La violencia en la cancha tiene responsables conocidos

Marginalidad, política y dirigentes conviven a diario. Medidas tardías, responsabilidades compartidas y un operativo ineficiente encendieron la mecha de los incidentes en el Gargantini.

Foto: Pachy Reynoso/MDZ
Foto: Pachy Reynoso/MDZ

La fila venía apretada y caliente. Los líos habían empezado antes, en la calle. La entrada al estadio Bautista Gargantini por Boulogne Sur Mer hervía. Algunos, varios, llegaron muy exaltados. El agente de seguridad privada que recibía las entradas en la puerta lo vio venir y se acomodó detrás del policía con escudo. El pibe que debía entregarle el ticket, a cambio, sacó con cuchillo de cocina y les tiró el puntazo. Esa fue apenas una de las escenas. El arma casera había sido conseguida en el asalto a un choripanero al que le dieron vuelta el carro unos metros afuera de la cancha de Independiente Rivadavia el martes a la noche. El germen de la violencia había estallado.

Detrás empujaron varios, y muchos de los “barras” más violentos de Gimnasia que no se dejaron requisar por la policía lograron entrar a la cancha y armar el desastre.

Los hechos aun hoy son confusos. Hay quienes dicen que los violentos encontraron la zona liberada para pasar y que después tuvieron vía libre para acceder a los baños, destrozarlos, y obtener allí los pedazos de caño con los que rompieron los “blindex” de la cancha y enfrentaron a la policía. Claro que uno se pregunta cómo pudieron llegar al estadio y entrar con cuchillos, masas de construcción, bombas de estruendo, y una vez adentro cómo se hicieron de trozos de mampostería, o cómo ingresaron pedazos de cordón de vereda, para desatar la locura en partido amistoso que nunca debió ser organizado, porque el horno no está para bollos.

Adentro de la cancha todo estaba tranquilo y con clima de fiesta. El reportero gráfico estaba cerca del portón enorme, de dos metros de alto y con tope de “concertina”, esa especie de alambrado de navajas que se utiliza en la seguridad, que separaba el tránsito de los hinchas de Gimnasia del “pulmón” y de los primeros simpatizantes de “La Lepra”. Mediaban entre ambos grupos unos cincuenta metros. En un instante levantó la vista y el cerco estaba abierto de par en par y el “pulmón” ganado a los policías. Después sobrevino el caos, y diez minutos de violencia concentrada, de veneno social en frasco grande, como no se había visto antes. Los violentos habían ido a “moler” y lo habían conseguido, pero no fueron los únicos responsables. Hubo más: dirigentes, funcionarios, policías, y hasta medios y periodistas que miraron para otro lado porque la violencia nos anestesió, total… ocurre todos los días.

Los incidentes en las canchas mendocinas no son nuevos como tampoco la impericia habitual de la policía “de calle” para resolverlos o contener hasta que aparece la Infantería y con 12 tipos y a puro gas y postas de goma pueden contener a 300. Claro que cuando se llega a ese extremo ya es tarde.

La violencia desatada el martes a la noche en lo que debió ser una fiesta es multicausal. No se puede entender en el marco estricto de las rivalidades deportivas, sino en un contexto más amplio. Mendoza y el país no son lo que eran, hoy pagamos las consecuencias de la exclusión social y de las diferencias cada vez más marcadas entre clases, y de la baja calidad de mucha dirigencia política, gremial, social, deportiva, que ha encontrado también en la violencia y en los violentos pequeños negocios, clientelismo, apoyo… o simplemente la excusa para hacer poco y nada. Incapacidad, poco profesionalismo, desidia y conveniencia forman el cóctel explosivo que hizo lugar a los grupos violentos que cada vez con más frecuencia transforman el fútbol en sangre y noticia policial. Después, escuchamos los discursos más o menos de siempre, o se toman –tarde- medidas para prevenir lo que en realidad ya ocurrió. Muchas de ellas poco reflexivas y fuera de medida, exageraciones que vienen del miedo a la repetición y de la habitualidad del fracaso.

Hubo imágenes aterradoras. Las de los violentos incendiando camisetas con el odio exudando el cuerpo, las de chicos de seis o siete años restregándose los ojos por el gas lacrimógeno en los pantalones de sus padres, los heridos, los policías desbordados, y –para el ojo entrenado- los defectos técnicos en el operativo de seguridad que –a la luz del resultado- fue insuficiente. Al menos en lo preventivo, aunque la represión no duró mucho tiempo, como cuando ocurrieron los incidentes en Palmira-Huracán Las Heras en mayo de 2011, por nombrar un antecedente intenso y relativamente cercano. La lluvia de piedras entre hinchas y policías aquella tarde duró horas.

Las responsabilidades son muchas, empezando por los dirigentes. Nadie con información suficiente e inteligencia previa sobre lo que pasa en su club hubiese aceptado la invitación a jugar un clásico de alto riesgo aunque fuere amistoso. La comisión directiva de Gimnasia encabezada por el empresario constructor Fernando Porreta viene sufriendo “aprietes” del grupito de violentos que convive con los hinchas “sociales” y familiares del “Lobo” desde hace tiempo. A los dirigentes los aprietan por entradas, viajes, dinero, y no resuelven el problema. Sus barras más virulentos siguen entrando a la cancha y acompañando al equipo. “Por miedo… no hicimos lo que teníamos que hacer precisamente por miedo… por lo que puede pasar después… Si sabemos quiénes y cuántos son…” dijo una fuente de la comisión directiva consultada sobre lo ocurrido. En esa comisión conviven a la vez los que son “del palo” del fútbol, y los que no. Porreta no cabe en los razonamientos habituales del dirigente futbolero medio. Pero la inexperiencia en el ramo no lo exime de errores y responsabilidades. Es el presidente de una comisión que hasta el momento había decidido apañar una situación que terminó siendo explosiva. La medida tomada ayer respecto de las restricciones en el ingreso a la cancha, que dejarán el público habitual de Gimnasia en 200 ó 300 personas con suerte a cancha llena, llega tarde. Algunos de los que acompañan a Porreta en la gestión no entendieron lo que ocurre con la violencia en el fútbol, y con su actitud fueron cómplices de los aprietes.

 

Los dirigentes que conviven y apañan a los barras son responsables de la violencia en el fútbol. Nadie se puede hacer el distraído.


El partido no debió jugarse. Los antecedentes no eran buenos. Por más que el partido de los 99 años del año pasado no registró incidentes, en el último de la Liga Mendocina fue cuando el abogado Nicolás Becerra, un histórico dirigente leproso, ex Procurador General de la Nación y ex vicepresidente del club, recibió una paliza de partes de hinchas de Gimnasia. Becerra estuvo también en la cancha el martes. Como Porreta, o como el presidente de Independiente Daniel Vila, había interrumpido sus vacaciones para asistir a la fiesta del centenario.

Los dirigentes de Independiente se escudan en que su responsabilidad sobre la seguridad se acaba en el momento de acordar el operativo con la policía. Admiten como error el haber creído que los dirigentes de Gimnasia contendrían a los violentos de su hinchada “como nosotros controlamos a los nuestros” dijeron. La Lepra tiene una historia reciente plagada de hechos violentos, pero esta vez no fueron los protagonistas. “Si los de ‘la Lepra’ se hubiesen puesto locos en serio esto terminaba en un desastre… al principio ni se metieron…” dijo una fuente del ministerio de Seguridad que estuvo en la cancha el martes. Es cierto. Se prendieron casi al final, y algunos notorios hinchas de la popular como Nacho “La Novia” Berrera aparecen en las imágenes tratando de separar a los suyos. Pero gran parte de la responsabilidad de lo ocurrido le cabe a la dirigencia deportiva. No contaron con información previa ni siquiera de las redes sociales, donde grupos violentos ya avisaban que no iban a ser los “forros de Vila” en el centenario del club. Como dijimos antes, estaban decididos a pudrir el espectáculo a como diese lugar, y encontraron facilidades para ello en la inoperancia de los dirigentes especialmente de Gimnasia, y en los “huecos” del operativo de seguridad que contó con mucha policía y escasa prevención. “No alcanzó… a la luz del resultado fue malo… y no era suficiente, porque el que venía era Gimnasia” contó un ministro del gabinete de Francisco Pérez a este diario. En el gobierno, se vio ayer en las manifestaciones públicas, había mucha preocupación y miedo por el futuro inmediato. El ‘banderazo’ de anoche era un riesgo, como lo es el partido Boca-River de la semana que viene. Sobre todo porque Mendoza está violenta. Los vemos en los hechos diarios de inseguridad, en los asuntos de violencia de género e intrafamiliar, en los incidentes periódicos de las canchas de fútbol y hasta en el tránsito vehicular. La prohibición al público visitante para todo el fútbol de ascenso y local y las restricciones para el fútbol nocturno llegan fuera de tiempo. Y provocaron la furia de los dirigentes locales de fútbol que se reunieron ayer y pedirán una charla con Paco Pérez porque entienden que la medida les perjudica “la caja”. Y bueno muchachos… hubiesen trabajado en serio para erradicar a los violentos. Ahora van a pagar justos por pecadores.


La policía y la seguridad

Dentro del gobierno y desde la perspectiva de la policía y de los clubes hubo opiniones diferentes respecto del operativo. Nadie entiende, por ejemplo, cómo los violentos lograron salir del encapsulamiento programado por la policía, meterse en el “pulmón” de la cancha con facilidad y empezar los desmanes. O cómo superaron a los efectivos de la entrada para ingresar casi en avalancha. La policía fue claramente desbordada hasta que alguien decidió ingresar al campo a dos pelotones de infantería y con una docena de efectivos controlar a los casi 300 inadaptados, de los que una decena eran los violentos que venían cargados desde afuera, y el resto, hinchas que se sumaron a la batalla campal contra la policía, cuyos efectivos llevaron la peor parte en el cuerpo a cuerpo. Un comisario terminó desmayado y otro de apellido Fava, con diez puntos en la cabeza. En la entrada, los corrieron a piedrazo limpio con trozos de cordón cuneta y terminaron acorralados en Arístides Villanueva y Boulogne Sur Mer.

Pero fue extraño lo que pasó adentro. Fuentes de la directiva de Gimnasia aseguran que el portón de acceso al pulmón y a la tribuna de “La lepra” estaba abierto y que eso facilitó todo. La policía e Independiente lo niegan. Periodistas que estuvieron en la cancha lo confirman. Las fotos de este diario muestran que al inicio de los incidentes no había ni un solo policía en el pulmón y que la media docena de efectivos, escasos, previstos para ese sector estaba mal ubicada. Cuando el primero de los barras logra ingresar a la zona caliente, se ve con claridad que los policías más cercanos están en el campo de juego e inician desde allí la represión. Hacía falta antes un doble cordón de policías, uno sobre el alambrado y otro más cerca de los hinchas de Independiente. En Seguridad cuentan que la represión se dio en tres pasos. Primero intentaron hablar, luego usaron aerosoles absolutamente ineficientes a larga distancia, y luego vinieron los gases lacrimógenos y las balas de goma. Y esto fue indiscriminado. La ligaron los violentos y los que no. Los que habían empezado y los que eran simples espectadores. Y estos “partidos” siempre los ganan los que van a romper. Un hincha de Gimnasia le contó a un funcionario de seguridad que escuchó a uno de los barras ordenar el repliegue y decir “ya está… ya les cagamos la fiesta…”.

 

Las negociaciones para evitar el banderazo fueron un desastre. Vila mandó a decir que el club no era el organizador y los hinchas tenían autorización de la Municipalidad de la Capital.


Ahora vendrá la mano dura, la aplicación de listas y derecho de admisión, las restricciones de acceso a las hinchadas visitantes, y algunas medidas que traerán polémica: el Ministerio de Seguridad intentará acceder a las bases de datos de los clubes sobre sus hinchas violentos.

El día posterior a los incidentes fue complejo. El “banderazo” de anoche generaba inquietud, sobre todo porque en las redes sociales los violentos prometían venganza y vigilia “a medida” en el Parque. Hubo que militarizar la ciudad para acompañar a los hinchas desde el predio de la Virgen hasta el Gargantini. Y las negociaciones políticas para evitar la manifestación fueron un fracaso que incluso expuso al gobernador. El propio Pérez pidió que no se haga el ‘banderazo’ y Daniel Vila le mandó a decir a través del ministro de Seguridad Carlos Aranda, que no lo organizaba el club y que por lo tanto no podían hacer nada. “Acá, todos se hacen los pelotudos…” dijo un ministro en consulta con este columnista. Y así fue. Vaya como dato adicional que el ‘banderazo’ contaba con una autorización formal de la Municipalidad de la Capital, que tampoco pudo ser rebatida. Se ve que el intendente más mimado por Cristina cumple con todos los mandados. Es obvio que Daniel Vila y el resto de los dirigentes de Independiente no tuvieron la voluntad política de evitar o postergar una movilización en la que por suerte no hubo incidentes.

No se pueden cargar las culpas ni siquiera sólo en la policía o los dirigentes. La cultura del fútbol es violenta y este fue un capítulo más. Ya lo vimos hace poco en el partido del sub 20 entre Argentina y Chile con su vergonzante quema de banderas. Se suma a esto la marginalidad extrema de los "barras" mendocinos.

Recuerdos de hincha: 30 ó 40 años atrás se jugaba el clásico en la cancha de Gimnasia en una tribuna igual a la de ahora pero de tablón. Las dos hinchadas compartían la misma tribuna sin barreras que las separasen y nunca pasaba nada. En la cancha de La Lepra, la barra de Independiente pasaba con su bombos y banderas por enfrente de la gente de Gimnasia y a nadie se le ocurría armar una guerra.

La rivalidad era tremenda, igual o más que ahora, pero en 40 años se desarrolló una matriz violenta inaudita. Suman a ello la falta de educación, la pobreza, la marginalidad, los negocios de los dirigentes deportivos y políticos, el clientelismo, la droga, la inseguridad creciente, y la incapacidad para manejar el cóctel peligroso de fútbol y masas en una sociedad violenta.

Hay actitudes y hechos que no ayudan y que son complejos de comprender. El ministro Aranda y el presidente de Gimnasia Fernando Porreta no cruzaron ni una palabra después de los incidentes. El fiscal al que le llevaron 35 detenidos y procesó sólo a uno les pedía a los policías heridos que identificasen a sus atacantes.

Por mucho tiempo la dirigencia deportiva convivió con la marginalidad y esto no es nuevo. Hay pocos referentes que lo resistan. El presidente de Independiente de Avellaneda Javier Cantero es uno de ellos. Lo que pasó con los barras de Gimnasia el martes en la noche es parte de esto. Los violentos concentraron y salieron desde la cancha del “Lobo”. ¿Nadie sabía nada? ¿Ningún dirigente estaba al tanto?

Qué decir cuando los barrabravas son los dirigentes. La respuesta de Daniel Vila por Twitter a una periodista que le reclamó por haber organizado la fiesta con un partido riesgoso es prueba de ello: la mandó a adelgazar 15 kilos y a aflojarle a las tortitas. Un discurso de discriminación y violencia de género. Vila quiso ser presidente de la AFA. Qué esperar entonces de los marginales, cuando son los dirigentes los que se suben al tablón a prender fuego una cancha de fútbol. Con muchos cómplices, sí, y combustible aportado por muchos.