La actividad partidaria de La Cámpora en las escuelas ha elevado voces a favor y en contra, además de haber generado propuestas formales y hasta proyectos ingresados a varias legislaturas. El tema merece un análisis que debería involucrar a diversos actores sociales, especialmente cuando se ha comprobado que la agrupación kirchnerista ha empleado fondos públicos para muchas de estas actividades.
Hasta acá, el problema (considerémoslo problema, en cuanto no hablamos de política, sino de propaganda partidista en las escuelas), que, guste o no, tiene su lado bueno en que genera debates en los que hasta los jóvenes no interesados por la política se inmiscuyen.
Pero el fin de semana se conocieron las declaraciones de Héctor Aguer, arzobispo de La Plata y titular de la Comisión de Educación del Episcopado, quien en otras oportunidades ha tenido desacertadas opiniones sobre otros temas o problemáticas sociales, y ahora reincidió al referirse a la acción de La Cámpora en las escuelas, y si bien hizo referencia a la situación en las escuelas dependientes de la Iglesia católica, lo que dijo no puede pasar desapercibido.
Para defender una posición que tiene validez en tanto se trata de una comunidad en particular que tiene todo el derecho a controlar lo que se dicta en sus aulas, Aguer dijo, ante las cámaras de América, que La Cámpora realiza "adoctrinamiento político" y que "la misma agrupación política intenta infiltrarse en escuelas católicas, en las que procura captar alumnos en actividades políticas para que luego ellos, dentro de la escuela, hagan propaganda".
El lenguaje utilizado por Aguer es más que preocupante por la sencilla razón de que no dista en lo más mínimo del utilizado hace cuarenta años y que sirvió para justificar la matanza de jóvenes en nuestro país.
Hace tiempo que no escuchábamos un discurso tan parecido al usado por los militares en la década del setenta, y para redondearlo Aguer criticó materias curriculares como Construcción de Ciudadanía o Política y Ciudadanía, las cuales, agregó, se inspiran en Nietzsche, Horkheimer, Foucault y Gramsci.
¿Cuánta distancia hay entre este discurso y el que hablaba del trapo rojo apátrida que los golpistas y asesinos de hace cuarenta años veían flamear en cualquier lugar en el que una idea nueva naciera?
De más está decir que la carga simbólica de las palabras “adoctrinamiento” e “infiltración” en boca de Aguer son muy preocupantes.
Porque el arzobispo de La Plata habla de adoctrinamiento para referirse a la formación política (y partidaria, no olvidemos este punto, que sí es cuestionable) de los integrantes de La Cámpora pero no de lo que sus docentes hacen en sus aulas. Transmitir una doctrina es intentar adoctrinar, tanto cuando se habla de un partido político como de una fe, e incluso de una posición epistemológica.
Pero Aguer, al poner la palabra en ese contexto y con ese tono, la vicia de maldad (maldad, sí, proveniente de mal, concepto ligado directamente con el Infierno para la Iglesia), la llena de prejuicios y la separa de lo que cualquier confesión hace en sus escuelas (que, insistimos, no está mal, tiene todo el derecho).
Y el segundo término potencialmente peligroso en boca de Aguer es “infiltrar”. No se puede, de ninguna manera, considerar que La Cámpora se infiltra. Sí tal vez hay un trabajo de exploración del campo, una avanzada con algunos alumnos que serán quienes abran las puertas de las aulas, pero de ninguna manera hay infiltración.
Infiltrado estaba Alfredo Astiz, el Ángel Rubio, entre las madres que buscaban a sus hijos, señor obispo, por dar sólo un ejemplo de lo que es una infiltración, con cambio de nombre, simulación e intenciones de muerte.
Que aparezcan discursos como estos a esta altura de nuestra historia es dar pasos atrás, es ser un retrógrado que probablemente aprendió poco de la Historia y, sin más, no acepta el disenso.
Recurrir a discursos como estos, plenos de terror y muerte, es el verdadero peligro.
Alejandro Frias