La profesión médica en las últimas décadas ha transformado el servicio de la Salud privada en una industria dejando de lado los viejos paradigmas hipocráticos que propusieron que el ser humano en su condición sanitaria sea visto como tal y no como un número o una cosa.
Este fue el eje de un duro pero sentido discurso que ensayó el reconocido doctor
Roberto Chediack durante el Congreso de Salud Mental y Medicina Preventiva que se realizó en Mendoza.
Las palabras de Chediack calaron hondo entre la mayoría de la concurrencia y molestaron a unos pocos que fueron los únicos que no se pusieron de pie a la hora de aplaudir lo que se transcribe a continuación:
Hacia una medicina con rostro humano - Por Roberto Chediack
En la medida que uno envejece, campean y toman otra dimensión los recuerdos y las vivencias, no solo en la vida, sino en la profesión. Después de 50 años de ejercela, pero alejado ya de la práctica diaria, me permite repensar, intentando hacer una memoria histórica de qué pasó en la sociedad; en el sistema de salud y en la práctica médica. Y creo, sin tener la certeza, que uno de los hechos más importantes ha sido la tendencia hacia la deshumanización de la medicina, de la cual, no somos totalmente responsables quienes la ejercemos, pero tampoco hemos hecho mucho para que esto no suceda. Los pacientes en consonancia con lo que pasa en la sociedad, poco a poco se fueron convirtiendo en usuarios; clientes; abonados, es decir, en el hombre cosa, asimilando el papel que dicta la sociedad del mercado. Y no son términos neutrales, porque en una época cercana había en el Ministerio de Salud, un teléfono de atención al cliente, no a un paciente o ciudadano. Sobre todo estas pautas se implantaron fundamentalmente en la década del 90’ del neoliberalismo.
Cada vez más el sistema de salud comenzó a parecerse a la sociedad en que vivimos, consumista; tecnocrática y muchas veces violenta. Se comenzaron a imponer los términos del mercado, la salud como mercancía y como objeto de explotación. Recuerdo cuando se intentó hacer un sistema nacional de salud en la época del doctor Neri. Algunos lo empezaron a criticar diciendo que se impedía ejercer una “industria lícita” (¿Industria?). Otro funcionario provincial decía; que muchos bancos y financieras estaban interesados en invertir en el mercado de la salud, (¿Mercado?) y una conocida prepaga, decía; “que la finalidad última era la explotación de los servicios de salud”. Y así poco a poco, la salud insensiblemente pasó a ser una mercancía y dejó de ser un derecho humano. En los años 90’ se comenzaron a categorizar los usuarios, según su situación financiera, en grupos A; B; C y D. El mercado le puso así precio a la gente a los médicos y a otras cosas. Que dirían de esto los viejos maestros como Escardó; Moratorio Pose; Maurín Navarro; Bustelo; Oñativia; Carrillo, aquel que decía; “Frente a las enfermedades que genera la pobreza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los gérmenes como causantes de enfermedades, son unas pobres causas”.
Las pautas socio-culturales del consumismo, que se introdujeron poco a poco en la sociedad; la pérdida de valores; “tener es ser”; la implementación del individualismo más feroz, fueron degradando nuestra profesión. El dios dinero y el dios mercado tomaron el centro de la escena y los seres humanos pasamos a ser artículos descartables. Cuantas veces escuchábamos; “el dólar está nervioso”, “el mercado está deprimido” y cuando se referían a los seres humanos, los cosificaban hablando de brazos para la cosecha o de clientes para ser explotados. No hay nada más malsano como el mercado sin ningún tipo de control. Es donde la demanda y la oferta ofrecen mayores contradicciones, entre los intereses de los usuarios y los prestadores. El paciente está preso de su prestador y el prestador de sus intereses. Que triste destino el de nuestra profesión, cuando no es una actividad de servicio, el mercado no cura ni educa; no le interesa y por lo tanto la salud, y la enfermedad o el modelo médico, no escapa a la realidad que genera el contexto económico-social y las pautas culturales que esto determina y el médico individualmente, no puede escapar a esa maraña.
Seguimos deslumbrados por descubrimientos maravillosos, pero millones de personas, gente común y sencilla sufre los dolores y enfermedades más primitivas, ligadas a sus condiciones de vida y de trabajo. En nuestras sociedades conviven las enfermedades del subdesarrollo, como tuberculosis; diarrea por contaminación de alimentos, parasitosis, discapacidades sico-físicas, juntas a las otras llamadas del “mundo moderno”, como el Sida; las problemáticas de los adolescentes; embarazos prematuros; los accidentes de tránsito; la drogadicción en sus nuevas formas coexistiendo con el viejo alcoholismo, junto a los difundidos problemas de salud mental (los ansiolíticos y los antidepresivos son los medicamentos más vendidos) y que no se solucionan con pastillas mentirosas, sino eliminando las causas generadoras de un modelo social alienante como integralidad.
El aumento de los suicidios en jóvenes como en viejos, para los cuales la sociedad no tiene un lugar. La violencia social o familiar o de la mujer y el maltrato a la niñez, son problemas que nos deben preocupar. O los difundidos problemas de hipertensión e infartos que cada vez aparecen en gente más joven, donde son determinantes el tipo de vida y el estrés al que somos sometidos los seres humanos en una sociedad competitiva, salvaje e insolidaria. Con las “patologías” no bien identificadas de los venenos invisibles, como plaguicidas mal usados, hormonas para la crianza de animales, aditivos y colorantes de cuyos efectos desconocemos a mediano y largo plazo, ni hablemos de la contaminación ecológica, sobre todo urbana, con las enfermedades derivadas del ruido; el smog; el plomo de la combustión de automóviles o de la contaminación sicológica, donde los medios, sobre todo televisivos, son determinantes, en un mundo en donde “todos estamos contra todos” y donde no hay nadie que nos escuche, ni el amigo, ni el abuelo, el médico o el sacerdote, porque todos están apurados.
Frente a esto, tenemos un modelo médico, INDIVIDUALISTA, que no reconoce la raíz social de la enfermedad. TECNOCRÁTICO, porque posibilita la introducción irrestricta de la tecnología y el abuso de la misma. Se a mistificado la aparatología y se ha deshumanizado la práctica médica. MEDICALIZADA. Los intereses de las multinacionales de medicamentos, la concepción unicausal y biologicista han llevado a la sobre medicación con sus múltiples efectos perniciosos y de gran incidencia en lo económico social. CURATIVO Y ASISTENCIALISTA. Dado que el sistema médico está montado para dar respuesta a la enfermedad y no a la prevención. EXCLUYENTE Y NO IGUALITARIO. En la medida que el acceso a una buena cobertura de salud depende de la condición económica. CON ENFASIS EN LO PRIVADO, ya que la ideología liberal que orienta la formación y práctica profesional ha inculcado el contenido de la libre empresa en el campo de la salud.
Frente a los problemas y los conflictos que son distintos en las etapas de la evolución social, se puede tener la mala salud mental de la pasividad; el no te metás; el ser un espectador o el salvarse solo o la buena salud mental del compromiso, de ser un protagonista, el analizar y enfrentar los desafíos, convirtiendo el yo en nosotros, imbuidos de convicciones solidarias. Y siempre basados en principios éticos y morales, que no es ponerse una camiseta con la imagen de Mandela; el Ché, de Luther King; Ghandi, etc., sin llevarlos en la conciencia y con coherencia en la vida diaria, porque es un acto de hipocresía y una falsificación de la vida a la que esta sociedad nos tiene bastante acostumbrados.
Hay que tener la convicción de que se acabaron los dogmas, para analizar tanto a la sociedad como al modelo médico. La vida es muy compleja para simplificarla en slogans, ni se acabaron las ideologías ni la filosofía, que se dijo para implantar el pensamiento único y este modelo social antihumano y que promueve permanentemente los antivalores. En cada encuentro hay que tener el convencimiento de que nadie es poseedor de verdades absolutas, sobre todo en el campo de las ciencias sociales y estás se configuran en un proceso colectivo, donde cada uno aporta una parte intentando producir una síntesis que nos permita consolidar ideas directrices, que sean patrimonio de mayorías, que es la única forma de enfrentar intereses poderosos que construyeron este mundo tan alejado de la vida de la gente, sobre todo de los que nacen y crecen. Todos hemos cosechado como sociedad lo que hemos sembrado, unos tuvieron mayor responsabilidad, otros menos, pero la hubo por acción u omisión o porque no hicimos lo suficiente.
Muchos advertíamos que iríamos a una sociedad con un verdadero darwinismo social; llenas de shooping; de viviendas amuralladas y con una gran exclusión social. La niñez fue durante muchos años desterrada a los inmensos desiertos del desamparo, siendo primero víctimas, para luego algunos de ellos, ser victimarios y hoy muchas veces escuchamos voces que están pensando más en reprimirlos que en salvarlos, como si los niños nacieran malos y perversos.
Y nosotros como trabajadores de la salud, ¿nos sumamos a la deshumanización? o nos convertimos en protagonistas para revertirla. Seguiremos creyendo que cumplimos nuestra misión recetando un buen antibiótico solamente o indagando la profunda complejidad que tiene cada ser humano o en sus múltiples facetas, sicológicas, físicas y sociales. Nos encerramos en el consultorio o abrimos la puerta para trabajar con la comunidad en la prevención de las múltiples patologías que nos aquejan. Seguimos tratando un drogadicto en el consultorio o nos comprometemos a indagar sobre las causas generadoras que lo producen. Aceptamos acríticamente las pautas culturales que promueven antivalores o intentamos revertir la situación, por ejemplo, una bodeguera decía: “Tenemos que aumentar el mercado introduciendo a los jóvenes en el consumo de alcohol” y nosotros “calladitos y a las buenas” como decía mi papá.
Luchamos contra el consumismo? y permitimos que nos programen hasta nuestro tiempo de ocio o establecemos un diálogo social que nos permita consumir lo necesario sin caer en el consumismo. La estupidez humana; la riqueza económica y el éxito fácil, fueron poco a poco inculcados como objetivo de su vida y se fueron oscureciendo los referentes sociales como los Sabatos, Pérez Esquivel, Illia, Carrillo, Alicia Moreau Justo; Mandela, Luther King y otros tanto, desplazados por figuras mediáticas de deportistas, oscuros financistas y empresarios que se hicieron ricos, donde todo vale, estructurando una sociedad que se autofagocita y así el tango “Cambalache” quedó plasmado en la realidad.
Los que hacemos atención primaria; que trabajamos en Centros de Salud o el campo de salud mental específicamente, no seguirá siendo válido trabajar con maestros; guarderías; centros de jubilados en estos problemas que nos agobian y que hacen al futuro de nuestros niños? Un viejo pedíatra contaba una anécdota y decía; “Estando en una finca con un bodeguero, vio salir a la mujer del contratista que estaba al término de su preñez e iba al campo a recoger leña para sus tareas diarias. Demoró mucho y al regresar volvió con su niño en brazos. El empresario dijo; -no ve que son como animales, pueden parir en cualquier parte y de cualquier forma- a lo que el viejo pediatra le contestó; -la verdadera animalidad está en nosotros, que teniendo responsabilidad económica o social no hemos sabido darles a esas madres y esos niños, de nacer, crecer y educarse con dignidad-. Pensaremos como el empresario o como el pediatra?.