Eran las 9 de la mañana y apenas se escuchó el despertador. A pesar de ello, Franco, futuro ingeniero químico, no podía levantarse. El despertador siguió sonando, pero el ruido que moviliza al muchacho es un pitido permanente.
Franco no sabía si estaba soñando o estaba en medio de la dura realidad: explosión y fuego por doquier. Luego de ello, el hombre de 33 años apareció de golpe al borde del abismo. En su departamento de siete pisos ya no hay paredes: sólo techo y piso.
Franco esperó casi cuatro horas para ser rescatado. Desde abajo, su novia y su madre seguían con nerviosismo la acción, en medio del caos, las corridas y la esperanza. Distinguió entre los escombros la heladera y la cocina de su vecina. Empezó a gritar: "¡Norma! ¡Norma!".
La explosión en Rosario fue a las 9.45 y muchos recordaron lo sucedido el 18 de julio de 1994 a las 9.53 cuando estalló la AMIA en mil pedazos. No es una comparación antojadiza: las primeras analogías que relataron los testigos fueron justamente las relacionadas con la mutual judía.
Solo que esta vez no se trató de una bomba puesta por un enojado militante de Medio Oriente, sino un escape de gas de la planta baja de un edificio ubicado en la calle Salta 2141.
"Por un instante pasó por mi mente que podría haber sido un atentado. Me impresionó ver a la gente corriendo. Me recordó a la AMIA", aseguró Silvia Emogetta, vecina del lugar.
"Sentí una explosión terrible, dejé el auto a unas cuadras y fui corriendo a ver qué había pasado. Cuando llegué había unas llamas terribles, no te quiero mentir, pero llegaban hasta el segundo piso", relató un joven, uno de los primeros en llegar al lugar. "Empezamos a buscar sobrevivientes hasta que descubrimos que había una pareja, abajo, y el chico que gritaba desesperado: «Se me muere, se me muere»", describió el rescatista voluntario. "Lo único que vi es que tenía los ojos abiertos, le sangraban los oídos, la nariz y la llevé a buscar una ambulancia. La cargué hasta que no di más y me ayudó un compañero. El novio estaba a los gritos, en absoluto estado de shock por la desesperación de ver a la otra persona en estado desesperante", relató.
Un funcionario de promoción social aseguró a diario La Nación que, hasta anoche, habían logrado reubicar a la mayoría de los que perdieron su hogar en casas de familiares.
Sin embargo, el único detenido en estas horas es un gasista, quien junto a su ayudante fueron los que trabajaron en el edificio del caos. El gasista fue apresado por la Policía de Rosario en la vía pública. "Se sospecha que estuvo trabajando en los momentos previos" a la explosión, indicó el juez rosarino Juan Carlos Curto.
¿Son los únicos responsables? ¿Qué hay respecto de los controles que deben hacer los funcionarios públicos? De eso en estas horas nadie habla.
Por caso, la intendenta de Rosario, Mónica Fein, apenas atinó a decir que el juez deberá investigar de dónde provenía esa gran pérdida de gas y se atajó al mencionar que el Ejecutivo local "no tiene jurisdicción en materia de gas y que la compañía prestadora del servicio no depende del municipio".
Mientras tanto, sigue habiendo desaparecidos, desahuciados y, lo peor, un saldo de 10 muertos a cuyas familias nadie todavía les ha dado las explicaciones pertinentes.
Toda una postal de los tiempos que corren. No es poco.