"El hombre es sólo la mitad de sí mismo, la otra mitad es su expresión", Emerson.
El espacio, te cuento, el espacio es un ademán baldío del tiempo en las cárceles. Eso no está muy claro: quiero decir que, en realidad, el espacio, cuando estás en cana, no es precisamente el sitio que te aprisiona, sino el aire que cabe en esos lugares: el espacio se contrae, falta ese aire y, entonces, el tiempo se detiene. Y es bastante feo, cuando el tiempo se detiene en una cárcel, porque vos querés que se mueva, que salte y brinque, vaya y venga, como esos estúpidos duendes que tocan la flauta en los cuentos infantiles.
Bueno, vos querés eso pero no, no es así allá adentro, sino todo lo contrario. El drama de estar encerrado es que una tiene demasiada conciencia del tiempo detenido y del espacio contraído. El drama de estar encerrado es que una quisiera estar en otro lado, pero no.
Vamos a intentar cambiar de tema, porque vos estás ahí porque los chicos vinieron a bailar, supongo, pero resulta que cuando una baila en estos espacios es peor, porque nadie nunca jamás de los jamases baila en estos lugares. Una no es tonta y sabe qué se hace aquí.
Entonces, sucede así: vos estás ahí, en cana, hasta la pija, estás así y ves que todo florece con una impunidad vanidosa con este asunto de la primavera y vos ahí, cada vez más invierno, más reseca, hasta las manos, con un pedazo de pan en la mano y un mate, sola como Kung Fu o una isla o planeta o una bosta así y no entendés nada. Y llegan visitas.
De pronto, un puñado de muchachas y muchachos, hermosos como caballos, empiezan a bailar y tienen todos los dientes en la boca y los músculos preciosos y querrías tocarlos y olvidarte de todo, como si al tocarlos ellos te sacaran de ahí, te bendijeran, te liberaran, gustaran de vos y a otra cosa, pero no.
Claro, vos estás afuera, mirás la función, aplaudís con cara de estúpido conmovido y después te vas a la concha de tu hermana, bien lejos de acá, como siempre.
Entonces, yo me quedo acá –tiempo y espacio–, chupo un mate y quiero cambiar de tema y quiero que alguien me quiera que me toque y no me sale y miro tanta belleza junta y ajena y me lleno de tristeza, pero no es para llorar, hay cosas mejores para eso.
“Las cárceles son escenarios naturalmente dramáticos”, se te ocurrió decir. Qué pelotudo. Desde afuera, las cosas son dramáticas. Desde adentro, las cosas son lugares donde depositar angustias como si fueran tesoros rechazados. Desde afuera, te sentís haciendo la gran obra; desde adentro te querés morir. Me cansé. No voy a cambiar de tema: más bien, no voy a seguir hablando. Seguí vos. Escribí tus mierdas.
Hermosos
Las cárceles son escenarios naturalmente dramáticos. Por eso, cuando de hacer arte en cárceles se trata, no hay posibilidad alguna de que surja el más ínfimo gesto de hipocresía.
En las cárceles todo es cierto, porque, si no hay libertad, entonces, todo lo que queda es la verdad, desnuda, despojada, infinita. La verdad es lo que espera en el fondo del encierro.
Estamos en El Borbollón, es un mediodía primaveral y allá afuera de la Unidad Tres, el sol pega de igual hermosa manera sobre el basural que sobre el Cordón del Plata. El elenco de Danza Contemporánea de la Municipalidad de Mendoza, que dirige Valentina Fusari, ha venido a bailar para las mujeres detenidas, acompañado por Micaela Taber, directora de Cultura de la comuna. Es la primera vez que un elenco de danza contemporánea baila en una cárcel y los bailarines están excitados y llenos de intriga.
Luego de los habituales registros y requisas, ya están en el pecho de este viejo convento que ahora es una cárcel, o sea, un sinónimo de convento. Las cárceles, sabrán ustedes, tienen cosmogonías que les son propias: la de este sitio, está relacionada con Dios, su evidente ausencia, y otros temas de conversación.
No obstante, hoy es día de fiesta, porque un grupo de bailarines (hermosos, sí, como caballos o como ramas de sauces o como esas olas blancas que vienen desde lejos cuando atardece en el mar) ha venido a regalar sus artes a la cárcel de mujeres.
Mírenlos: ya están bailando. Mírenlos como hacen que sus cuerpos hablen por ellos para las que callan. Miren cómo, minuto a minutos, todos cada vez nos sentimos más agradecidos: las que están adentro, porque les trajeron un poquito de afuera; los que vienen de afuera, porque cada vez que uno visita una cárcel, sale de ella con un aprendizaje profundo de la condición humana.
Tesoro
Ellos han venido a bailar. Han venido a traer belleza a un sitio en el que sólo son bellos los niños que aquí viven, el agua de la manguera si está fresca y las ramas de los árboles, cuando las abofetea el viento.
Y uno, que está acostumbrado a ver a estos bailarines es escenarios como el teatro Independencia, comprueba de qué bella manera lucen aquí, porque, a fin de cuentas, la belleza sin compromiso es como la cerveza sin alcohol: una forma del bochorno.
Los chicos bailan y ríen, las mujeres presas se emocionan, hacen palmas y aplauden y piden otra y piden otra.
De pronto, todos somos felices por un par de minutos y de eso se trataba.
Cuando todo termina, vuelve la música de siempre de puertas de metal y de candados patovicas y de cumbias para que baile la ropa tendida.
El mundo, ahí afuera, sigue siendo el mismo; las mujeres presas, ahí adentro, siguen siendo las mismas, pero los bailarines, ahora ni adentro ni afuera, no: ellos han descubierto que, esta vez, la belleza no brota del arte, sino del grado de pureza de los ojos que la absorben. Jamás volverán a tener un aplauso como éste: vinieron al infierno y se van con un tesoro y una sonrisa.
Unos y otros dan las gracias: fin del baile.
Ulises Naranjo (texto y fotos).