"Sos un gran preguntador", me dijo. Con él y otros colegas fuimos a ver la obra de Marcos Tatián en el MAM de Córdoba hace algunos años, obra que me cautivó profundamente y que de vez en cuando reveo. Hace unos días la busqué y encontré una entrevista al artista, en la cual él expresaba: "Pinto porque necesito reelaborar lo que he visto; es una deuda, y yo a esa deuda la tengo que pagar". Y, como me sucede con frecuencia… dos cabos sueltos, un hilo conductor, y a escribir.
Siento que mis preguntas llevan casi siempre implícita la misma deuda que tiene el pintor con respecto a lo que ve, y que él procura saldar a través de la pintura. En mi caso es respecto a lo que escucho, y la reformulo por medio de preguntas. Me inquieta, entonces, saber para qué pregunta quien pregunta. Los interrogantes más interesantes que he escuchado son casi siempre reelaboraciones, construyen conocimiento y no necesariamente buscan obtener respuestas sino estimular nuevas asociaciones. Aquellas que más me identifican llevan la intención de dar vida a algo que todavía no sé de qué se trata, pero no existía antes y ahora se asoma detrás del interrogante.
Preguntar se siente muchas veces incómodo, como si quedásemos expuestos y una leve sombra de ignorancia se proyectase sobre nosotros. ¿Por qué a veces está mal visto repensar, reelaborar y cuestionar nuestras posiciones? Exponer la propia opinión en un marco de entendimiento más amplio y permeable al diálogo es una muestra de responsabilidad en medio de tanta inmediatez verbal como la que predomina en nuestra cultura.
Se nos educa principalmente para dar respuestas, y darlas es algo placentero e ineludible para quienes somos educadores. Pero, como advierte Estanislao Bachrach en su libro Ágilmente: "La gran mayoría de nuestras respuestas se basa en información conocida. 'Respuesta' y 'responso' tienen la misma raíz etimológica, responso es el rezo que se hace a los difuntos. Forzando los términos, hay algo de muerto en las respuestas que damos". No tenemos siempre las respuestas para todo; lo más usual es aparentar saber para impresionar y ganar discusiones.
Mi propuesta es que nos aventuremos a tomar el protagonismo de nuestra propia educación y desarrollar el espíritu inquisitivo. A ver el potencial oculto, la energía sin manifestarse, detrás de las preguntas poderosas. Las preguntas que nos llevan a lugares donde antes no estuvimos, las que estimulan el diálogo, las que nos dejan otras preguntas, o generan preguntas en los otros. Así, cada tópico se vuelve inagotable, se va transformando y enriqueciendo con el aporte de cada perspectiva.
Seamos más como esos filósofos de antaño, conocidos por ser grandes preguntadores; o como los niños, que capturan instantes en el tiempo y prolongan su vida cuando se detienen a conocer a fondo lo que para nosotros quizás hubiese pasado inadvertido. A ellos, el saber más evidente no ha logrado insensibilizarlos.
Sebastián Arizu, Instructor del Método DeRose Mendoza