Estamos en verano, y los días de playa, pocos o muchos, requieren del ingenio los cabeza de familia para armar esa heladera que papá, o el hijo body builder quinceañero, cargan estoicamente entre las ardientes arenas, hasta llegar al lugar elegido por mamá, y donde los nenes retozones comienzan de inmediato a marcar la cancha a los vecinos de las sombrillas vecinas, regalándole sus grititos y llenándolos de arena con sus corridas traviesas.
Usted sabe, la heladera de la playa tiene algunos secretos para que rinda mejor sus frutos, sobre todo, teniendo en cuenta que gracias a ellas podremos aprovechar íntegramente el fin de semana largo, al evitar los consumos de productos, que los vendedores ambulantes del lugar ofrecen de manera tentadora para que los purretes intimen a sus papás con el típico y agradable.
"¡quiero un panchooooo!", que, a su vez, vale una fortuna como si lo hubiera comprado en el restaurante Tarquino en Buenos Aires. ¿Y los choclos? Cuatro choclos pueden costar lo que una hilera de maíz completa.
No, como usted, su esposa, amante, compañera, pareja, déle el título que quiera, son personas previsoras, arman la heladera y se consume lo que preparamos en el hotel o en la casa que alquilamos por 4 días y listo. Por lo pronto, el hielo habrá de llevarlo, en un Tupper o dos.
Así, podrá mantener frío los alimentos, y de paso tiene hielo para que sus bebidas no deba tomarlas desagradablemente tibias. No habrá agua derramada, y sobre todo, elude el riesgo de que los chilindrines en una de las pícaras corridas lo llenen de arena.
En otros envases separados, lleve el jamón en fetas, el matambre o los fiambres que desee, para combinar con el infaltable queso en fetas, y todo lo que su apetito y el de su familia ansíen, siempre a la par de lo que su bolsillo permita comprar.
Con tanta pérdida de líquidos en la playa, el salame es un ingrediente muy recomendable para mantener la hidratación de nuestros angelitos.
Estos ingredientes, prolijamente colocados en el fondo de su heladera, aguardaran el momento preciso en que se encontraran con su destino para, pan en rebanadas de por medio, transformarse en unos deliciosos sándwiches.
Para mí la fiesta no está completa si no hay un sachet de mayonesa y otro de mostaza a mano.
Un peceto cortado en rodajas finas, con otras de tomate cortado bien, pero bien finiiito es fundamental aderezarlo con una buena mostaza.
Ojo, el tomate, cuando se va a utilizar en sándwiches se debe cortar transversalmente. Esto es, hágalo horizontalmente en relación con su tallo.
Otro buen truco es llevarlo en trozos medianos, entonces cuando se muerde no sale la rodaja entera toda embadurnada de mayonesa o lo que sea, con el consiguiente trabajo de tener que darle la dentellada para acompañar el trozo que ya tiene en la boca, y luego abrir su sándwich y devolver el resto para que siga manteniendo el equilibrio de la preparación deseada.
No se olvide que su imaginación para combinar elementos es inagotable. Lechuga trozada, rodajas de pepino, zanahoria rallada, son grandes elementos para armonizar dentro de un sándwich bien gordo.
Si se le antoja con todo eso hacer una ensaladita playera, quizás lo mejor es llevar el aderezo aparte para que las hojas de las verduras se mantengan bien crujientes como a usted le gusta.
El postre siempre se verá bien complementado con las viejas y queridas bananas, ciruelas o duraznos, que nuestros corazones comerán con sus manitos.
Si son muy pequeñas las manitos, se pueden colocar en esas bolsas con cierre, ya cortadas para que, ayudados de una práctica cuchara de plástico –que no debe quedar en la playa para nada- harán un postre fresco y delicioso.
Si lleva vino, aproveche que ahora hay en el mercado excelentes propuestas de vinos, particularmente blancos, con tapa a rosca.
Personalmente me inclino por un buen espumoso -¿qué le parece el Délice de Chandon?- que tampoco requiere sacacorchos (un elemento que invariablemente se pierde en la playa) y que a la vista de sus vecinos lo mostraran como una persona de mundo y con gustos refinados.
En ambos casos, aún cuando usted tiene el hielo salvador dentro de su contenedor, tome la precaución de casi congelarlo –no congelarlo, dije "casi"- para que así se deslice bien frío por su garganta sedienta.
No se le ocurra llevar helados. Porque, además de que haga lo que haga, se le pondrán blandengues, usted no podrá controlar la tentación de hacer que el kilo le pongan 5/6 gustos, que al adquirir el estado de flojito, se transformaran en un informe tutti fruti.
Si la mano viene de postre en vasitos, los yogures son buenos amigos, como esos otros postrecitos horribles que se consiguen en los supermercados, pero que sus chicos adoran.
Nuevamente, vasos y cucharitas se recuperan todos en bolsas vacías, para ser arrojados en el cesto de papeles que toda playa civilizada tiene. Y si no lo tiene, usted pone la bolsita en el auto y se lleva todo para el tacho de basura de su alojamiento.
El penúltimo consejo, dos heladeras medianas son mejores que una gigantesca. Se sabe que usted ve a su novio, marido o pareja como a un Charles Atlas, pero sacuda su cabeza para aclarar la vista, y descubra que es un buen hombre que no merece cargar en un brazo solo una cajota de plástico pesadísima. Además, esto le permitirá separar todavía mejor sus vituallas playeras.
Y el último es: no ande convidando a los vecinos o amigos envidiosos de la vuelta. Porque sin que se dé cuenta, sus reservas alimenticias decrecerán rápidamente, y cuando vengan sus porqué de su existencia con aire famélico y pregunten: "Mami ¿hay más matambre?", su respuesta negativa puede abrir el mercado de la demanda de productos playeros y llevarla a la quiebra financiera que pretendió evitar con todo el esfuerzo de llevar su propia vianda.
Si hace todo bien, su familia le dirá como Shakespeare: "Duda que sean fuego las estrellas; duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo". Mire que cierre para el día de San Valentín.