Canción de amor a la sencillez de la vida

Dice un filósofo francés que la gente feliz consume muy poco. Y vos, ¿cuánto gastás para vivir ¿Qué necesitás realmente y qué no? Dime cuántos gastas y te diré cuán infeliz eres.

Atados, vivimos atados, custodiando sin disfrutar lo poco que tenemos, atados por todo lo que queremos tener, atados, perros sin amo en un bote a la deriva. Atados a nuestras frustraciones; atados a los pactos que firmamos por conveniencia; atados a los amores que llegaron sin preguntar; atados a los odios que pedimos a gritos. Atados por el cuello, las manos, los tobillos: somos la sombra de una sombra buscando a quién echarle la culpa de nuestras miserias.

Nuestra versión de la libertad radica en mirar, cuando podemos, cuando nos acordamos, cuando nos dejan, el cielo azul desde el fondo de un pozo. Atados en un pozo, en una platónica caverna, rodeados de controles remotos y alarmas monitoreadas y viejas fotografías de la infancia y deudas en cuotas y anillos de casamiento y miedos de a puñados y desengaños solapados y dioses que castigan y libros que no leemos y parejas que no desnudamos, con perros de cacería y parcelas canceladas y cervezas en la mano y barrigas siderales: vivimos atados y, a la vez, dedicados amorosamente a alimentar la fábula del crecimiento económico, como si acaso fuese cierto que, al partir, el barquero hiciera sitio para que nos llevásemos electrodomésticos, vehículos de alta gama, valijas con zapatos y bandejas de hamburguesas.

Prosperar parece ser acumular, pero ¿es así? ¿Cómo nos estrechamos con la vida si tenemos las manos llenas de cosas? Parecen preguntas ingenuas, futiles, hippies para algunos, pero las hacemos a bordo de esta única nave que nos cobija, una planeta que, en realidad, es una escasa piedra que flota y se agota, con nosotros -todos nosotros- a bordo. O las respondemos o naufragamos, dos opciones evidentes que, de ingenuas no tienen nada.

Recuerdo haber leído hace unos años sobre una conferencia de un relevante filósofo francés, Serge Latouche. El hombre dejó plasmada una evidencia que sigo considerando revolucionaria: el hecho de que la gente feliz no suele consumir.

Tan simple como esto: aquellos que se detienen admirados ante la escandalosa belleza de los días, no son gente de andar gastando plata en cosas innecesarias. El problema es que, salta a la vista, los felices no son muchos ni mandan y ni siquiera marcan tendencia.

Desde su punto de vista “vivimos fagotizados por la economía de la acumulación que conlleva a la frustración y a querer lo que no tenemos y ni necesitamos, lo cual conduce a estados de infelicidad”. Y también aludió a la concesión por parte de los bancos de créditos al consumo a personas sin sueldo y patrimonio como sucedió en Estados Unidos en el inicio de la crisis económica mundial de hace unos años. Para el profesor Latouche, definitivamente, “la gente feliz no suele consumir”. 

No sólo se referió Latouche a la sencillez como forma elevada del espíritu, sino también, y específicamente, al tremendo gasto de recursos económicos y naturales del planeta, sin una regeneración, por lo menos, semejante de esos recursos. Esto viene a significar que nos estamos comiendo el mundo sin digerirlo, que vamos camino al precipicio sin alas, que vivimos, al fin, una vida insostenible. Y esto, tanto a nivel planetario, como a nivel individual.

Propone el pensador el decrecimiento como alternativa ante una evidencia feroz: cada vez hay más personas y cada vez, menos recursos. ¿Solución? Una bastante simple: laburar menos, producir menos y disfrutar más. Gastar menos y contemplar más. Por ejemplo: ir menos a los shoppings e ir más a subir cerros o a la vera de los ríos.

(A esta altura, para no desviarnos del tema, me veo en la obligación de tener que aclarar que vivir es caro, que todos quisiéramos trabajar menos, que uno no tala árboles ni mata ballenas, que uno es más bueno que Lassie y el unicornio de Silvio juntos e incluso que uno considera que no tiene muchas cosas de más y que incluso a veces es solidario con lo que le sobra y que no vive de fabricar armas químicas y cosas por el estilo y que uno ni siquiera tiene tan en claro las cosas como para ser tomado como ejemplo de nada. Sin embargo, la intención de esta columna no es, precisamente, abrevar en las excusas, sino alimentarse del despojo, vestirse con la desnudez, descansar en la caída y correr el riesgo de dudar del sistema capitalista de producción que nos abdujo).

Volvamos a Latouche, llamado el 'ideólogo del decrecimiento': “La sociedad debería consumir mejor. Hay que producir cerca de donde se vive y de forma ecológica para evitar que por cualquier puesto fronterizo entre España y Francia circulen hasta miles y miles de camiones a la semana con tomates de Andalucía cruzándose con tomates holandeses”.

Al respecto, en el mundo y también en Mendoza, florecen distintas alternativas a la voracidad del consumo sin más, tal el caso de, entre muchas opciones, la  permacultura, la construcción sustentable,  la ecología profunda y el consumo sustentable.

Al terminar su célebre conferencia, Latouche citó a Séneca: “No se obtiene la felicidad si no podemos limitar nuestros deseos y necesidades”.

Tal vez se trata de eso: de no desear tan caro como un automóvil o un collar y de desear más barato como contemplar un crepúsculo o detenerse en el aroma del pan casero. Nada nos asegura que un multimillonario alemán sea más feliz que un anacoreta egipcio colgando cabeza abajo en una gruta húmeda. Nada nos indica que un Premio Nobel sepa más de la vida que una puestera lavallina. Nada presupone que la sonrisa de una top model en la pasarela sea más nutritiva que la de una campesina ecuatoriana, después de la cosecha. Nada nos promete, de hecho, que a este valle de lágrimas lo suceda un paraíso con cascadas.

Podrás decir que soy un soñador, puede ser, pero no soy el único y ni siquiera un soñador experto, pero te puedo asgurar que no soy un soñador que sueña para sí mismo. Me preocupa, especialmente, que un día me iré y aquellos que amo seguirán latiendo plenos y ajetreados, sobre el cuero de este planeta que camina a su agonía. No mucho más que eso, si debo serte sincero, no mucho más.



Ulises Naranjo.