"Los únicos paraísos que existen son los paraísos perdidos", Jorge Luis Borges.
Raro esto de ir a misa, después de tantos años.
Uno vuelve, en manos de estos olores a espesa eternidad, de estas estatuas de yeso con las manos abiertas, de estos curas que caminan por el escenario con vestidos largos y desmedido respeto, de estas mujeres que cantan como trompetas en una cueva, de estos niños que se aburren como corresponde, de estos salmos que se levantan como fantasmas mellizos, de estas culpas amontonadas en los rincones y de estas lecturas bíblicas como sorbos de mármol que caen sobre lechugas, de estas cruces enrojecidas que cuelgan como collares, uno vuelve, decía, a aquella adolescencia de purezas extremas ardiendo entre las piernas, a esos tiempos en que Dios era una idea y el deseo un caballo loco atravesando una tormenta.
Es domingo a la mañana en el barrio La Gloria. Nos encontramos con la Turca y el Pablo en la puerta, subrepticios, acorralados, como sapos de otro pozo, como lo harían tres militares retirados en un recital de Black Sabbath o tres pacifistas activos en un barco ballenero japonés.
Nos miramos. Tenemos esa cara de gente que ha dormido poco, pero una íntima satisfacción que nos convoca: el RobertoJuárez, nuestro tan querido amigo, hoy se hace cargo de la cuasiparroquia (así le dicen “cuasiparroquia”, ¿por qué no le mandan parroquia y listo?) Virgen Peregrina, del también querido barrio La Gloria, de Godoy Cruz.
Imposible no reparar en el hecho de que, afuera de la iglesia, hay todo un mercado de mil cosas, caído sobre la plaza como un payaso en pedo: imposible, al ver ese carnaval que hierve bajo el sol mañanero, no recuperar aquella anécdota de Jesús, cuando se calentó con los fariseos que vendían huevadas en el templo y los cagó a patadas.
Sin embargo, el tiempo ha pasado y cierto es que la Iglesia Católica se ha esmerado en convertirse en una “señora bien”, plena de años y cirugías, que poco y nada tiene que ver con su inspirador. Los fariseos, en tanto, han ido progresando -sin facturar y remarcando de lo lindo- y ya se acercan poco a los barrios pobres, porque, bueno, ustedes saben, están llenos de tipos bastante parecidos a Jesús -marrones, desfinanciados y siempre con la misma ropa- con los que resulta complicado hacer buenos negocios.
No obstante, el negocio, en La Gloria, está. Y hay de todo ahí afuera: zapatillas, choripanes, bicicletas, tomate perita, peluches, pochoclos, estampitas, bombachas, panchos con poncho, películas de Marvel y discos de Arjona, remeras de “El Che” y el Papa Francisco, empanadas, vino en vaso de plástico blanco, cerveza helada y café caliente, calzoncillos largos y polleritas cortas.
Y ya mismo digamos para los “Empleados del Mes de la Honestidad Impoluta”, que nunca faltan y que siempre sobran en los anónimos foros de los diarios, que en su gran mayoría se trata de cosas nuevas y que, definitivamente, a primera vista se nota, el lugar no es un emporio del choreo, sino una feria popular de compras y de ventas, por lo cual, en todo caso, se cometerán allí los mismos pecados que se cometen en pleno centro o en los shoppings, sitios donde también se solaza la evasión fiscal, el bajo salario, el empleo en negro y el consumo por el consumo.
Suenan las campanas. Volvamos al templo, que empieza la fiesta. Así es: está por dar inicio el misa, ese extraño rito secular, a través del cual los suscriptos al catolicismo, ven nacer y morir un Dios, varias veces al mes.
Hay silencio y suspenso. De atrás, de bambalinas del altar, sale el equipo: once curas encabezados por el arzobispo José María Franzini, con sus túnicas blancas y sus caras de ser buenas gentes. Algunos quedan en el altar y el resto va a acomodarse en un palco VIP, en primera fila, con los dedos de la mano entrelazados y actitud sumisa.
Las viejas cantan con voz chillona “Vienen con alegría, Señor, cantando vienen con alegría, Señor, los que caminan por la vida, Señor, sembrando tu paz y amor” y nos da genuina emoción ver ahí a nuestro Roberto, donde antes, muchas veces, vimos al Jorge enarbolar el pan y el vino, de manera tan sencilla y creíble, que hasta daban ganas de que fuese cierta toda la cantinela de los Cielos y el Infierno y sus santísimas trinidades y promesas de paraísos con cascadas y nubes de blanco Ala y querubines con rizos rubios y ángeles hincha huevos con trompetas.
Estamos en misa, de prestado. Cada tanto, los feligreses se ponen de pie o se arrodillan y nosotros, ahí, en orsai, descolocados, quietos como estatuas en cámara lenta, quietos como velocistas a punto del disparo, quietos como una ripiera de noche o una discoteca de día. Así será hasta que, de pronto, los esforzados fieles levanten un Padre Nuestro, que escupen de memoria y, ahí nomás, quién sabe por qué, todos comiencen a abrazarse y hasta resulte que un cura venga a nosotros a estrecharnos en un abrazo, como si fuéramos compadres o la correcta dupla goleadora de Noruega en plena celebración.
Gran tipo, el Roberto Juárez.
Nos conocimos hace unos veinte años, cuando nos lo presentó el Jorge, al Pablo Flores y a mí. Por entonces, al igual que por ahora, trabajábamos con presos de las cárceles de Mendoza, en cuestiones artísticas, más allá de sus inabordables miserias constitutivas.
Tenía el Roberto, y tiene, esa fiebre por hacer de la religión una actitud ante los días, por enfrentar problemas, por ser humilde y sincero, por hacer, al fin, de Cristo en el pobre, la encarnación del Cristo en el que cada día elige creer. E insistir con verlo allá en los lugares donde más se necesita de él: los espacios de los pobres, de los dolidos, de los olvidados, los encarcelados.
A fin de cuentas, sería maravillosa esta religión si sus creyentes de verdad creyeran en ella.
Hace veinte años, el Roberto tenía, por momentos, una pasión desmedida por la justicia. Ahora, sigue buscando a esa mujer de vestido ligero y pesada espada y ojos vendados, pero no tan, tan vendados, pero su actitud es más serena y no menos constructiva, por ello.
Dignísimo discípulo dilecto del Jorge Contreras, ese Santo Padre con quien tanto supimos compartir y nos quiso así nomás, como somos, el cura Juárez es ahora -ante el deceso del padre Rubén Laporte, a quien no tuvimos el gusto de conocer- el párroco de Virgen Peregrina, aunque seguirá ocupándose de los presos, como a él le gusta, como a nosotros nos gusta que a él le guste.
Luego de las palabras de Franzini, que sabe ser aburrido, pero aburrido con ganas, habla Juárez y agradece y muestra su alegría y su desafío: honrar la memoria del Jorge Contreras, en las entrañas de un barrio que tanto sabe de la maravilla, como del dolor.
Al final, ya en la calle, entre miles de productos a la venta, lo abrazamos y le deseamos lo mejor, de todo corazón, y le decimos que cuente con nosotros, aunque el ya sabe que cuenta con nosotros. Mucho hay por hacer en el barrio La Gloria y sabemos que mucho hará el Roberto Juárez con sus flamantes vecinos.
Nos despedimos, mientras, de fondo, como instante más sublime de la fiesta, las mujeres del barrio cantan la tonada que su Padre Jorge le hiciera a su Virgen Peregrina.
Paseamos entre los puestos de venta de biblias y calefones, esquivando chocos y niños, convencidos de la banalidad que nos establece como raza.
¿Quién puede necesitar más de una túnica? ¿Quién comer más que un trozo de pan y de pez? ¿Quién no daría todo por aquellos que lo necesitan? ¿Quién querría ser rico, si los ricos no entran al Reino de los Cielos? ¿Quién arrojaría la primera piedra? ¿Quién no pondría la otra mejilla? ¿Quién no amaría a una prostituta, si resulta que ella nos ama y nos consuela?
Quien no tenga respuesta para estas preguntas, que funde una iglesia, previo pago del monotributo, y tendrá seguidores que se refugiarán en ella para desentenderse, pagar en cuotas el tícket al paraíso y acumular las culpas en algún rincón oscuro, mientras viajan a Miami, porque, por cierto, se parece bastante al paraíso.
Estamos perdidos, pero no lo sabemos. Estamos muertos, pero aún no nos avisaron. Estamos en el horno, pero no hay nadie que aprecie nuestro valor nutricional como para animarse a digerirnos.
Fuera de esto, es un domingo estupendo: el Roberto sigue abrazando viejas devotas, los vendedores haciendo de las suyas entre mate y mate y en la casa de mis viejos se cocina el tuco de unos tallarines que, en manos de mi madre, sin dudas, serán mi íntima versión del paraíso en la Tierra, el único posible: el retorno al vientre.
Ulises Naranjo.