Están en proceso de dejar de destejer las montañas de nuestras basuras y empezar a tejer y coser ropajes para ganarse la vida de otra manera. Y necesitan de un poquito de nuestra ayuda. Esto vendría a ser todo lo que hay para decir.
Ahora bien, digámoslo de otra manera, que de esta réplica sísmica, al fin, se alimentan los lenguajes:
Si uno les mira esas duras manos azotadas, llenas de hijos que vienen de la noche y del despojo, descubre que esas manos -que vienen de apoyarse contra el cuero de la tierra casi como único signo de confianza- son creadoras, con todo abandono a cuestas, son creadoras de belleza y pilares fatigados del mundo conocido.
Cicatriz sobre cicatriz se urden sus alfabetos de penélopes que no esperan a nadie.
A ver, mejor, digámoslo así: si al borde del basural de los plásticos y los cadáveres, de la pudrición y de los pájaros, de la sangre seca y de las bolsas blancas, ellas pueden intentar dejar todo ese universal arcoiris de inmundicias desparramado a un lado y ponerse a coser, bueno, pues, estamos obligado en cierto sentido a cierta esperanza (sí, sí, sigue siendo una puta vestida de verde).
O quizás: como resulta que no hay objetividad posible y que el periodismo todo no es más que un género literario, digámoslo así: imposible no retroceder en primera persona, hasta las manos de mi propia madre, en aquella infancia tan sencilla y eficaz, como esas, sus manos obreras, yendo y viniendo en el oeste hostil de Godoy Cruz.
Aquellos acolchados hechos por doña María con restos de ropas viejas eran la multiplicación de los panes y los peces, la síntesis justa del pasado y el cobijo: uno solo, te juro, uno solo te bastaba para atravesar todos los inviernos de la historia. Y estaban, además, aquellos pulóveres de lana gorda, los gorros con pompones, las camisas de telas compradas en La Alameda a algún turco lascivo, las guardapolvos almidonados y severos, los pantalones con ruedos enormes, que, al descocerlos mamá una y otra vez, delataban que, sin dudas y al final de cuentas, la vida transcurría con la voracidad de un ácido, la ceguera de una flecha, que nos íbamos haciendo hombrecitos y señoritas, creyendo que nuestro barrio, como el laberinto de Borges, tenía el tamaño del mundo (y seguimos creyéndolo, déspues de tantas idas y venidas).
Imaginen a la costurera en su vieja Godeco: ¿cómo es posible que nos haya amado tanto esta mujer que ahora se dobla al andar como una rama de sauce que soporta cuatro estatuas de palomas? Sólo la propia paternidad se ha animado a traernos sus respuestas, mientras el barrio sigue siendo el mismo y la ropa de autor ha sido reemplazada por telas sintéticas en serie.
Volvamos al comienzo: aquí están las mujeres del basural, tejiendo sus caminos y cosiendo sus pedazos, como todos. Les tocó en suerte ser arrojadas al mundo en un áspero ambiente y ellas les pagaron a sus hijos con la misma moneda que heredaron, la única que florece en El Algarrobal adentro, en El Fachinal, el Santo Tomás de Aquino y todo lo que los bordes del pozo de nuestras inmundicias se atreve a dejar en pie, rivera adentro de lo que no queremos ver, espaldas mismas de tu indolencia.
Ellas armaron un grupo: “Hilvanando Esperanzas”, le pusieron. Sus vidas -como una forma de talismán y también de dulce condena- se cuentan por sus números de hijos: Eli Navarro (9 niños), Paola Díaz (3), Carla Vanesa Montivero (1), Florencia Díaz (3) y Estela Flores (5). y aquí estamos, también con la profesora Nancy Ramírez, piedra fundamental en la persistencia y calidad de este proyecto durante todo el año.
Nosotras rabiando hemos ido aprendiendo a hacer las cosas.
Escuchémoslas:
Paola: “Queremos que este sea nuestra trabajo. Armar moldes, hacer ropa. Reciclar la ropa que nos llega y hacer otra cosas. Es lo que nos gusta hacer”.
Carla: “Hicimos un proyecto que se llamó 'Abrigando esperanzas', a partir de una donación de ropa. Arreglamos toda la ropa: la lavamos, cocimos, cambiamos los cierres... ¡Y la entregamos al jardincito del barrio, para los chicos!”.
Eli: “Me gusta coser remeras y pantalones y hago también servilletitas y almohadones. Antes no sabía hacer nada”.
Florencia: “A mis 18 años, yo no sabía ni agarrar una aguja y aprendí de todo. Me hice unas remeritas, un conjunto y una falda también”.
Estela: “Ah, yo hice unas remeras, unos conjuntos deportivos para los chicos, monitos, un portapapel higiénico y bolsas de higiene y algoneros también. Aprendí mucho”.
Nancy, la profe, completa: “De Cáritas, recibimos seis bolsones y arreglamos todo y también hicimos una rifa para comprar la tela de los conjuntos deportivos y hicimos algunos acolchados para el invierno. Además, las chicas hicieron sus propios delantales, porque aprendieron a bordar. Con algo de plata de las rifas también pudimos hacer arreglar algunas de las máquinas y algunas hasta aprendieron a manejar una máquina industrial. Y dejame que diga que nosotras pertenecemos a la ong Cuyum Epaín, y que las horas del taller son pagadas por la DGE”.
¿Qué necesitan estas hermosas mujeres -que hasta se han animado a desfilar sus propias ropas, guapísimas, ellas, en una escuela barrial-, qué necesitan, decíamos, para acercarse un poco más a nosotros y para alejarse un poco más de nuestras basuras?
No mucho, si nos dejamos contagiar por navideños espíritus y anhelos de felices nuevos años, no mucho: una cocina o un anafe para el taller, una estufa para el invierno, un par de ventiladores y telas, muchas telas (pólar, algodones, gabardinas, aerocel, polyester, modal, etcéteras), y un par de maniquíes de modista y accesorios (cierres, hilos de polyester, alfileres, agujas de máquina).
Mientras hacemos silencio y tomamos aire del borde de la basura, explota una íntima maravilla, esa frase que no esperabas:
- Ahora, nuestros hijos están vestidos por nosotras...
Eso suelta una al pasar y uno -viejo lobo que pierde tensión verbal- deja que la lapicera caiga (como cae, hermosamente, la lapicera de Anton Ego, en esa impagable escena de “Ratatuille”) y que con ella caiga también todo afán de conmiseración: aquí, amigos, donde residen estas extrañas bellezas que superviven, aquí perseguimos la justicia, eso de dar a cada uno aquello que le corresponde y que casi nunca recibe.
Hora de irse. Las dejamos ahí, un poco más lejos del pozo del basural que hace un año y más cerca de sus naturalezas de madres que buscan lo mejor para sus familias. Se han hecho amigas, a partir, tal vez, de la igualación de desventuras, pero la cosa no quedó de ningún modo ahí: quieren vender lo suyo, coser y tejer para afuera, hacer arreglos, crear ropa, repartir dignidad y ejemplo en sus familias, ganarse la vida, al fin, no mucho más que eso...
¿Qué decís? ¿Las ayudamos..?
Ulises Naranjo.
PD: Quienes quieran colaborar con estas mujeres, pueden comunicarse con la profesora Nancy Ramírez al 2615126673.