“Pasadas las 18 de este viernes, cuatro personas de una empresa encargada de llevarles los sueldos a los trabajadores rurales fueron emboscadas por entre cuatro y ocho sujetos que se desplazaban en dos vehículos. El objetivo era robar el dinero de los salarios; el resultado: dos personas asesinadas”. De esta manera relataba MDZ Online lo sucedido el 26 de marzo de 2010 en Corralitos, donde Federico Chaparro y Miguel Ángel Ruarte fueron acribillados por un grupo de delincuentes que llevó a cabo una muy bien planeada emboscada para robar unos 70 mil pesos pero que al final dejaron en el lugar.
A comienzos de abril de este año, dos de los involucrados en el asesinato de Chaparro y Ruarte recibieron sus condenas: Jesús Wekid recibió cadena perpetua, mientras que Raúl Masmann, como partícipe secundario, fue condenado a cuatro años de prisión, pero quedó libre por llevar en ese momento tres años detenido.
Y el 21 de noviembre comenzó el segundo juicio, por el que están en el banquillo Fernando Pega Rivarola, de 30 años, acusado de doble homicidio criminis causa, y Eduardo Pelotín Cepeda, de 37 años, imputado por encubrimiento.
El martes se dictará la sentencia de este segundo juicio por el doble crimen de Corralitos, y los familiares de las víctimas esperan que ambos imputados sean condenados.
Dos asesinatos a sangre fría
El 26 de marzo de 2010, Chaparro, cobrador de una cooperativa Colonia Barraquero, Ruarte y Castro, ambos ex policías que trabajaban como custodios, y el chofer del vehículo en el que se trasladaban (un Fiat Duna), de apellido Musri, realizaban su trabajo, cuando, aproximadamente a las 18, tuvieron un accidente con un Renault Clio. Pero lo que parecía un mero choque se reveló de inmediato como una emboscada.
De una camioneta Ford Ecosport que hacía un rato viajaba detrás del Duna bajaron varios delincuentes armados y comenzaron a disparar. Musri no sufrió heridas, Castro saltó a una acequia y tuvo algunas contusiones, pero Chaparro y Ruarte fueron alcanzados por las balas y fallecieron en el lugar.
El Clio había sido robado varios días antes en la calle Arístides Villanueva de Ciudad, mientras que la Ecosport también había sido robada, pero apenas una hora cuarenta antes del asalto.
La camioneta en la que huyeron los delincuentes fue hallada en callejón Martínez y carril Godoy Cruz, de Buena Nueva, y allí se subieron a un VW Gol, en el que fueron hasta una casa del barrio La Palaya, en Rodeo de la Cruz, y de allí se retiraron en un Ford Fiesta y dos motos, según los vecinos que testificaron en ese momento.
El asesinato de Chaparro y Ruarte conmocionaba a la sociedad con cada nuevo dato que aparecía, debido a la sangre fría con la que los delincuentes habían actuado, abriendo fuego de inmediato, disparando a mansalva y sin llevarse el dinero del lugar.
En un primer momento hubo varios detenidos que, efectivamente, pertenecían a una banda delictiva, pero era la banda equivocada. Porque mientras esto sucedía, algunos de los atacantes de Corralitos siguieron haciendo de las suyas en el sur del país, y uno de ellos pudo ser detenido gracias a que su esposa había tenido un hijo.
El entrecruzamiento de llamada aportó muchos datos para la causa, y así fueron cayendo varios, pero el elemento más importante para lograr la captura fue la declaración de uno de los involucrados que decidió revelar la verdad de lo sucedido.
Este hombre pasó a ser un testigo encubierto, uno más de los varios que tuvo esta causa, los que con sus dichos hicieron caer (o al menos hacer tambalear) las coartadas de varios.
Uno decía que ese día había estado en su trabajo (que era el galpón de la cooperativa), otro declaraba haber acompañado a su esposa a firmar un contrato de alquiler. Uno de ellos fue citado y su esposa dijo que estaba en Brasil, cuando en realidad estaba en la provincia.
Por fin, varios pudieron ser aprehendidos, pero uno de los acusados quedó libre de culpa y cargo por falta de pruebas, mientras que otro casi queda en libertad, pero por suerte pudo mediar la reacción de un representante de la justicia, que impidió que esto sucediera.
En el medio, se pudieron grabar conversaciones en las que los imputados hablaban de asesinar a la fiscal que llevaba adelante la causa…
Los detalles, con nombres y apellidos, lugares de capturas, perlitas del proceso y demás nos llevaría decenas, si no cientos de hojas. Y es que este caso, tal vez por suerte, quizás por la capacidad de algunos abogados, jueces y fiscales de reaccionar a tiempo, no pasó al olvido y quedó impune. Un repaso de los relatos periodísticos del 26 de marzo del 2010 a la fecha puede dar la dimensión de un doble asesinato a sangre fría que por la insistencia de unos pocos tiene algo de justicia, y decimos algo porque, ya lo sabemos, las vidas que se perdieron no se recuperarán.
El dolor de una familia
Llegamos a la casa de la familia Chaparro y nos atiende Silvio, el padre de Federico. Pasamos y nos sentamos en la sala, en la mesa en la que sería imposible contar la cantidad de veces que Federico estuvo almorzando, cenando, tal vez sólo conversando con sus padres y sus dos hermanos.
Hay varias fotos de Federico en ese ambiente. Esa presencia habla de la ausencia. Silvio tiene junto a él una carpeta y varios folios llenos de papeles. Son impresiones de los artículos de diarios digitales, fotocopias de diarios de papel, panfletos con la foto de su hijo pidiendo justicia. Y se le humedecen los ojos apenas decimos las primeras palabras sobre el 26 de marzo del 2010.
Silvio cuenta con bronca cómo casi se cae toda la causa. No culpa a nadie, él trabaja en el Poder Judicial, y su esposa, Alicia, es jubilada judicial también. Conoce cómo se hacen los procesos, por eso entiende que hubo errores, pero no puede entender que queden absueltos colaboradores del asesinato de su hijo.
Relata el proceso y recupera conversaciones. Señala una foto en la que aparece uno de los acusados y dice “este ni siquiera se anima a mirarme a la cara”, muestra la foto de otro y cuenta cómo lo escrachó con carteles, y ante la foto de otro, de uno de los que disparó a quemarropa, se queda en silencio.
Tiene la computadora encendida y allí nos muestra fotos, artículos, videos en los que hablan funcionarios. Entonces llegan Alicia y Adrián, uno de los hermanos de Federico. Se suman a la charla, tratando de entender lo inentendible, como que haya quedado libre uno de los imputados por la demora en la presentación de una documentación. Y también cuentan la historia de una foto de Federico que está enmarcada y colgada en una de las paredes.
Era Navidad, la última Navidad de Federico, y está él sosteniendo una bengala encendida, y abajo su hijito, los brazos abiertos saludando esas luces de colores, celebrando la proeza de su padre.
Federico Chaparro y su hijo, en las fiestas de fin de año del 2009.
Alicia se enoja, se calma, se vuelve a enojar. Silvio se enoja, se calma, se vuelve a enojar. Confían en que el martes la fiscalía pida condenas importantes para los dos acusados. Saben que el abogado que los representa lo hará. Esperan que en esta oportunidad no se caigan pruebas, como sucedió en el primer juicio. Anhelan que no haya fallas de procedimiento y que el juicio por la muerte de Federico, además de condenar a los responsables, sirva para que no vuelvan a cometerse errores groseros en los procedimientos.
Esperan que el martes haya justicia.
Nos despedimos en la puerta. Los ojos de Silvio vuelven a aflojar ante el recuerdo. Alicia nos agradece.
Esperemos que el martes haya justicia.