El caso se divulgó masivamente en poco tiempo, y no era para menos, ya que en los titulares que lo daban a conocer se utilizaba una palabra que nadie pasa por alto: pornografía. Y esta, asociada a los conceptos niños y escuela, en cualquier contexto da como resultado una Molotov cuyas llamas se multiplican velozmente.
Ante semejante incendio que se vieron venir, las autoridades de la DGE tomaron la peor de las decisiones: quitar de las escuelas los libros en cuestión. En definitiva, lo que hicieron fue levantar un poquito una esquina de la alfombra y tirar todo debajo, sin solucionar nada, por supuesto.
El camino de las incomunicaciones
En medio de la última semana de cara a las PASO y sobre el final de una campaña que tuvo varias basuritas en su desarrollo, llegó la denuncia de que había libros con contenido pornográfico en las escuelas y que, para mayor escándalo, fueron enviados por el Ministerio de Educación de la Nación.
La denuncia llegó desde el este del Gran Mendoza, desde una escuela de Maipú, y de la mano del director de esta escuela, quien, junto con una profesora de Matemática, se manifestaron consternados en distintos medios por lo que aparecía en algunos de los libros de un plan nacional cocinado y servido desde Buenos Aires.
Este dato debería tornarse relevante a la hora de analizar el caso. Porque el tema le estalló en la cara a la DGE sin que los funcionarios de esta conocieran de qué se estaba hablando (hecho que era parte, indudablemente, de la estrategia pensada para divulgar lo del contenido de los libros, porque los directivos de la escuela de Maipú fueron primero a los medios antes que a sus autoridades para quejarse).
El sistema de incomunicaciones funcionó de maravillas, puesto que nunca desde Nación dieron a conocer a Provincia el contenido de las partidas de libros, por lo que los responsables locales de la educación tuvieron que enterarse por los medios de lo que estaba sucediendo.
El resultado (hasta lógico, si se quiere) fue el desconcierto del primer impacto y la consecuente desafortunada decisión de quitar los libros de la escuela.
La intervención de la DGE, vista así, es de lo más demagógica. Porque no da la sensación de que se haya escuchado a quienes defendían la posición de que los libros debían permanecer en las bibliotecas escolares (tal era su destino, ya que no se trataba de material de trabajo obligatorio en las aulas, tal como se quiere intentar desinformar por ahí), y mucho menos da la sensación de haber pensado estrategias que llevaran a trabajar los tabués que una parte de la sociedad aún conserva, y ni qué hablar de escuchar a los pibes y tantas otras más.
Hubo una aproximación inicial, un esbozo de trabajo a planificar hace unos días, cuando desde la misma DGE se dijo que, en todo caso, cada escuela decidiría qué hacer con los libros. Esta aún era una propuesta incompleta, pero sin dudas era mucho mejor que la de quitar todos los libros de las bibliotecas y almacenarlos en un depósito oficial.
Al margen, los ejemplares de los que decidiera deshacerse una escuela podrían haber ido a parar a los estantes de otra en la que los apreciaran de otra manera. Pero no, borremos todo de un plumazo y acá no pasó nada.
Profe, hay una vagina en mi libro…
Es indudable que todo lo sucedido va a necesitar de una reflexión seria y sin fanatismos de parte de la DGE, que deberá elaborar estrategias para recuperar el camino perdido con esta decisión, ya que, sin más, se doblegó ante los argumentos de una minoría que por momentos huele a fanatismo.
A esta altura de la historia es imposible imaginar a un alumno levantando la mano para decirle al docente que hay una vagina o un pene en su libro. El horror ha sido demostrado hasta ahora sólo por los adultos que nunca faltan.
La escuela se ha perdido una gran oportunidad, o al menos ha caído derrotada en la primera batalla de lo que puede ser un gran tema a llevar a las aulas. Porque no estamos hablando de pornografía, y quienes así lo entiendan sería bueno que comenzaran a revisar sus conceptos. Estamos hablando de una historieta (un arte menor para algunos, cosa que puede ser otro gran tema de discusión), estamos hablando de grandes dibujantes y guionistas, estamos hablando de conocimientos que los chicos tienen aunque sus padres lo nieguen y que adquirieron, en muchos casos, con la mera mediación de sus pares, con los riesgos que esto implica.
Que algunas imágenes pueden ser consideradas excesivas por algunos no es algo que esté en duda, pero que todo se reduzca a que en el cómic aparezcan tales imágenes es dejar de lado lo más rico, es, sin más, romper nuevamente a martillazos los penes de las estatuas de Miguel Ángel.
¿Y los demás libros?
La denuncia incluía otros libros, pero explayarse en esto es, a todas luces, un exceso, porque las quejas lindaban con la censura antes que con una reflexión seria sobre lo que se dijo.
En todos los casos, lo que hicieron los denunciantes fue un recorte a la medida de sus necesidades, de sus deseos de cuestionar el material antes que analizarlo en profundidad.
Criticaron las “malas palabras” del libro de Capusotto, lo que dejó al descubierto que quienes hicieron la denuncia no entendieron nunca a este humorista y, peor aún, no parecen tener la intención de detenerse para mirarse a sí mismos. Porque lo que hace Capusotto es poner en cuestión todo un cúmulo de símbolos que nos identifican como occidentales y argentinos, y lo hace de la mano de personajes como Violencia Rivas, una parodia en la que sincretiza la imagen de los cantantes de los 70, el punkismo, al feminismo, la crítica a la familia y a varias instituciones más. Claro que si alguien sólo quiere ver que en el medio utiliza la palabra orto, pues el problema no es de Capusotto, justamente, ni de los miles que disfrutan de que les ponga delante un espejo desde el cual reflejarse para pensarse a sí mismos.
Otro de los libros cuestionados es de divulgación científica, y lo que hicieron los críticos fue centrar la mirada en los mocos, la caca y los eructos, dejando de lado lo pedagógico de todo esto. Y esto sí que huele a Medioevo.
Y, por último, la crítica incluía al poema Padre nuestro, de Nicanor Parra, por “burlarse” de la Iglesia.
A continuación reproduciremos el poema en cuestión, y si alguien encuentra en sus líneas una burla a la Iglesia, entonces, el problema no es del poeta ni del poema, sino suyo.
Padre nuestro
Padre nuestro que estás en el cielo
Lleno de toda clase de problemas
Con el ceño fruncido
Como si fueras un hombre vulgar y corriente
No pienses más en nosotros.
Comprendemos que sufres
Porque no puedes arreglar las cosas.
Sabemos que el Demonio no te deja tranquilo
Desconstruyendo lo que tú construyes.
Él se ríe de ti
Pero nosotros lloramos contigo:
No te preocupes de sus risas diabólicas.
Padre nuestro que estás donde estás
Rodeado de ángeles desleales
Sinceramente: no sufras más por nosotros
Tienes que darte cuenta
De que los dioses no son infalibles
Y que nosotros perdonamos todo.