“El hombre no es más que la mitad de sí mismo. La otra mitad es su expresión”, Ralph W. Emerson.
Leonardo Da Vinci.
Citemos otra vez a Emerson, insistamos, pues lo vale: somos aquello que producimos como señal, somos nuestro mensaje y aquello que concretemos en obra será nuestro legado. Ahora que la escuela formal promete y hasta las escuelas de verano prometen ser creativas con nuestros hijos, volvamos, así pues, a formularnos viejas preguntas: ¿qué es eso de la creatividad y quiénes son las personas creativas? Y más: ¿qué es el arte y lo creativo y cómo interpretarlos y cómo enseñarlo y cómo aprenderlo?
La gente suele decir de tal o cual persona: “es muy creativa” o “aquel tipo es un verdadero artista”, pero ¿qué nos están queriendo decir? En primera instancia, quieren mostrarnos que hay personas que nacen “creativos” o nacen “artistas”.
(Una aclaración urgente: a los efectos de no irnos de tema, permita el lector que cometa el error de igualar al creativo con el artista, aunque “creativo” pueda ser, por caso, un agente publicitario, un cocinero, un científico o un deportista virtuoso y un artista sea algo mucho más complejo, un individuo más dispuesto a la fractura de la realidad que al deporte, la gastronomía, la ciencia o el márqueting).
¿Algunos nacen iluminados, tocados por la varita de un dios artista y otros no? ¿Es así? ¿Estamos tan dispuestos a renunciar, sin más, a una de las mayores experiencias de la vida humana, porque algunos quieren hacernos creer que no nacimos para ello? Pues claro que no, pero tampoco creamos que podemos salir a comprar creatividad o actitud artística. "Practicar, no te hace perfecto", cantaba Gustavo Cerati en una bella canción de Soda Stereo.
"Los Torturados", del genial ecuatoriano Guayasamín.
Digámoslo, entonces, ya mismo: no seremos Messi (suponiendo que sea “creativo”) ni McCartney ni Guayasamín, pero tal especie no tiene por qué apartarnos del fútbol, la música o la pintura, inclusos en sus disfrutes, pues las obras son siempre organismos incompletos y somos los que las disfrutamos quienes completamos el mensaje, quienes les damos sentido, vida verdadera (esto ya lo dijo en su momento Octavio Paz).
Marcelino Azaguate, músico huarpe.
La educación formal, a lo largo de su historia, nos ha hecho creer que la creatividad es algo ajeno. Y el culto del personalismo de toda índole nos ha llevado a creer que sólo los genios lo hacen bien, pero esto es subjetivo: un gol de Messi, para mí, vale menos que uno de mi hijo; una canción de McCartney me gusta, pero una tonada del Marcelino Azaguate en el desierto me encanta; un cuadro de Guayasamín –por caso “Los Torturados” – me hace llorar, pero un cuadro de un preso de Boulogne Sur Mer, me ilumina y alimenta.
Estos ejemplos, aparentemente irrisorios, pueden terminar determinando qué clase de persona somos. Dime qué tan grande es tu dios y te dirá cuán grandes son tus miedos y tus fracasos, sería la sentencia.
Del mismo modo que no hay recetas para ser feliz, tampoco las hay para convertirse en artista o en creativo. No obstante, hay un milagro irrebatible: el arte y la creatividad no se pueden enseñar (he aquí el gran fracaso no confesado por los sistematizadores del arte y lo creativo), pero el arte sí se puede aprender (he aquí la maravillosa tarea de todos, poner todas las herramientas e ingredientes a mano, sobre todo, de los niños).
El arte es un producto social: todos podemos ser artistas, pero tenemos que tener ganas. A fin de cuentas, unos no lo son porque no tienen tiempo; otros porque no tienen cojones y muchos porque han sido mal educados en el lucro de los holgados o en la supervivencia de los castigados, que en ciertas formas de la trascendencia, tal vez, de la espiritualidad, seguramente de la rebeldía, la injusticia social y la transformación humana.
Además, ya sabemos cómo somos: siempre, antes que conocer elegimos temer o hacer la plancha, porque, claro, nos resulta más amable tener cortinas tras las rejas, batidoras, sommiers kings y un control remoto con las pilas cargadas. No estamos diciendo que muchos artistas no los tengan, de hecho casi todos los tienen, pero, en todo caso, luego de elegir otro camino, otros riesgos, premiados posteriormente de la experiencia artística en sí misma y ahora se sirven de ellos, como nos servimos todos.
Sin embargo, también estamos nosotros: los que admiramos a los artistas y creativos y consumimos sus obras. Se trata, tal vez, de otra forma de la seguridad y, sin dudas, de otra forma de la misma experiencia artística. Y es que, precisamente, la carencia y el hambre, la búsqueda de la belleza y la pregunta por uno mismo son anhelos irrevocables, territorios fértiles para el arte. Contemplar lo creado, como enseña el zen, es crearlo otra vez. Leer un poema es inventarlo de nuevo.
¿Y para qué hacemos todo esto? ¿Para qué se supone que sirve el arte? Muy posiblemente para nada, tan cierto como que la verdad, en sí misma, tampoco sirve para nada. Algunos dirán “para ser más libres”, tal vez sea cierto o tal vez se trate sencillamente de un cambio de prisión. Lo importante, en todo caso, será el tránsito de una galería a otra del insondable laberinto, como enseñó Borges en su maravilloso cuento "La casa de Asterión".
Tal vez, si dejamos de ver la probable utilidad del mundo y sus herramientas, lo observemos de otro modo y hasta quizás nos formemos de otro modo y hasta quizás disfrutemos de los días de otro modo. Y tal vez respetemos de verdad al que piensa y siente de otro modo. Y mucho más: puede que sea el comienzo para demostrarnos que podemos ser talentosos, creativos y hasta artistas. Seguramente, algo de lo que hacemos está por encima de la media: esa ha de ser nuestra puerta de entrada a la aventura de lo imposible, donde todo habla de todo.
En las escuelas, se me promete que mi hijo recibirá una enseñanza creativa y talleres artísticos. Soy conciente de que jamás podrán enseñarle algo semejante, pero también de que él, no obstante, está en muy saludables condiciones de aprender a ser un tipo creativo, un inigualable artista o, al menos, una persona sana que disfrute de la belleza y de las grandes preguntas de la vida.
Ulises Naranjo.
En Twitter: @UlisesNaranjo.