Por primera vez el recientemente ordenado Arzobispo de la ciudad de Mendoza, Carlos María Franzini, pronuncia la homilía en el Tedeum, en ocasión de los festejos por el 203º aniversario de la Revolución de Mayo.
Con un mensaje calmo y conciliador, sin críticas puntuales y en el que las declaraciones y consignas fuertes fueron reemplazadas por recomendaciones gentiles y apacibles, el sacerdote hizo hincapié en la virtud del servicio, explicando que "sólo así podremos superar las situaciones que nos afligen".
El único "palo" hacia los políticos se produjo cuando los llamó a "pensar en las próximas generaciones no en las próximas elecciones".
A continuación, el mensaje completo.
Hacia una mística del servicio
(Homilía pronunciada por el Arzobispo de Mendoza, Mons. Carlos María Franzini, en la solemne celebración acción de gracias celebrada en la Basílica de San Francisco, el 25 de mayo de 2013)
Lecturas: Mc 10, 35-45
Mis queridos hermanos:
Una vez más -para mí la primera acá en Mendoza- nos reunimos los argentinos para rezar y dar gracias a Dios por el don de la Patria libre y soberana. Como hicieron los protagonistas de la Revolución de Mayo, a lo largo de estos doscientos años los argentinos hemos sentido la necesidad de agradecer a Dios y de reconocer su señorío en nuestra vida personal y comunitaria. Y por ello en esta fecha nos convocamos en este lugar sagrado para rezar y renovar nuestra conciencia de que la Patria es un don de Dios que hemos de agradecer y custodiar, para que sea cada día más un espacio genuino de auténtica dignidad para todos los que habitan esta bendita nación.
La celebración de esta fiesta patria nos encuentra a los argentinos ante un hecho inédito en nuestra historia. Por primera vez celebramos el 25 de mayo con un Papa hijo de esta tierra. Más allá de la significación que este hecho tiene para quienes somos creyentes y miembros de la Iglesia Católica, la conmoción que la elección del Papa Francisco ha provocado en nuestro país y en el mundo nos invitan a pensar en muchas cosas que trascienden lo estrictamente eclesial. Concretamente hoy puede ayudarnos a reflexionar sobre nuestra Patria y el aporte que estamos todos llamados a hacer para construirla como Nación, pasando de ser meramente habitantes a ciudadanos comprometidos con el bien común.
La reacción francamente positiva de la opinión pública mundial a esta elección y el acompañamiento y aprobación de los constantes gestos pastorales del nuevo Pontífice por parte de creyentes y no creyentes, nos invitan a pensar. Si bien no debemos perder de vista lo relativo y fugaz de muchos aplausos humanos, no hemos de dejar de valorar esta reacción tan favorable y acogedora. ¿Porqué este hombre –hasta hace poco desconocido para muchos, incluso católicos- ha suscitado semejante reacción en la opinión pública mundial? ¿Qué hay en este hombre que suscita simpatía y una adhesión cordial en tantos y tantas que hasta hace poco tenían una mirada indiferente o francamente despectiva del ministerio papal? No hay que ser especialmente suspicaz para advertir que se trata de alguien que ha sabido -por gracia de Dios- acertar en gestos elocuentes y palabras sencillas que comunican una Verdad vivida y propuesta con coherencia y convicción. Ya lo advertía Pablo VI, hace más de treinta años: el mundo de hoy escucha más a los testigos que a los maestros; o, en todo caso, escucha a los maestros que dan testimonio con su vida de aquello que enseñan.
La figura del Papa Francisco nos regala una concreta manera de conducir, de pastorear, que nos puede ayudar a todos –particularmente a quienes tenemos responsabilidades dirigenciales- para mirar nuestro presente argentino y aportarle un nuevo impulso en la construcción de un futuro mejor para avanzar en la celebración de un Bicentenario en justicia y solidaridad, como propusimos los obispos argentinos hace pocos años[1].
En efecto, en aquella oportunidad, ofrecíamos a la Nación nuestra reflexión con algunos aportes que nos ayuden a pensar este tiempo de los Bicentenarios como providencial oportunidad para reconstruir los vínculos fundamentales para alcanzar la amistad social, la justicia y la libertad para todos los habitantes de la Patria. Y en ese contexto señalábamos la necesidad de un nuevo liderazgo: “…es fundamental generar y alentar un estilo de liderazgo centrado en el servicio al prójimo y al bien común. Todo líder, para llegar a ser un verdadero dirigente ha de ser ante todo un testigo. El testimonio personal, como expresión de coherencia y ejemplaridad hace al crecimiento de una comunidad. Necesitamos generar un liderazgo con capacidad de promover el desarrollo integral de la persona y de la sociedad. No habrá cambios profundos si no renace, en todos los ambientes y sectores, una intensa mística del servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y político. El verdadero liderazgo supera la omnipotencia del poder y no se conforma con la mera gestión de las urgencias. Recordemos algunos valores propios de los auténticos líderes: la integridad moral, la amplitud de miras, el compromiso concreto por el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés por proyectar más allá de lo inmediato, el respeto de la ley, el discernimiento atento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida…” (nº 22)
Mis queridos hermanos: hemos venido a la casa de Dios porque reconocemos su presencia en nuestra vida personal y en nuestra historia. Como los padres fundadores de nuestra Nación, también lo reconocemos “fuente de toda razón y justicia” y en su presencia queremos volver a reafirmar nuestra voluntad de ser Nación y de comprometernos activamente en su progreso. Por ello, iluminados por el Evangelio y la enseñanza de la Iglesia, queremos impregnarnos de la mística del servicio, reconociendo que sólo así podremos superar las muchas situaciones que nos afligen y que lastiman de manera particular a los más pobres y postergados.
La Patria necesita hombres y mujeres austeros, íntegros y coherentes; preocupados por el bien común, antes que por el bien particular; que piensen en las próximas generaciones y no sólo en las próximas elecciones; cuyo sueño sea una Patria grande, con la grandeza que da la vida digna para todos, donde nadie queda excluido del banquete de la vida; donde la verdadera libertad se manifieste en el respeto irrestricto de la ley y las instituciones de la República; donde el verdaderamente grande sea el que sirve y se hace pequeño.
Acá en Mendoza, no tenemos que buscar muy lejos esta clase de líderes. El General San Martín sigue enseñándonos con su vida austera y coherente hasta el último día; con su idoneidad profesional puesta al servicio de la Patria; con su disposición a la renuncia –y aún al exilio- para evitar enfrentamientos fratricidas; con su inclaudicable voluntad de servir y trabajar por el bien común de la propia Patria y de pueblos hermanos, a pesar de todos los obstáculos.
Como él, también nosotros, volvemos nuestra mirada a la tierna Madre del Carmen, para que nos siga conduciendo a Jesús y así, tomados de la mano, como pueblo de hermanos, podamos recuperar la mística del servicio y caminar decididamente por las sendas del progreso, la dignidad y la libertad para todos.
[1] CEA: Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016); Pilar, 14 de noviembre de 2008.