El efecto cacerola y el efecto mariposa

Tenemos los políticos que hemos producido, los empresarios, los policías, los presos que hemos producido, los comerciantes, los curas, los periodistas, los estafadores y el movimiento obrero que hemos producido. Son nuestros, todos y cada uno. Aquí, te guste o no, nos salvamos todos o no se salva nadie. Hacete cargo.

De todas las teorías, la del efecto mariposa es una que, necesariamente, pertenece al grupo de las relevantes y encantadoras.

Suponer que algo que hagamos en un rincón del mundo necesariamente impactará en algo del lado opuesto del planeta es una invitación a la perplejidad y al reconocimiento del otro como parte intrínseca de uno mismo.

Es, además, una evidencia ineludiblemente cierta: todo acto, todo pensamiento, incluso todo sueño y toda intención modifica el mundo, pues le aporta movimiento e invierte tiempo.

El mundo, esto que habitamos, no es otra cosa que un entretejido de sucesos y todos ellos nos tienen a todos como protagonistas. El tema no es que lo sabemos, si no que con frecuencia lo olvidamos, se nos pasa por alto el hecho de que nada de lo que hagamos se queda en ademán baldío: todo, hasta nuestra respiración, impacta en algo y transforma el todo.

Como decían los orientales: “el aleteo de las alas de una mariposa pueden provocar un Tsunami al otro lado del mundo”. He aquí, el efecto mariposa.

La teoría se completa con la noción de consecuencia: todo aleteo de mariposa culmina generando un efecto grande y no importa cuánto haya de pasar el tiempo, el tsunami, iniciado por el aleteo imperceptible, siempre llega.

Hace unos días, éste que escribe invitó y acompañó a la Cárcel de Mujeres a la afamada y comprometida escritora Liliana Bodoc. Ya frente a un grupo de mujeres que conviven con el encierro y el afán de libertad, Liliana –palabras más, palabras menos– echó mano del efecto mariposa para explicar por qué algunas personas terminan presas, algunas terminan millonarias e incluso algunas pasan por la vida como si ni siquiera aleteos produjeran: “Si ustedes están aquí, es porque alguien, en algún lado, acumuló riquezas que eran de todos”, dijo la mujer a las mujeres.

El aleteo de uno produjo el tsunami del otro, cada uno apoyado en lo que la vida le regaló y en lo que, además, a la vida se le pudo ganar, con el necesario sudor y la necesaria construcción de la propia realidad.

Puede que esto que escribo te guste o no, pero, a la luz de la teoría del caos, es rigurosa verdad: todo lo que le pase al que tenés al lado, será generado por vos, todo lo que se ha escrito ha sido dictado por vos y todo el daño y el placer que has recibido, ha sido la justa paga a tus merecimientos.

Tenemos los políticos que hemos producido, los empresarios, los policías, los presos que hemos producido, los comerciantes, los curas, los periodistas, los lectores, los médicos, los estafadores y el movimiento obrero y los manifestantes que hemos producido. Son nuestros, todos y cada uno. Hacete cargo.

Aquello que decidamos para nosotros impactará en nuestro prójimo de manera decisiva, certera, inolvidable.

Si algo nos ha dejado la historia moderna –sobre todo con sucesos como las guerras mundiales, Hiroshima y el hombre en la Luna– es la seguridad de que el planeta, a fin de cuentas, no es tan grande como pensábamos y que, montados insoslayablemente en el lomo de esta piedra absurda, o nos salvamos todos o no se salva nadie.

Si este testimonio vale para el mundo, ¿cómo no habrá de valer para nuestro país y cómo no habrá de valer para los mendocinos, este pequeño pueblo pagado de sí mismo, que se levanta sin estilo, al pie de los Andes? ¿Cómo es posible que pugnemos por sacarnos los ojos, partirnos en dos como autopistas, cuando la única mirada posible es la que nos llega a través de los ojos de los otros, los nuestros y distintos?

La ceguera, la propia ceguera, no es dejar de ver con nuestros ojos, sino dejar de ver con los ojos de los otros, esos mismos que estás desconociendo, porque pensás a menudo que el mundo es hostil y se termina donde terminan tus intereses y todo lo contradicho siempre, siempre, es culpa del otro, por su culpa, por su culpa, por su gran culpa.

Entre muchos, el “Fedón” es un libro fantástico, de esos que alimentan más allá aún de las fronteras del hambre y de la sed. En él, su autor, Platón, con esmerado puño, narra las últimas horas de su maestro, el gran Sócrates.

Como sabrás, el filósofo fue injustamente condenado a muerte, por infundir ideas políticas en los jóvenes (mirá vos) y por enseñar a dudar de las creencias en los dioses tradicionales (mirá vos). Sócrates, aun sabiendo que el Estado griego se equivocaba, acató la decisión, rechazando incluso las posibilidades de fugarse que le ofrecieron sus amigos.

Él pensó que era mejor acatar la autoridad y su ley (aunque lo perjudicase, incluso aunque fuera manipulada por cretinos), antes que convertirse en un traidor de aquello que él mismo promovía: el respeto por lo pactado, por la convivencia en su amada Atenas. Y murió por ella, cicuta de por medio.

¿Cuántas posturas extremas nos ahorraríamos, si respetáramos, aun disintiendo, a los que salen a la calle –pero con nobleza– a decir que están hartos o a decir que están contentos, pero también a nuestras autoridades que, entre todos elegimos, según un sistema que previamente legitimamos, para que nos representen?

¿No te gusta lo que ves?: está bien, se entiende. ¿Te gustan lo que ves?: está bien, se entiende. Sea como sea, es claro que la única estrategia posible es ponerse en el lugar del otro y hacer aletear las mariposas: implica laburo más allá de tu laburo, implica responsabilidad social, ausencia de egoísmo, ostentación de cultura y presencia de honestidad intelectual. No es tanto como parece y tendrás un tsunami como premio y una nueva posibilidad de aleteo.

El poder de la mariposa en su aleteo te está diciendo que todo aquello que hagas volverá a vos, transformado. Y que, por lo mismo, aquello que hagas será lo que te constituya, lo que dirán de vos las mariposas, si acaso te recuerdan, cuando tu carne muerta en la tierra alimente las flores sobre las que ellas se posarán un instante, antes de volar hacia el próximo tsunami.



Ulises Naranjo.