Tráfico de órganos, ¿realidad o leyenda urbana?

Mucho se habla sobre tráfico de órganos, pero existen pocas certezas respecto a casos concretos y documentados. ¿Verdad o Leyenda? MDZ investiga... como siempre.

Foto: web
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La pseudociencia siempre está al acecho. Anda agazapada y sigilosa, escondida en los aledaños de la divulgación y el periodismo, a la espera de hincar el diente a su presa. Ésta suele ser un periodista poco experto, un investigador con graves carencias de escepticismo o un espectador excesivamente absorto, según revela Jorge Alcalde en el sitio Libertad Digital.

En ocasiones, la falacia es demasiado evidente: ese presentador que intenta convencernos con espuria erudición de que las Caras de Velmez son representaciones de un ente ectoplasmático; ese socorrido documental sobre la "demostración científica" de un aterrizaje alienígena, esa bruja que nos deleita el viernes con nuestro porvenir amoroso para el fin de semana.

Pero en otros casos la pseudociencia se esconde con sutileza en piezas de aparente rigor. Y, entonces, no hay quien la pille.

Esta misma semana, el programa de la televisión pública Documentos TV ha emitido un espeluznante reportaje de investigación sobre el tráfico de órganos humanos. Ante los ojos del espectador, aparecían con trepidante ritmo narrativo los testimonios extraídos a punta de cámara oculta de niños y adultos envueltos en el comercio de riñones. El periodista, haciéndose pasar por un supuesto cliente, llega a contactar con una familia dispuesta a ceder a uno de sus hijos a cambio de 70.000 euros. Pocas pegas podrán ponerse al trabajo emitido, salvo que no demuestra nada. O, mejor dicho, que no ofrece ninguna prueba suficientemente contundente como para compensar las numerosas inconsistencias que presenta el mito del tráfico de órganos humanos.

Un simple rastreo en Internet sobre el tema servirá para encontrar centenares de referencias a una de las leyendas urbanas más propias de nuestra edad contemporánea. Desde el turista desprevenido que, tras tomar unas copas con una bella nativa, se despierta metido en una bañera de hielo y sin riñón, hasta el millonario estadounidense que recorre el Tercer Mundo en busca de un niño parecido a su hijo para proponerle la compra de una víscera vital. La cantidad de testimonios y la aparente lógica de la desesperación humana (sobre todo cuando se trata de salvar la vida de un hijo) dotan a estas historias de una emotiva credibilidad.

Pero, más allá de eso, resulta imposible encontrar entre la comunidad científica, las autoridades sanitarias, los expertos en trasplantes y la policía una opinión crédula al respeto. Es más, es absolutamente unánime la advertencia de que la creación de redes internacionales de comercio de órganos vivos es poco menos que imposible.

El mito de la amputación involuntaria es casi tan viejo como la literatura, según revela Jorge Alcalde. Pero su versión más moderna, convertido en violación quirúrgica, cobra fuerza tras el estreno en 1978 de la película Coma, basada en un guión  de Michael Crichton y Robin Cook, en la que un equipo de perversos médicos extrae órganos sanos de pacientes comatosos.

Desde entonces, no han dejado de aflorar truculentas historias de trasiego de vísceras. Junto a ellas, aunque de manera más tímida, tampoco ha dejado de oírse la voz de autoridades en la materia advirtiendo de la falsedad de tales relatos. Poco después de aparecer en la prensa Mexicana la noticia de que el tráfico de órganos podría ser la causa de la extraña desaparición de docenas de jovencitas en el estado de Chihuaha, la Comisión Nacional de Trasplantes del país elevó una nota en el la que negaba tal posibilidad. Lo mismo ocurrió una y otra vez en Estados Unidos, Canadá, China y Europa.

¿Pero es que no es posible que existan mafias dedicadas a tan horrendo y lucrativo menester?

La respuesta más racional es sí: es posible que existan, igual que es posible que una mujer meta a su perro en el microondas para secarle el pelo, que un terrorista arrepentido avise a una joven que acaba de encontrar en el autobús de que se prepara un atentado masivo en El Corte Inglés y que una cría de cocodrilo abandonada termine poblando el alcantarillado de Nueva York con una familia de reptiles hambrientos. Todo ello dista de ser imposible, pero no ha ocurrido.

Técnicamente, la creación de un red de trasplantes eficaz escapa a los recursos de cualquier mafia tercermundista. La donación y recepción de riñones es un proceso demasiado complejo como para que tenga lugar en el garaje de una casa de Bombay. Para empezar, el valor de mercado de un órgano libre es cero. De nada sirve un riñón al que no se han realizado, previamente a su extracción, complicadísimos análisis de histocompatibilidad. Un tejido humano no es como el motor de un coche, no puede comprarse libremente y probar luego si funciona. Así que sólo hay dos causas que justifiquen la presencia de supuestos clientes buscando órganos en las plazas de Turquía (como mostraba el programa de televisión). O han sido engañados por una red de estafadores que se aprovechan de su desesperación, o son falsos.

La extracción de un órgano tampoco es moco de pavo. La operación puede durar entre seis y ocho horas y requiere un equipo mínimo de diez personas muy especializadas. Es imposible reunir masivamente este tipo de personal cualificado sin dejar rastro. Aun así, si se consiguiera la extracción, el riñón robado ha de ser sometido a un proceso químico de criopreservación que requiere materiales muy difíciles de obtener. El seguimiento de los compuestos utilizados para la conservación de órganos es exhaustivo, casi tanto como el de la dinamita. Sólo especialistas autorizados tienen acceso a ellos, por lo que la pista del supuesto crimen sería muy fácil de trazar.

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