Los pro y los contra de ir al cine Universidad

El icono de un tiempo pasado aún tiene para dar de sí y continuar encantando a los espectadores. Sin embargo, existen un par de detalles que habría que atender lo más pronto posible, pues arruinan cualquier buen momento.

Foto: Página web Cine Universidad
Foto: Página web Cine Universidad

En tiempos en donde los cuarentones y algunos fuera de época gustan de ver una película en un buen cine de los de antes, el hecho de que la ciudad de Mendoza cuente con uno de estos "dinosaurios" es maravillosa. Sin embargo, en el caso del Universidad, existen un par de detalles que arruinan el espectáculo, y convendría solucionarlos lo más pronto posible.

Pero hablemos primero de los pro para despejar cualquier sombra de duda con respecto a la tendencia de esta nota, que no es otra que colaborar desde un humilde lugar para justificar el precio de cada función.

Es un placer ir al Universidad porque el decorado y el olor remite a la infancia y a la adolescencia, y eventualmente a momentos con seres queridos que quizás ya no estén entre los vivos.

Porque no hay que soportar parvas y parvas de adolescentes a los gritos y dándole al celular sin parar.

Porque uno sabe que no estará rodeado de comedores de pochoclo, papas fritas o cualquier otro aperitivo que venga en bolsas la mar de ruidosas; comedores que parecen contar con un mecanismo -misterioso para quienes no comen dentro del cine- por el cual son inmunes a los sonidos de los envoltorios y al crujido del maíz en bocas entreabiertas.

Porque la gente que vende las entradas es súper amable y atenta, y el joven que explica la función no se erige en protagonista ni en crítico, y tiene las palabras justas para cada argumento.

Porque las películas en general, son escogidas con muy buen gusto y criterio.

Sin embargo, cada función se ve arruinada por un par de factores al parecer inevitables.

Uno de estos factores es el sonido. Uno de los parlantes "explota" cuando emite una cierta frecuencia de audio, haciendo que se pierda totalmente la concentración en el resto del film, por no hablar de eventuales gritos de espanto de algunas damas muy susceptibles a este tipo de estruendo inesperado.

Otro problema serio lo presenta el proyector. La imagen que proyecta es muy poco luminosa y provoca que el espectador se pierda gran cantidad de detalles de la fotografía. Esto es grave porque degrada la película en general.

Sobre el problema antes citado, quien esto escribe vio la película Cloud Atlas en el complejo Cinemark primero, y luego en el cine Universidad, y la diferencia de la proyección es tremenda, aún salvando las distancias en cuanto a tipo de proyectores se refiere, ya que no hay punto de comparación entre un proyector regular y uno específico para cine.

Como se mencionó antes, se trata de problemas que quizás se puedan corregir con más voluntad que fondos, eso lo sabrán mejor quienes están a cargo del cine Universidad. Y si se subsanaran, se reconocería verdaderamente el esfuerzo desplegado en cada trabajo cinematográfico, y se haría justicia al bolsillo de quienes aún gustan ver películas en estos cines en extinción.