Seguramente, en el paraíso había apenas un árbol de manzanas. Después, ya saben ustedes, amigos, vinieron los productores de manzanos y todo se vino abajo. Definitivamente, el trabajo está en el mundo para destruir al mundo.
No obstante, no vinimos aquí a hablar del paraíso.
Aquí estamos, movidos por el miedo, como un molino por el viento o una sábana por su fantasma: pánico de ser como se es, pavura de perder lo que se tiene, horror de quedar evidenciados, pavor de carecer de privilegios, espanto de quedar desnudos de collares y de espejos que deforman lo que somos. Paralizados por el miedo: que todo permanezca estéril para que nada cambie y así nos acerque dios su mano con anillo y nos bendiga por llenar de abundancia su abundancia.
Perros de otro, siempre; sí, perros de otro, que es perro de otro y así, todos guardianes de la institucionalidad, a cambio de las miserias del salario, la permanencia y el sustento, servidas por un dedicado guardia recién afeitado en el plato de nuestro desasosiego (hoy, tiene el guardia un cucharón de madera en la mano; mañana tendrá un hacha afilada y la vista en tu cogote, sólo es cuestión de tiempo).
Sin embargo, no vinimos aquí, hoy, a hablar del miedo.
Hablemos, por ejemplo, del poder. Vivimos inmersos en una paradoja del poder: aquellos elegidos a preciso dedo para ejecutarlo, nuestros jefes y patrones, nuestros representantes, nuestros sacerdotes y maestros y nuestras parejas, son precisamente los mayores portadores del miedo, la indecisión y la traición (hay quienes, de tan amañados ya, confunden la convivencia con el horror con el aprendizaje del amor).
Es así: no hay peor negrero que un negro redimido; no hay peor papa que los papistas.
Ser jefe o cura o director o gerente de algo o dueño de lo que sea supone que tal ser humano hará lo imposible para que sus subalternos, en lugar de brillar y engrandecer el propósito que los convoca, se vean groseramente limitados a cumplir un rol gris, que no apañe ni ponga en riesgo la autoridad del autorizado.
Uno de los grandes males sociales que padecemos es la abundancia de gente con miedo de ejercer el poder que se le ha conferido. Y el ejercicio del poder supone, a su vez, la asunción de una nueva paradoja que nos negamos a asumir: poderoso es el liviano, el de vasta mirada despojada, el desarmado y convincente, el valiente y generoso, el desnudo y sosegado, el que escucha y comprende, el que se acompasa con el ritmo de la tarea para la cual se siente llamado.
A otra cosa, mariposa.
Cristian y la movida tropical
Lo hemos dicho mil veces, y lo diremos mil una, para placer de Sherezada y en memoria del Gordo Soriano: todas las historias son historias de amor.
La de Cristian Morelli, es una de esas historias que uno quisiera ver florecer, aunque con esmero, por todo sitio, como una parra que parte las piedras de Gualtayarí, para prometernos que habrá de ser vino.
El tipo es de Luján, tiene 36 años, una hermosa mujer, Cintia Ojeda, de 23, y una más hermosa hija, Angelina de 22 meses. ¿Qué habremos de contar de él? No mucho más que el hecho de que, aunque empleado en la bodega Zorzal Wines, sus jefes han hecho todo y más para hacerlo brillar: Cristian ya tiene su propio vino; hace, por ahora, mil botellas por año y lo vende en restoranes de Tupungato y hasta en Buenos Aires, a cien mangos la botella y es feliz y se le nota. Eso, pues es lo que vamos a decir.
La historia empieza antes; siempre empieza antes. Mientras, con un palo, mueve las brasas de un asadazo que nos vamos a comer en el tobillo mismo de la indecible cordillera mendocina, lo escuchamos relatar sus aconteceres.
Es de Luján y trabajaba en una verdulería y, en sus ratos libres, aprendía a tocar el bajo. Metido hasta el pecho en la movida tropical, Cristian formó parte de un grupo, “La Cruz” y se fue a vivir a Buenos Aires. Del 2000 al 2003, vivió de la música, con el grupo, que era promovido por el Chelo Torres, del grupo Green, quien llegó a montar una pequeña industria en torno a sus grupos y la noche; tan grande era el movimiento que así de grande fue el estruendo cuando Chelo Torres y su tinglado se vinieron abajo, por motivos que no detallaremos para no irnos del tema.
Cristian supo, entonces, de que se trataba aquello de grabar discos, firmar autógrafos, tocar para miles de personas y salir en televisión, con chicas en minifalda al costado, moviendo los encantadores culitos para una cámara que, por poco, no les mordisquea los cachetes en nombre de miles de desaforados (disculpen, tal vez, la imagen, pero es la imagen).
El muchacho, entonces, la pensó un poco y se volvió a Mendoza. Ahora tiene una banda de covers, en la que canta su hermana Erica y hacen Shakira, La Oreja de Van Gogh, Amaral y algunas de cumbias de Karina también. Cuando pinta, tocan en vivo y todo.
Siendo técnico agrario, empezó a trabajar en una bodega, como filtrador y ahí le puso el ojo un protagonista fundamental de esta historia: el joven enólogo Juan Pablo Michelini, quien vio la eficacia en la labor del lujanino.
Juan Pablo, Cristian, Cintia, Angelina, Eliseo, Mónica Carraval, Omar Caro, Alejandro Nuarte y Juan Villareal, asado y vino.
Tan bueno era Cristian en lo suyo, el mero filtreo de vino, que Juan Pablo lo convocó para un proyecto que su familia estaba trabajando con unos inversores canadienses: Zorzal Wines y le ofreció el cargo de jefe de bodega, siempre y cuando aceptara irse a vivir al medio del campo, 15 kilómetros Tupungato adentro.
Por aquel entonces, el vago le había echado el ojo a la Cintia. Salieron algunas veces, pintó el amor y la posibilidad de encarar juntos el proyecto y eso están… En eso y haciendo un asado, que habremos de morfarnos con sus jefes y todos los empleados de la bodega, una fiesta, digamos, la fiesta de la vendimia, para ser precisos.
Cristian y sus alas
¿Qué hizo el enólogo Juan Pablo, con su subalterno? Pues verdadero ejercicio de poder: le enseñó todo y le ofreció todas las herramientas para intentar brillar. ¿Por qué lo hizo Juan Pablo? Porque es una buena persona y porque no tiene miedo.
Cristian aprendió bien y le agregó una pizca de su alma a la tarea y también recordó (recordar, dice Galeano y mi hermano Rubén Sindoni, es volver a pasar por el corazón) aquellos vinos caseros que hacía su abuelo Pedro, contratista de viña, en su Luján de Cuyo.
Hoy, Cristian hace un vino exquisito, un bonarda 2011 con mucha personalidad, que se llama “Caliche”, en homenaje a las piedras con carbonato de calcio que abundan en Gualtayarí. Y es feliz con ello.
- Yo vengo de familia de finqueros y aprendí muchas cosas, pero nunca voy a dejar de agradecer todo lo que los Michelini han hecho por nosotros. Poder hacer un vino de calidad, se los debo a ellos… Aquí, en lugar de limitarme, me pusieron alas. Eso siento yo
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Ahora, el muchacho fue por más, por mucho más: tiene en crianza en botellas un Bonarda 2012 y en barrica, versiones 2013de malbec, cabernet franc y bonarda. Y todo a pulmón y corazón.
Démosle un párrafo al enólogo: “Cristian y su familia son parte de nuestra familia. En verdad, que el crezca es muy positivo para nosotros, porque nos ayudará a hacer mejores vinos en Zorzal Wines. Claramente, sería un error cortarle las alas”, aporta Juan Pablo.
Comemos el asado y brindamos con su vino, que, a la sazón, resulta exquisito. En silencio y mientras le entramos a una molleja, masticamos a la par la reflexión: ¿tan difícil resulta resistir la tentación de cortar alas, como desaforados, como ciegos con epilepsia, como monos con navaja, movidos por el miedo como un molino por el viento o una sábana por su fantasma? Claramente, no todos los promovidos habrán de brillar, pero ninguno se desmerece la oportunidad de intentarlo.
Terruño
Vámonos con un concepto final: en el mundo de la vitivinicultura, se sostiene que, para que se produzcan vinos excelentes, debe haber “terroire” (terruño). El terruño es un conjunto de cosas: suelo, temperatura, microclima, altura y gente, gente en viviendo en ese suelo.
Tal imagen logra su máxima expresión cuando una persona nace y crece en ese terruño. Y ahí la tenemos a Angelina, la hija de Cintia y Cristian, esa guapura que, aprende a convivir con la inmensidad del paisaje, la intimidad de la familia y la soledad como forma de compañía.
Las condiciones para el milagro están dadas y el vino cumple y dice cómo son los que son, allá, los hermosos, en Gualtayarí, Tupungato, Mendoza, tobillo mismo de la cordillera, que mira el verde con inaudita ternura, como si fueran alas, que alimenta con oraciones de agua.
Ulises Naranjo
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