El Tonga, las armas y la bulimia social

¿Por qué la violencia armada crece cada vez más? ¿Qué lleva a un niño a fotografiarse manipulando una pistola? ¿Y que lleva a los demás a alabarlo?

Foto: Facebook
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El viernes 15 de agosto del 2003, cuando intentaba escapar de la policía, cayó abatido de un disparo Matías Andrés Cerón, más conocido como El Morocha, quien por entonces contaba con apenas 18 años y un prontuario que incluía homicidios, robos y escapes del ex Cose.

El Morocha fue el delincuente joven más conocido y buscado por la policía en los primeros años de este siglo, y cuando fue muerto lo reconocieron por el tatuaje de un arlequín y la huella de una herida de bala en una muñeca.

Este joven, que a los 15 años ya estaba imputado como asesino, marca tal vez el caso más recordado de menores de edad que cargan con crímenes sobre sus hombros, pero, claro, no es el único.

Por aquella época, en el año 2000, otro delincuente que se hizo conocido fue Oscar Tanga Gómez, quien en el 2002 se fugó del ex Cose con, justamente, El Morocha. Tanga Gómez estaba cumpliendo, al momento de fugarse, una condena de 20 años por robo agravado y tentativa de homicidio por un crimen que perpetró en el año 2000, cuando tenía 16 años.

Y a mediados del 2013 se hizo aún más famoso de lo que ya era el Cara Cortada, un joven de 16 años acusado de un doble homicidio y que en junio se escapó del ex Cose, pero a los pocos días se entregó voluntariamente, luego de que su madre se comunicara con el jefe de la Departamental Godoy Cruz de la policía.

Hoy, el nombre más mencionado en asociación con la extrema delincuencia juvenil es el del Tonga, de tan sólo quince años y que es el principal sospechoso del asesinato de Gustavo Pelegrina luego de ver una final de futsal.

El uso de armas no sólo se incrementa cada vez más, sino que estas son portadas y usadas cada vez a más temprana edad. Pero no sólo esto, sino que estos niños que usan armas de fuego se jactan de ello, se sacan fotos con pistolas, revólveres y rifles que luego cuelgan en sus muros de las redes sociales. Y la respuesta de los seguidores de estos chicos es tal vez más preocupante, ya que suelen alabar a quien muestra las armas, y estas expresiones de apoyo no sólo llegan de los amigos y de las chicas que los ven (o al menos eso dicen) más varoniles con una pistola en la mano, sino que, como en el caso del Tonga, hay hasta una pariente aprobando su actitud.

Armas y bulimia social

El tema del acceso a armas de fuego y su uso no se puede agotar en un artículo, se entiende, pero una explicación de por qué un joven pretende cargar un arma de fuego y con ella hacerse fuerte viene desde la sociología, y es lo que algunos denominan bulimia social.

Martín Appiolaza, ex funcionario de Naciones Unidas en temas de seguridad humana para América Latina y el Caribe y asesor en temas de prevención, explicó ante MDZ Online que en esta naturalización del uso de armas de fuego hay de por medio un proceso por el cual la sociedad incluye a estos jóvenes mediante la cultura del consumo con el mensaje de que todos podemos ser en la medida en que tenemos, pero hay un momento en que la misma sociedad los “vomita”, que es cuando les marca el límite económico. “Entonces, no podés ser porque no tenés, esto genera tensión social que para mucho es motivo de las formas de violencia. Entre la expectativas de ser y las posibilidades reales, ante la evidencia de la negación de estatus, se buscan reafirmar identidades alternativas, como sucede con el aumento del sectarismo religioso, el fanatismo asociado al fútbol o a la política, o incluirse en grupos violentos o por la masculinidad violenta. Esas son reacciones para restituir ese estatus denegado”, explica Appiolaza.

En este cuadro de situación, el uso de armas de fuego tiene mucho que ver con esto, fundamentalmente porque, como explica Appiolaza, “hay una asociación cultural muy fuerte entre el arma y lo fálico, y tiene mucho que ver en la estética y la lógica con la pornografía, en el sentido de la exhibición del tamaño y la potencia. El arma funciona como un elemento de búsqueda de respeto y reconocimiento”.

Y esta relación entre las armas y lo fálico no sólo la circunscribe a las subculturas criminales de los sectores populares, sino que la extiende al caso de los tenedores legales de armas, de los cazadores” “o la foto del rey de España cazando”. “Es la misma lógica, sigue funcionando el mismo esquema sobre qué grande el arma, qué poderosa, para reafirmar lo masculino asociado con esa arma, y lo que se está dando es el joven masculino inducido a las armas como una forma de sobreponerse a la crisis que le produce este orden social”, agrega el especialista.

Claro que todo esto, aclara Appiolaza, no justifica la violencia, el asesinato ni el aumento de la violencia armada en todas las clases sociales y especialmente en las grandes ciudades, pero para él en el fondo de todas estas formas de violencia está la desigualdad.