llegan en combis a comer a los dos o tres restaurantes elegantes, los ingleses más distinguidos que recorren bodegas con chofer, los alemanes sudorosos que cruzan la cordillera en sus beemes con patente de Munich. Y muchos rubios sin etiqueta, de estos que antes se llamaban mochileros y ahora ya no se llaman porque vienen solos. Y sobre todo los chilenos, que se reconocen por sus bolsas de compras: dicen que llegan treinta mil cada fin de semana y que en Mendoza ya no hay liquidaciones, porque los chilenos compran todo.
Ultimamente Mendoza se convirtió en una de las zonas más sofisticadas de Argentina para el turismo, por lo menos. Tiene un turismo que no depende, como suele suceder, de las construcciones de algún ancestro, pueblitos, fuertes, catedrales o de los azares de una escenografía natural, grandes montañas, costas, arroyos cantarines sino de algo que ellos hacen aquí y ahora: el vino, los paisajes del vino tan humanos, las compras, el "turismo aventura" con perdón de la contradicción.
¿Qué pasa cuando a uno se le ocurre una observación tan tilinga como que los niños mendigos de Mendoza son los mejores vestidos, los menos miserables del país? ¿Lo dice, se lo calla?
Mendoza es la Argentina de Sarmiento, Mitre y la generación del ochenta más o menos realizada o, por lo menos, mucho más realizada que el resto del país. Aquellos fundadores tuvieron que inventar que la pampa era un desierto para exterminar a sus habitantes y trasplantarles otros; esto, en cambio, era una verdadera tierra inhóspita, un desierto. Mendoza era un lugar que nadie quería por estéril, sin historia casi, arrasado por un terremoto, donde llegaron italianos más o menos laboriosos que la hicieron desde el primer árbol hasta la última casa usando, en cuanto pudieron, criollos como mano de obra. Así armaron una ciudad y un campo limpitos, prolijos, repartidos, con un gobierno siempre un poco a la derecha del país, con un gran escritor pero sin una literatura, con esos espacios ordenados, con esas apariencias y ese orden que la clase media argentina siempre quiso. Mendoza es lo más parecido a esa América que los inmigrantes vinieron a hacer, porque es la que más se parece a esa Europa que no pudieron hacer y abandonaron. El único problema de Mendoza es la Argentina.
"Acá todo es cosmética, careteo: tenemos las veredas limpias, nos cambiamos para venir al centro, hacemos como que es todo espléndido y barremos debajo de la alfombra". Me dice un músico muy joven.
La plata en el Interior está muy vieja: billetes tanto más usados, tan gastados. Como si hubiera menos, costara más, o tuviera que durar porque no hay mucha.
Por vieja, la plata en las provincias huele más. Y si tenemos un olor es ése: el olor del dinero argentino es nuestro olor. Huele a transpiración, papel quemándose, almohada muy usada, cabeza sin lavar, papitas fritas rancias, pasillo enmohecido, la pieza en una noche de calor. Mendoza es una ciudad horizontal, sin edificios altos: por miedo al terremoto. Muchas veces los mendocinos olvidan el miedo al terremoto; después, de pronto, lo recuerdan. Me pregunto si tiemblan.
Hace quince días que no veía un shopping de verdad y el shopping es la puesta en escena de la globalización: el famoso "no lugar", un espacio que se despega de su espacio y que pasa a ser autónomo, que no depende del contexto, del lugar en el que está establecido, donde se pueden comprar los mismos Levis en Nueva York, Kuala Lumpur o Córdoba, los mismos Sonys en Londres, Nueva Delhi o Buenos Aires.
Hace quince días que no entro en un shopping: he estado en sitios donde no los hay. Estar fuera del sistema shopping es estar fuera del mundo unificado o para muchos estar fuera del mundo: un mundo limpio, claro, donde todo se muestra, donde suena siempre alguna música, donde se puede mandar a los chicos sin peligro, donde la temperatura es siempre la que debe, donde la luz se mantiene pareja. La naturaleza está definitivamente a raya. Ya lo dijo Sarmiento: el shopping es el triunfo de la civilización, la derrota final de la barbarie.
Pero los shoppings argentinos son puro interior: su exterior son paredes sin gracia, y sólo adentro importa. En Mendoza hay uno con exteriores, el único que he visto que reproduce a full el sistema Miami: una sucesión de grandes construcciones falsas en ese estilo de material americano que imita tan bien al cartón de escenografía, desperdigadas a lo largo de avenidas y palmeras.
"Sí, es cierto, es igualito que los choping de Chile". Me dice, cuando se lo comento, una chica local. O sea: no imitamos el modelo sino su imitación. Hacia USA con escala en Santiago.
"Deberíamos declararle la guerra a Chile y rendirnos enseguida, así nos anexan. Si la Argentina nunca nos da nada... Todo lo que hacemos lo hacemos nosotros solos. Además por historia, por cultura, por economía, hasta por el acento estamos mucho más cerca de los chilenos que de los porteños". Me dice Gabriel Conte, treinta y tantos, inteligente, activo, que fue subsecretario de Relaciones con la Comunidad del Gobierno de Mendoza. Después alguien me cuenta que los chilenos están muy integrados. Después del golpe de Pinochet, en el `73, vinieron más de cien mil en poco tiempo y se quedaron, se instalaron, formaron sus familias.
El hospital central de Mendoza es un magnífico edificio peronista y se lo ve prolijo. Por adentro está limpio, cuidado y la gente que espera en general también. La gente que espera espera mucho rato: largas colas de pie a lo largo de los pasillos largos. Los pacientes están muy a la vista: se puede pasear entre pacientes. En el área de cirugía general un señor mayor sentado en su sillita con su suero repite que quiere irse con su mamá. En las salas de espera algunos rezan; en la del cuarto piso cuatro chicas juegan al truco. Hay mucha luz; los cuartos tienen dos o tres camas. En una de cirugía una vieja acaricia a su hijo de treinta y pico.
La enfermera me dice que no va a pasar de hoy. La enfermera no dice "se va a morir", dice "no va pasar de hoy". Los estudiantes de medicina tienen los guardapolvos más blancos, los estetoscopios más relucientes y hablan entre sí con voces graves; todavía no se dicen doctor pero se ve que esperan. En la pared del pasillo hay un cartel que dice "Se busca esclavo con título de enfermero; presentarse en tal y tal lugar".
Yo vine porque leí en el diario que hace dos meses que no funcionan los equipos de rayos X y que hay unos seis mil pacientes mensuales que tienen que esperar o tratar de conseguir la plata para hacerse la placa en algún centro privado. En todas las provincias se oyen cuestiones semejantes, pero acá en Mendoza, la más rica, me sorprende esta señora vieja que me dice que tiene una hernia y necesita un certificado porque no consigue trabajo y sin el certificado tampoco le dan el Plan Jefe de Hogar y como no tiene plata no podía venir a buscar el certificado y ahora que le prestaron para venir no se lo dan porque la máquina de rayos no funciona. Otra dice que está desesperada porque el médico le dijo que lo suyo es una urgencia y no se lo hacen y tiene miedo de morirse.
Cuidado, cuidado. Gritan más atrás; en una camilla corren con un gordo de pantalón claro muy manchado de sangre, la camisa de cuadritos muy manchada de sangre, la cabeza, la cara toda llena de sangre, la máscara de oxígeno que ya parece no servirle para nada. Después un periodista me contará que se llamaba Juan Laguna y que estaba arreglando su coche, tranquilo en la puerta de su casa, cuando pasó corriendo una policía que perseguía a tiros a un sospechoso y le pegó un tiro en el pecho. Y que cuentan los vecinos que los compañeros de la policía pasaron a buscarla y la subieron al patrullero y le gritaban subí, mirá la cagada que nos mandamos, y salieron corriendo mientras Laguna se desangraba en el piso: eso contaban.
En Mendoza nadie te dice que es pobre, todos son de clase media. Vas a un barrio de mierda y te dicen "no, es clase media, tenemos televisor". Acá no hay dignidad de la pobreza, sino vergüenza.
Yo ya no me resisto. Me paso dos o tres días en suspensión etílica: mirando vinos, oliendo vinos, probando vinos, oyendo hablar de vinos. Hay pocos oficios, me parece, cuyos cultores te convenzan tan bien de que lo que hacen es el centro del mundo. La gente del vino puede hablar horas y horas de los polifenoles y malolácticas y estrés hídricos con tanto entusiasmo que a mí incluso me gusta escucharlos y en cualquier descuido empiezo a pensar que no hay nada en el mundo fuera de la proporción justa de cabernet y malbec que requiere una mezcla o la concentración de las uvas en la viña o el punto de la fermentación o la barrica americana pero sólo mitad y nunca más de ocho meses y medio.
A veces pienso que la historia del vino en la Argentina es la de la Argentina: primero el país satisfecho que chupa como chancho una industria potente que produce vino más o menos malo pero mucho. Después el gran bajón, la depresión: en los setentas, ochentas; ya nadie toma tanto vino y el camino parece perdido.
Y después la fiesta con patovicas en la puerta y el descubrimiento de la producción para los ricos: hay que hacer menos vinos pero buenos para la fiesta de los pocos. Hasta que, en los últimos años, empezaron a vender esos vinos más afuera que en el mercado interno porque hemos vuelto a ser un país agroexportador, Dios sea loado. Ahora, tan madura, la viña con las uvas colgando son ubres de una vaca.
El último grito de los vinos argentinos es el mito de la altura: que, cuanto más alto se cultive, mejor va a ser y esto está lleno de montañas. Supuestamente la altura produce mayor amplitud térmica y eso permite que la uva se cargue de sol y energía de día y descanse de noche y se concentre. Todo tiene que ver con la idea de la concentración: de la viña como campo de concentración donde la uva se tortura. El estrés hídrico, regar muy poco la viña para que el fruto tenga que concentrar sus olores sabores y colores es la forma más clara: la idea de que hay que pelearse contra las uvas para sacarles lo que esconden. La ideología vitivinícola dominante propone la verdadera explotación de la uva por el hombre: no se trata de darle todo lo que necesita para ayudarla a desarrollarse, sino de privarla de casi todo para obligarla a un esfuerzo que la haga mejor para nosotros aquí y ahora, según los criterios actuales. Ganarás el agua con el sudor de tu frente, le dicen a la uva, en los campos de concentración de Tupungato o Godoy Cruz, y la uva acata, porque sabe que el mundo está difícil.
Pero hay pocas cosas que me gusten tanto como pasear por ciertas calles bodegueras; la calle Cobos, en Agrelo, es uno de mis lugares en el mundo, uno de esos donde sí viviría y parar en alguna, probar dos o tres vinos del tonel. Mendoza sólo Mendoza tiene 140.000 hectáreas plantadas de viña. Chile todo Chile tiene 105.000.
La majestad del viejo viñatero sobre su bicicleta: la piel curtida, el bigote canoso, la parsimonia con que empuja los pedales, la elegancia casi papal en su saludo. Los miré desde arriba del caballo: he visto sus miradas. Recorría a caballo la finca de un amigo. Iba con él y una mujer muy bella, altivos, caballeros, y una docena de peones carpían la tierra y nos miraron desde abajo con una mezcla de sumisión y odio. Hay formas muy antiguas de mirar: mirar peones desde los lomos de un caballo. Ellos tenían pañuelos en la cabeza para protegerse del sol y carpían con azadas; tenían las cabezas hacia abajo y las levantaron y nos miraron. Y yo vi sus miradas y vi algo.
"Nosotros somos argentinos, señor, somos jujeños aunque usted nos vea bolivianos nosotros no, de Jujuy nomás somos: argentinos. Los bolivianos, señor, es otra cosa: sucios, son ellos, malolientes, nosotros argentinos. Nada más que somos argentinos que no paramos quietos y donde vamos nos dan trabajo y paga y después cuando el trabajo se acabó nos dicen se acabó el trabajo, ahora se pueden ir. Nosotros somos -dice Damiana- los que se pueden ir, los golondrina". Damiana dice que antes ella no lo seguía y que antes se quedaba en el pueblo con los críos (...) Damiana sigue a su marido, de Jujuy a Tucumán para la zafra, de Tucumán a San Juan para cebolla y ajo, de San Juan a Mendoza para la fruta, y después por la uva y después siguen, dice Damiana, mientras tanto como si algo estuviera por pasar, como si siguiera esperando que otra cosa, mientras tanto vivimos con los seis hijos en la carpa hecha de nylon negro que se llevan de provincia en provincia, de descampado en descampado, y no se vaya a creer que es un problema al fin y al cabo, dice Damiana, es siempre igual, en un lugar o en otro, o si no es igual es parecido y Julio gana bien, se gana bien la vida, si hasta veinte pesos puede sacar por día y cada chico diez o doce, y así vamos tirando.
El problema es el mate dice Damiana: que el problema es el mate porque entre sus cosas siempre lleva el mate de plata que estaba en su familia y le da miedo que un día se lo roben: por eso nada más me gustaría que quedarme en mi casa para tenerlo bien guardado, dice Damiana, pero no se puede y los tres changos grandes son gauchitos, nunca se quejan, trabajan con el padre y hacen fichas; él me dice que venga y va y me preña y me dice que si estoy preñada me tengo que ir al pueblo a tener el bebé pero yo ya no voy y él no le importa; él me dice, dice Damiana, me cuenta tapándose la cara con la mano, que tenemos que tener muchos changos para sacar más fichas más plata, quiere decir: más fichas es más plata y, dice, salir de pobres y comprar una tierrita allá por nuestra casa pero los chicos comen mucho y gastan y hasta que tienen siete ocho no saben hacer nada pobrecitos, dice Damiana, hasta que tienen siete u ocho son una carga más que nada, pero no se crea que es su culpa, no, no es culpa de ellos. Ellos no tienen la culpa, pobrecitos.