Más de 40: Bailando breackdancing en Saudades

En algún momento de mediados de los 80, llegó al país este baile, y de repente se transformó en una moda, tanto que hasta llegó a la televisión.

Quien haya nacido, crecido, estudiado y, en general, vivido en una ciudad, seguramente tiene un recuerdo escondido en muchas de sus calles, en varias de sus esquinas.

Y eso, por supuesto, me pasa a mí con Mendoza, con el Gran Mendoza, para ser más exactos. Y es que desde que nací, salvo algunas interrupciones por cuestiones de estudio o de viajes, no he dejado este lugar.

No soy de esas personas que van a decir y repetir que es la mejor ciudad para vivir, pero tampoco lo soy de aquellas que van a despotricar todo el tiempo contra ella. Soy, si se quiera, una persona más en el concierto de las miles que caminan todos los días junto a nosotros.

Por eso, y como pasé la mayor parte de mi adolescencia y de mi primera adultez rondando, como muchos, en el centro, es que a veces me sucede que, de repente, por la misma esquina que paso casi todos los días, una mañana, por un olor, por un color, por un sonido o simplemente por los caprichos de la memoria, recuerdo algo en particular.

Claro, como seguramente les pasa a ustedes, no todos los recuerdos que nos visitan son buenos. Los hay también de los otros, de los amargos. Qué sé yo, por ejemplo, el bar en el que esa persona les dijo que prefería que no siguieran juntos, por citar sólo uno.

Pero también están esos recuerdos que nos hacen ruido, que sabemos que tal vez entren en la categoría de “buenos” por algo en particular, pero que tampoco categorizaríamos como los mejores y que, de hecho, hasta da un poquito de pudor rememorarlos y pensar que fuimos parte de eso.

Y eso fue justamente lo que me sucedió ayer cuando pasé por la esquina de San Martín y Barraquero de Ciudad, donde ahora está el boliche Wish pero que durante años fue Saudades, y durante tantos años fue Saudades, que lo que se me vino a la memoria (vaya a saber por qué, si paso al menos tres veces por semana por allí y nunca antes me había pasado) fue aquella vez en que fuimos en barra a alentar a Daniel, un amigo del barrio que iba a competir en el torneo de breckdancing que transmitía un canal de televisión, si mal no recuerdo, el 7.

En algún momento de mediados de los 80, llegó al país el breackdancing, y de repente se transformó en una moda, no generalizada, claro, sino en una moda de esas que agrupan a varios que se empiezan a reunir para perfeccionar técnicas y que de repente están en todos lados sin que nadie sepa cómo fue que se multiplicaron.

La cosa es que conmigo nunca se llevó bien el breackdancing, o mejor, el breackdancing nunca hubiera podido ser de mi gusto. Pero crecimos juntos con Daniel, yo y la tracalada de pibes y pibas que fuimos ese día a Saudades a alentarlo, porque éramos como treinta, creo que conformábamos la hinchada más grande de las que estaban allí, y el torneo se definía por el volumen del aplauso para cada participante (así de berreta era, ni jurado había).

Yo había visto a Daniel hacer algunos trucos de breackdancing, si es que se llaman trucos, tal vez se llamen pasos, no sé. Como decía, yo lo había visto hacer algunas cosas en algún que otro baile de esos que hacíamos en las salas de las casas del barrio, pero me era imposible evaluar si era bueno o malo lo que hacía. Apenas si había visto algo de eso en la televisión, pero como no me atraía, ni bola le daba.

Así que allá fuimos, confiados en que nuestro amigo sería el ganador, por qué no, además de anhelantes por que algunas de nuestras caras aparecieran después por televisión.

La organización no era nada de otro mundo. Es más, creo que ni había organización. Los que llegaban para participar tenían que pasar por una mesa en la que tenían que dar el presente y después esperar a que los llamaran para pasar a la pista. Alguien, creo que Marcela, que estaba enamorada de Daniel, había llevado un cartel hecho en cartulina que decía algunas palabras de aliento para nuestro crédito en ese concurso de baile, pero el cartel se rompió antes de que pudiera desplegarlo, así que no pudo verse por televisión.

Lo que sí se vio por televisión, varios días después de grabado, fueron, como lo habíamos previsto, nuestras caras, nuestros brazos en alto, nuestros enfervorizados aplausos cuando hubo que darle el visto bueno a Daniel y, claro, también se vieron Daniel y los demás participantes bailando breackdancing.

Bailando… bah, mejor dicho, intentando bailar, o mejor, haciendo como que bailaban, aunque, ahora que lo pienso bien, dando vueltas como locos, tirándose al piso para quedar clavados como una tachuela, parándose de cabeza para de inmediato desplomarse como una bolsa de papa, intentando girar apoyados en una mano y no alcanzando a dar ni un cuarto de vuelta.

¡Patético! Fue patética aquella muestra de antidestreza. A mí me dio la sensación que habían entendido mal el concepto de breckdancing, porque en serio parecía que lo único que intentaban era quebrarse de un golpazo. Y si no hubo un muerto fue por intervención de la providencia, quién sabe.

La cosa es que Daniel, al final, con el quilombo de gritos y aplausos que dimos, terminó ganando. No recuerdo qué le dieron, si una medalla, una copa, un diploma o las gracias por participar. Sí recuerdo su cara de felicidad y la convicción con la que después, en el barrio, rememoraba esos momentos gloriosos como si de verdad hubieran sido gloriosos.

Y si bien en las tribunas de aquella tarde en Saudades comentábamos entre nosotros lo mal que todos bailaban y lo triste del espectáculo que estaban dando, por una suerte de acuerdo tácito nunca comentamos nada de eso ante Daniel, y es de suponer que, al día de hoy, todos los que bailaron en ese boliche de Ciudad están convencidos de que hicieron un papel fenomenal y se merecían ser los ganadores.

Ha pasado tanto de aquello, que es probable que todos los breackdancers de entonces ahora apenas si puedan saltar la acequia, y también si hay alguno de ellos leyendo esto piense “nunca me dijeron eso”. Bueno, en algún momento alguien debía decírselos. Lamento tener que ser yo.

Eso sí, les aseguro que, bien o mal, valió la pena. No sólo fueron parte de una movida que recién estaba comenzando, por lo que se puede decir que fueron pioneros, sino que también tuvieron sus quince minutos de fama, si hasta salieron por televisión. Y lo más importante de todo: ¡quién les quita lo bailado!

J.M. Vidal

Correo electrónico: vidaljotaeme@gmail.com