El misterioso alimentador de pericotes de San José

Todas las noches les ponen alimento nutriente que facilita su vida y reproducción. Las palomas aprovechan lo que les sobra a sus "primos".

 Puntualmente, todas las mañanas, más acá o más allá de la última cuadra oblicua de Bandera de los Andes en San José, que va entre Alberdi y Garibaldi, aparecen potes de plástico con restos de comida. Todas las noches, todas, los pericotes de la zona (gordos, abundantes: señoriales) cenan de ellos con puntillosa pulcritud. Tanto les deja una misteriosa persona encaragada de alimentarlos, que les sobra. Pipones, la luz de la mañana los manda a dormir en los añosos árboles o en las acequias. Y es por ello que por las mañanas, sus primas palomas tienen qué desayunar. Puntualmente, una vez más, el amanecer les da la posibilidad de comida fácil que acompaña a sus intenciones siempre surgentes de reproducirse y copar la zona. Palomas y pericotes tienen a un personaje que les deja comida, día tras día, más acá o más alló, siempre en la misma calle y sin que nadie se moleste por ello. O, al menos, sin que esa molestia provoque que alguien rompa con la tradición.