Durante la tarde de hoy, el Arzobispado de Mendoza realizó una conferencia de prensa donde se presentó ante los medios a la nueva cabeza máxima de la diócesis local, monseñor Carlos María Franzini. Sin embargo, el evento más importante ocurrirá mañana a partir de las 8, cuando el nuevo arzobispo será presentado ante los obispos y la sociedad en general.
A las 18, los medios de comunicación invitados comenzaron a llegar y eran recibidos por el personal de prensa del Arzobispado. Luego se hicieron presente monseñor Franzini; el arzobispo saliente, José María Arancibia, y el administrador diocesano (quien es el interino del Arzobispado hasta la asunción de mañana) Sergio Buenanueva.
Franzini se mostró muy predispuesto desde el comienzo, dialogando amablemente con los periodistas y fotógrafos. También se permitió realizar algunos chistes y agradeció a cada uno su presencia.
A la hora de la conferencia, quien tomó primero la palabra fue Buenanueva, que agradeció la presencia periodística y se disculpó por el cambio de horario, ya que Franzini tuvo inconvenientes en el camino desde que partió de Rafaela.
Luego prosiguió Arancibia, que también se disculpó por el cambio (la conferencia debía realizarse el jueves a la tarde). A continuación, el ex arzobispo explicó que la ceremonia de mañana será para "mostrar a los sacerdotes y el pueblo que el Papa realmente lo ha designado así" (en referencia a la llegada de Franzini).
"Mañana se levantará una pequeña acta del pueblo y los sacerdotes de Mendoza que certificarán haber reconocido a su nuevo obispo. A eso se le llama la Eucaristía, que para nosotros es muy importante", explicó Arancibia.
"El obispo no viene en nombre propio ni contratado por nadie. Viene a ocupar un puesto desde el punto de vista humano. Viene nombrado por la Iglesia" y a través de la misma "viene designado por Dios", sintetizó monseñor Arancibia.
A continuación, tomó la palabra monseñor Franzini, quien confesó su alegría por estar con los comunicadores, y tácitamente adelantó como será su relación con los medios: "Cuando me tocó pastorear la diócesis de Rafaela, he tenido un hermoso vínculo con la gente de la comunicación. Para nosotros, la comunicación es un espacio donde se vive y se expresan los valores y convicciones y que queremos compartir con los demás".
"Mi posición es escuchar y responder aquello que se puede responder, y sencillamente no responder lo que no tengo respuesta", aseguró Franzini.
Ante la consulta sobre si va a tener la misma impronta que tuvo la gestión anterior en el Arzobispado, Franzini respondió: "Vengo con el ánimo de ser un hombre de la Iglesia, así dar continuidad al camino de la Iglesia a la que uno se incorpora. Yo vengo a sumarme a su camino".
"La Iglesia es servidora de la vida, facilitadora del diálogo y promotora de la amistad social. Me parece que con estos tres elementos se pueden vislumbrar por donde quiero llevar adelante este servicio", detalló el nuevo arzobispo.
Para Franzini, la pobreza "es una preocupación constante de la Iglesia". Contó que en noviembre, los obispos hicieron una declaración donde se habló "de una inequidad persistente y por signos fuertes de una estructuración injusta de la sociedad".
"Desde la Iglesia queremos hacer nuestro sencillo aporte para contribuir al bien común en lo que hace a la realidad de marginación, injusticia e inequidad que padecen muchos hermanos", finalizó Franzini.
Carlos María Franzini nació en Buenos Aires el 6 de septiembre de 1951. Fue ordenado sacerdote para la diócesis de San Isidro en 1977, asumiendo varios cargos en la misma. En abril del 2000, el papa Juan Pablo II lo designó como obispo de Rafaela, puesto que mantuvo hasta el 10 de noviembre, cuando Benedicto XVI lo nombró como arzobispo de Mendoza.
Además, Franzini es presidente de la Comisión de Vida Consagrada, dentro de la Conferencia Episcopal Argentina.
A continuación, reproducimos la carta con la que José María Arancibia, arzobispo emérito de Mendoza y Sergio O. Buenanueva, obispo auxiliar y administrador diocesano, le dan la bienvenida a Carlos María Franzini.
Ante todo, un saludo cordial a todos los hombres y mujeres que comparten con nosotros el camino de la vida en esta hermosa tierra que el Creador nos ha regalado:
¡La paz de Dios esté con todos ustedes!
La Arquidiócesis de Mendoza se apresta a recibir a su nuevo Arzobispo, Carlos María Franzini. Es un acontecimiento que nos atañe, en primer lugar, a los católicos. Sin embargo, no deja de ser significativo para toda la sociedad. Quisiéramos reflexionar al respecto.
La Iglesia diocesana de Mendoza es una vasta red de comunidades y personas. Creada como diócesis en 1934 y elevada a arquidiócesis en 1961, ha tenido ya cinco obispos. Franzini es el sexto.
La presencia de la fe cristiana en Mendoza, sin embargo, antecede a la creación de la diócesis. Se remonta a la fundación de la ciudad y ha acompañado toda su historia, tanto en tiempos en que religión y sociedad se identificaban, como hoy que distinguimos entre sociedad, estado y religión.
Hoy, el catolicismo mendocino vive un dinámico proceso de redefinición de su presencia en el entramado de una sociedad. Su desafío: mostrar la actualidad del Evangelio, permaneciendo fiel a su identidad. Todo un reto para una religión que confiesa la encarnación de Dios.
En este contexto más amplio, esbozado apenas, creemos que hay que ubicar el arribo del nuevo obispo a la comunidad católica.
La palabra “obispo” deriva del vocablo griego “episcopos”: el que observa desde un lugar alto, como un vigía atento que pasa la noche en vela. Los primeros cristianos llamaron así a quienes sucedían a los apóstoles como guías espirituales de la comunidad.
Para la tradición católica, en el obispo está presente la “semilla apostólica”: el mandato de Cristo de llevar su Evangelio hasta el último rincón de la tierra. Su figura es básicamente la de un misionero que prosigue la tarea de los apóstoles: predicar el Evangelio y velar por la fe de sus hermanos.
Así, en torno a la fe gira toda la vida del obispo. De él se espera, ante todo, que sea un hombre de fe viva, un amigo de Dios. Pero su fe es la del pastor: su misión es servir a la fe de los demás, especialmente los más alejados.
Obviamente, el obispo es un ser humano. Está hecho de la misma madera que cualquier hijo de vecino. Busca vivir su condición de discípulo y de pastor con autenticidad, pero también con la humildad de quien lleva “un tesoro en vasijas de barro”, como decía San Pablo de sí mismo.
El obispo tampoco está solo. Es siempre parte de un pueblo. Con el Papa y los demás obispos forma el colegio episcopal. En su diócesis trabaja, codo a codo, con numerosos compañeros de misión. Ante todo, los presbíteros, que comparten con él el sacerdocio y el servicio a la fe del pueblo. También con los diáconos, y una multitud de personas, consagrados y laicos, que se saben sujetos activos en la misión evangelizadora.
En el camino reciente de la Iglesia diocesana de Mendoza, este aspecto de comunión ha tenido un desarrollo muy fuerte. El obispo Franzini llega a una diócesis que tiene un ejercicio importante de discernimiento compartido buscando los caminos del Evangelio.
Se trata de una experiencia decisiva. El mundo católico mendocino es una realidad compleja y variopinta: una pluralidad de personas, carismas, sensibilidades, posturas y acentos, no exenta de tensiones. El obispo está al servicio de una unidad que debe hacer lugar a toda legítima diversidad.
La presencia pública de la Iglesia en una Mendoza más compleja y secularizada es también un desafío de magnitud. Mientras algunos aspectos de su misión son valorados (por ejemplo, su acción social y educativa); otros, despiertan rechazo y hostilidad. Piénsese, por ejemplo, en los recientes debates sobre el matrimonio y el aborto no punible. Por otra parte, la comunidad católica está aprendiendo a convivir con otras confesiones cristianas y religiosas que aportan lo suyo a la vitalidad espiritual de la sociedad mendocina.
¿Cómo seguir siendo la Iglesia de Cristo en este contexto social y cultural? La incorporación del obispo Franzini al camino pastoral de la diócesis vuelve a poner esta cuestión sobre el tapete.
Al recibir a nuestro obispo, los católicos no podemos dejar de preguntarnos: ¿cómo estamos viviendo nuestra condición cristiana? En la misma medida en que algunos espacios de la sociedad se secularizan, crece la oportunidad de vivir la fe como una decisión más personal. No un frío moralismo, sino un encuentro con la Persona de Jesús que cambia todo en la vida.
Si el obispo es básicamente un misionero, la Iglesia que preside tiene como vocación salir al encuentro de todos para invitarlos a la fe, especialmente lo más alejados. Paulatinamente la diócesis está experimentando una conversión misionera. El Evangelio es un don para compartir, sobre todo cuando se agudiza la sed de Dios y de razones para vivir en el corazón de las personas.
Por último, un reto especialmente delicado es la presencia del punto de vista católico en los debates públicos. La visión cristiana de la vida no se puede imponer. Se ofrece a la conciencia y a la libertad, apela a la razón y a la discusión racional. El humanismo cristiano puede seguir enriqueciendo la vida mendocina. Solo que hay que acertar en proponerlo correctamente. Es todo un reto cuando se discuten valores considerados no negociables: vida, familia, matrimonio, educación, bien común. Incluso entonces, la reserva crítica en nombre de la fe es un servicio al bien común.
En fin, los católicos nos aprestamos a recibir a nuestro nuevo obispo con una mirada confiada en Dios y en el futuro. Estamos rezando por él y su misión. Nos disponemos a acompañarlo y ayudarlo. Desde nuestra fe queremos seguir aportando al bien común de todos los mendocinos.
José María Arancibia, Arzobispo emérito de Mendoza
Sergio O. Buenanueva, Obispo auxiliar y Administrador diocesano