Generalmente me cuesta recordar un momento muy feliz en soledad. La mayor parte de las situaciones felices que recuerdo fueron compartidas. Sin embargo, todos sentimos alguna vez ese cachetazo emocional, esa sensación de no saber cómo ni por qué disfrutamos muchísimo de algo que puede parecer sumamente común o simple: un paisaje que siempre estuvo ahí, una conversación con el viejo, un viaje por la ruta, alguna lectura o contar un cuento a alguien.
Hoy es lunes y me desperté como todo el mundo pensando en las mil y una tareas que debía realizar. Pero algo me hizo frenar a media mañana: sentí que necesitaba un ratito de estar conmigo, de encontrar felicidad en algo pequeño. Volví a casa, busqué el libro de turno y salí. No tenía muy claro adónde ir; pensé en el parque al solcito, pero pensé también en las hormigas, las botellas tiradas y hasta en tener que usar el auto y cortar así mi impulso de soledad. La segunda idea fue un café, pero me detuvo otra vez el tema del auto. Sin embargo, fue fácil: en cuanto fui a las escaleras (para no esperar el ascensor), en vez de bajar se me ocurrió subir al sol de la terraza. Y así, con una decisión tan simple, encontré uno de los mayores momentos de felicidad de mis últimos tiempos. Ojo, que felicidad no me falta: trabajo en lo que me gusta, mi familia tiene salud, tengo más amigos que Roberto Carlos y mi calidad de vida es envidiable. Soy un tipo feliz.
Vuelvo al asunto. Subí, sentí el sol y el vientito, acto seguido me saqué la remera. Todo era como yo pensaba: el sol quemaba sin molestar, el viento enfriaba lo justo para no sentir calor. Y ahí estábamos el sol, las montañas, que se veían perfectamente desde mi ubicación, mi libro y yo. La lectura contribuyó mucho, ya que el libro es excelente, estaba llegando al final y se ponía cada vez mejor. Cuando empezaba a leer las últimas páginas, paré un segundo y me di cuenta de que era inmensamente feliz. Que había logrado desconectarme de casi todo, o sea, me había conectado con el momento presente y con lo que pasaba de la piel hacia adentro. Miles de reflexiones empezaron a caer en mi cabeza.
¿Será por casualidad que uno es feliz? ¿Cuántas decisiones chiquititas tomamos, como la de subir la escalera y hacer que todo cambie? ¿Cuántas personas se animan a modificar su rutina si suena un recordatorio mental que les dice “necesitás pasarla bien”?
A veces nos sentimos cómodos tal como estamos. Hacer un cambio significa, en general, esfuerzo. Pero hasta ahora yo nunca había pensado que existe un tipo de cambio inesperado que sin esfuerzo nos hace más felices. En definitiva, todo se resume en dar con el punto medio entre beneficio a corto y a largo plazo. Hoy mi situación es que todo está saliendo como lo esperaba, y a veces me resulta difícil ser feliz cuando no tengo cosas para resolver o no siento que la estoy remando. Me doy cuenta de que cuando tenemos encaminado el objetivo a largo plazo, es porque a corto plazo venimos haciendo muy bien las cosas; solo que cuando todo se estabiliza, no sabemos qué hacer para darle sentido al momento presente.
Me fui por las ramas. Lo que quiero dejar como pensamiento es que no debería ser tan difícil soñar y concretar; son dos cosas que van de la mano y no se oponen. Al fin y al cabo, la vida pasa volando y no podemos darnos el lujo de no hacer lo que esté a nuestro alcance para ser felices ya, ahora. Sin descuidar el mediano y el largo plazo, en el medio, unas pausas vienen bien. Un viajecito que corta todo, un par de días. Un día que no voy a trabajar, me quedo limpiando en casa y después voy a leer algo por ahí. Un café con leche y medialunas con un amigo que no veo hace años, unos mates con la familia. Pero el punto es que esas pequeñas cosas no sean casuales, sino deliberadas y conscientes.
(*) Nicolás Attias; Instr. del Método DeRose Mendoza.