La noche está tremenda. La violencia social reina, nos penetra, nos carcome, y por supuesto, ha generado el germen de la noche violenta que se vive en Mendoza de jueves a domingo.
Las cosas empiezan a pasar temprano, antes de las diez de la noche, y la sucesión, la vorágine de acelere, alcohol, porro y otras drogas, siguen hasta ya entrada la mañana del otro día, e incluso, casi llegando al mediodía.
Pero lo preocupante es que son pocos los chicos que se animan a hablar, a contar lo que ven, lo que les ofrecen, lo que pasa. Algunos por miedo, otros por el “qué dirán”, se cierran en un siniestro pacto de silencio con el que, a sabiendas o no, avalan esta movida y permiten que siga creciendo, descontrolada y fatal.
“Yo trabajo en la noche”
Andrés es barman de un boliche de la San Martín Sur y Mauricio en uno de la zona de calle San Juan de Ciudad. Gaspar es Dj en un boliche de Chacras de Coria. Gonzalo pone música en la calle Arístides Villanueva. Los cuatro hablaron con MDZ Online con la condición de que usemos su segundo nombre, para “No perder el trabajo”, o “que nadie pueda tomar represalias contra nosotros”.
La consigna fue simple: relatar las cosas que les impactan o que ven como irregulares o condenables desde el momento en que llegan los jóvenes al boliche, hasta que se van. Preferimos en un principio no hacer preguntas específicas, para justamente escuchar la opinión de cada uno sobre cuál es la situación que impacta más en ellos.
“Desde la llegada al boliche, ya te puedo decir que la mitad de los que ingresan lo hacen totalmente ‘quemados’. Se matan en las previas que hacen, con mucho alcohol la mayoría, y están también los que usan drogas. Estas previas duran entre tres y cuatro horas, en las que se la pasan bebiendo alcohol, porque la hora de juntarse es a las 22, 22:30, y al boliche no parten antes de las 2 de la mañana. Las hacen en la casa de alguno –piden el alcohol vía delivery, por teléfono-, o en estaciones de servicio, donde consiguen alcohol barato. En el boliche gastan poca plata, solo pagan entrada que da derecho a consumición de un trago”, comienza diciendo Andrés.
“A mi lo que me impresiona un poco es la calidad de las bebidas que tengo para preparar los tragos. Vodkas que vienen en bidones gigantes, de muchos litros, que te juro que parece alcohol de quemar. Se de bebidas que las colocan en las estanterías para que nosotros preparemos tragos y están ‘cortadas’ –es decir, adulteradas- para que duren más, o por ejemplo, botellas de fernet de una marca tradicional, la preferida, que han sido rellenadas por otro más barato y de menor calidad”, dispara Mauricio.
“El tema de la droga es pesado. Se ve a muchos chicos que consumen porque un amigo tiene y le dice ‘probala, si es una probadita’. Aunque parezca estúpido, muchos se meten en ese mundo sólo llevados por la curiosidad. En los boliches hay pibes que venden: he visto vendiendo en los baños, por ejemplo”, cuenta Gaspar.
Los controles: una mentira total
“El tema de los controles en la entrada del boliche depende de cada lugar, pero en general es todo una pantomima. Los menores entran igual, y sobre todo las chicas. Te diría que entre el 30 y el 40 % de mujeres en un boliche, son menores”, dice Andrés.
Gonzalo cuenta que muchos de los menores que van a boliches tienen identificaciones falsas: “esa onda que ves en las películas de EEUU ha llegado. No sé dónde se las hacen, pero algunos se mandan con cédulas falsas, o carnets de conducir truchos. Y sino, entran porque siempre hay un conocido: o el patovica es tu amigo, o llamás a alguno de los dueños para q dé la orden… y listo, entrás”.
“Lo que voy a decir es crudo, pero real. Se hace casi siempre la vista gorda con las chicas que son menores, porque generalmente vienen ‘en pedo’ de las previas, y es fácil transárselas, o incluso tener sexo con ellas adentro del boliche. Con los varones se pone un poco más de filtro, porque borrachos pueden pelearse o causar desmanes. Pero se sabe que si se corre la bola que el boliche ‘se llena de minitas’, vienen todos para pasarla bien”, asegura Andrés, y no deja de causar estupor y espanto.
Justamente del estado de las chicas a la salida del boliche es de lo que se sorprendía un “tachero”, José, a quien le tocó dejar a dos de ellas casi a las 9 de la mañana de un viernes. “Eran dos chicas muy jovencitas. Yo no creo que llegaran a los 20 años. Venían muy alcoholizadas, con la típica resaca, y me dio miedo porque estaban atontadas, medio dormidas, pero al mismo tiempo tiritaban. Una tenía restos de vómito, y al mismo tiempo, lloraba comentándole a la amiga que ‘no tenía puesta la bombacha’ pero que no sabía cómo ni por qué se la había sacado, porque no se acordaba. La amiga la abrazaba, y le preguntaba si le dolía ‘ahí abajo’, al mismo tiempo que le recomendaba no decir nada ni hacer ruido ‘cuando entraran a la casa’. Las levanté en la calle San Martín Sur y las dejé en la Quinta sección de Ciudad”.
Gaspar, el Dj, asegura que hay una frase de los patovicas que se repite una y otra vez en la puerta de los boliches, después de tener unos diez minutos a un grupo de amiguitas rogando entrar: “Pasá, pasá rápido, antes de que me arrepienta”.
Explosión de la violencia: la triste consecuencia
De tanto en tanto sale en los diarios algún caso de violencia juvenil en los boliches. A pesar de que algunos ya se encuentran anestesiados con respecto al tema, o expresan la condenatoria frase “se lo habrá merecido”, o “algo habrá hecho”, lo cierto es que son cada vez más: no merman. Incluso, cientos de ellos no toman estado público y quedan en la nebulosa. Para refrescar la memoria, cuatro recientes:
En julio de 2012, Pablo Montalto el joven que terminó en grave estado y que luchó por su vida luego de ser salvajemente agredido de a botellazos en la cabeza en el boliche Voodoo, de La Puntilla.
En febrero de 2013 Adrián Ocampo, de 37 años, mató a Juan Manuel Viudez (62) y a su hija María Laura (39), luego de chocar el auto de los mismos. Ocampo conducía ebrio y en contramano por el Acceso Este.
En octubre de 2013, Renzo Casali, un joven platense de 18 años, murió atropellado en San Rafael cuando iba a entrar a un boliche. El conductor del vehículo estaba alcoholizado.
Finalmente hace pocos días, Franco Charparín, de 20 años, fue brutalmente tomado a golpes de puño por otro joven en el boliche Acrux. Los golpes faciales fueron tales, que le produjeron fractura de mandíbula. Fue internado e intervenido quirúrgicamente en el Hospital Español.
“Los casos de violencia física dentro del boliche son extraordinarios. Salvo algún golpe aislado, o una cachetada voladora, los hechos violentos suceden afuera, en la calle, y casi siempre a la salida”, afirma Andrés, el barman. “Pero el alcohol o el porro siempre tienen que ver con el arranque violento”, asegura.
“En cuanto a los patovicas, casi todos pertenecen a empresas privadas de vigilancia, y me animo a decir que el 90% de ellos ha recibido certificado y credencial habilitante como vigilador privado de empresas y guardias de boliches bailables de Mendoza”, dice Gonzalo. “Sin embargo, en el día a día esto no garantiza que no sean violentos, o que no golpeen. Muchos lo hacen. Pero quiero dejar algo en claro: muchas veces todos demonizan al patovica, y el tipo la verdad es que tiene que defenderse: no lo justifico porque muchos se zarpan, pero están aquellos a los que se les viene encima un pibe borracho, o una patota, y bueno, tira una piña para defenderse”.
Hay un ente, el Registro Privado de Empresas de Vigilancia (REPRIV), dependiente del Ministerio de Seguridad de la provincia, que es el que entrega estos avales. Eso sí: estos carnets no permiten el uso ni la portación de armas, porque eso debe autorizarlo el Registro Nacional de Armas (RENAR).
Las inspecciones del Estado: preocupantes, livianas y cuestionadas
Meses atrás, Gonzalo Sánchez, quien era coordinador del programa de Diversión Nocturna, y actualmente es director de control de eventos del Ministerio de Desarrollo Social y Derechos Humanos, afirmó en una entrevista realizada por MDZ que se está haciendo un “fuerte control con respecto a los menores de edad en los boliches. Cuando son ‘detectados’, estos chicos son retirados, pero a fin de tutelarlos. Este procedimiento especial lo hacemos junto con personal de la Dinaf. Que sean ‘retirados’, significa que son puestos a disposición del órgano administrativo de la Dinaf para que se los entregue a sus padres”.
“Cabe aclarar que la nueva Ley de Diversión Nocturna modifica el Código de Faltas, y establece una responsabilidad de los propietarios de los locales bailables que permitan menores de edad. También sanciona a los padres”, explicó Gonzalo.
Le preguntamos entonces cuál es la sanción para los dueños de los locales, a lo que respondió que “la sanción es la multa. Va desde los mil a los tres mil pesos. Puede ser también un trabajo social aplicado al tema. En caso de reincidencia, cinco mil pesos o arresto de 10 días”. Al repreguntarle si esas sanciones verdaderamente se aplican, Sánchez dijo que “son enviadas a los jueces de faltas, y hay padres sancionados. Hay otros que están citados y procesados. A raíz de estos controles estamos apreciando mejoras en la situación, noche tras noche. Lo que estamos buscando es que haya espacios específicos para menores de edad, para que no vayan a los boliches de mayores. Estos espacios tienen una desgravación impositiva del 100 por ciento. Pero la sanción al boliche la decide el juez competente”.
“¿Ninguna de las penas tiene que ver con la clausura del local?”, quisimos saber. “El tema de la clausura se establece a partir de la elaboración de un acta, que luego debe transformarse en una resolución a manos de un juez. Hay diez días de plazo para que el dueño del boliche haga el descargo. Te repito: la valoración de la gravedad de la infracción la realiza un juez”, explicó Sánchez.
La mirada de los que trabajan en los boliches es otra: “No hay ni un inspector que haga bien las cosas. Son ‘cualquiera’. Los municipales y los de la provincia entran, saludan a los dueños como ‘chanchos amigos’, comen algo, se toman un trago –los he visto: toman-. El trato es de amiguismo: mucha buena onda, chistecito, miran un par de papeles, firman algo y se van”, dice Gaspar y los demás avalan y asienten, aseverando la versión. “Plata nunca vi. Si la hacen, la hacen bien porque no vi nunca pase de dinero, y eso que estoy en la barra y en la caja. Pero bueno, que hay mucha onda, la hay”, finaliza Gaspar.
La realidad produce amargura: si uno se pone a sacar la cuenta, un chico con estas costumbres pierde prácticamente un día: sale de previa a las 10 de la noche, va al boliche hasta las 6 o 7 de la mañana; luego va a los ‘after party’ hasta las 10 u 11 de la mañana. Recién allí se va a su casa a dormir, totalmente cubierto de excesos. Con suerte se levanta a las 20 o 21 hs al baño y comer algo de la heladera, y vuelta a la cama, pues la recuperación cuesta. Ha perdido el disfrute del sol, un día de buena alimentación, y el encuentro familiar.