Nacho Lucero, tiene 39 años y, como todos, es una mezcla de cosas.
En particular, él es una mezcla de un antes y un después. Todo en su vida confluyó hasta un instante en el que tuvo que decidir si seguiría viviendo o no.
A veces, como en su caso, morir es lo más cómodo, lo que está a mano; pero él, para variar, eligió el camino difícil: vivir.
Corazón guerrero
Con apenas el 20% de su corazón funcionando, en estado de completa soledad e indefensión, a 7300 metros de altura en el Manaslú del Himalaya, en una pendiente que se convirtió en un infierno blanco, Nacho boqueó la nada de oxígeno el aire, se hizo cargo de su infarto y comenzó, con un primer paso, los dos días más largos de su vida.
Finalmente, un helicóptero lo llevó a un hospital de Katmandú, donde los médicos no podían salir de su asombro: ese muchacho mendocino ahí, delante de ellos, aún tenía latido a pesar de haber perdido el 80% del funcionamiento de su corazón.
Ese muchacho, Ignacio Lucero, guía de montaña con 39 cumbres en el Aconcagua, había decidido vivir. Durante toda su vida, se preparó para esos momentos y todo lo aprendido confluyó en ese punto. Ahora, se está inventando de nuevo, a ras del piso.
Ha debido parir otro hombre con similar experiencia de los límites, pero de otros límites. Mañana viernes, a las 19, en la biblioteca San Martín, dará cuenta de esta nueva vida, al presentar la muestra fotográfica “La montaña / Otras vidas”, con imágenes suyas de los Himalayas de Nepal y el Karakorum de Pakistán, los lugares con las montañas más altas del mundo. Las fotos de esta nota son parte de esa muestras.
Entremos un poco en su vida. Veamos qué tiene para decirnos.
Refundación
Sabía de qué se trataban los Himalayas. Después de llevar a casi cien personas a la cima del Aconcagua, había tenido dos intentos en el Gasherbrum, uno el Broadpeak y uno en el Manaslú.
“Ahora estoy refundándome. Cuando iba hacia la cumbre del Manaslú iba a un éxito. Mi placer era subir y mi horizonte eran los 8.000 metros. Después del infarto, inmediatamente para sobrevivir tuve que reconfigurarme y buscar el sentido de vivir abajo”, inicia él, también estudiante de Letras, lo cual explicará algunas de sus explicaciones en esta nota.
“Ahora busco encontrar el placer y la subsistencia nuevamente. Antes, era subir. Ahora, lo busco en otras cosas: la fotografía, las charlas, incluso, en la montaña como escenario, pero cambió mi medida y mi objeto: ahora la montaña es recreativa y en el trabajo, es trekking de baja intensidad, para otro público”, sigue.
- ¿Cómo está tu salud?
- La última resonancia que me hice en el Fuesmen, dice que mi corazón pasó del 20 al 25 de fracción de eyección. Me han dicho que esto apenas alcanza para mantener los signos vitales, pero en las últimas pruebas de consumo de oxígeno y de ergometría, después de seis meses de rehabilitación, mi rendimiento físico es el de una persona normal, promedio…
- Aprendiste a sobrevivir con un infarto masivo y el 20% de tu corazón funcionando…
- En ese momento me di cuenta de que estaba solo en mi cabeza, pero no me dio miedo. Los montañistas sabemos de esa soledad. La cabeza, la casa y la carpa, son sinónimos de lugares para estar en uno. Yo conocía lo que era estar ahí, en soledad.
- Al mismo tiempo necesitaste como nunca de la presencia del otro.
- Sí, después del infarto, con el ACV perdí el lenguaje. Yo veía que no podía comunicarme con el mundo exterior y ahí se inició un proceso de introspección para describir el lenguaje. Fue fundar el lenguaje desde… desde… ¿la nada? Dicen que primero es el lenguaje y después el pensamiento. Yo lo experimenté al revés: primero pensamiento, sin sustancia lingüística, sin signo. Y entonces empezó una búsqueda de describir el lenguaje intelectualmente.
- ¿Cómo describirías ese proceso?
- Primero salieron las vocales y las escribí y después los fonemas. Y después traté de encontrar el punto de articulación por rasgos distintivos. Igual, esto no le va a interesar a nadie que no haya estudiado Lingüística, ¿no?
- Es tu manera de explicar lo que te ha pasado…
- Puede ser. Bueno, después descubrí las otras estructuras: la emoción, con ella, pude decir otras palabras y salieron las puteadas, como “mono culiado”, que fue lo primero que le dije a un enfermero de Katmandú. Y después salieron palabras en inglés. Y de ahí empecé a readquirir todo, al menos así lo percibí yo.
- ¿Estás seguro de que así fue todo, de que, por ejemplo, tuviste que volver a aprender a hablar?
- Bueno, esta es mi percepción. Hay distintas teorías de cómo vuelve el lenguaje, aunque es un hecho que muchos afásicos no vuelven a hablar. Y yo volví a hablar. Mi concentración era de seis segundos y los usaba para escribir algo, hasta que se iba y volvía y miraba eso y volvía a escribir.
- ¿Cómo siguió todo?
- Lo último que me llegó fue el lenguaje poético, hace poco, cuando mi novia Mariana se fue a Perú y empecé a escribir poemas otra vez. Y voy recuperando la capacidad de mi corazón, que está a menos de la mitad de una persona normal.
El amor y el humor
- Hablá de lo que te dio sentido, lo que te mantuvo vivo…
- Todo mi stock es el humor y el amor. Yo no tenía nada: no tenía corazón, no tenía pulmones, no tenía lenguaje, no tenía trabajo, no tenía dinero. Dije Ok, bueno, tengo la cabeza. Después llegó el ACV y dije ok no tengo nada. Sólo sentía el afecto; sentía que necesitaba a alguien, sentía que necesitaba que otro me quisiera: mi novia, un par de amigos y mi hermano, concretamente.
- La desnudez de lo importante…
- Y además del amor, tuve el humor: me relajé y me empecé a reírme de mí, de la enfermera, del mono culiado, de todo.
- ¿Cómo ha seguido el aprendizaje?
- Ahora cada día sigo aprendiendo: tuve que aprender a andar en bicicleta otra vez y lo último que estoy haciendo es aprender a jugar al ping pong con la mano izquierda
Ejercito desde el acto, estimulando el corazón, el cerebro y nuevas redes neuronales. Los terapeutas vieron que el problema más grave era con la memoria reciente: tenía que memorizar siete elementos; todavía no puedo. Voy por tres o cuatro. Por eso juego con tres pelotitas al ping pong y trato de recordar para dónde se caen y de qué color eran. Voy por tres o cuatro pelotitas, quiero llegar a siete.
- El daño en el cerebro está…
- Sí, la lesión en el cerebro está. Hubo muerte de tejido. Sigo hablando mal, pero sigo recuperando mecanismos, porque he generado el hábito.
- ¿Qué miedos te asaltaron?
- Tuve miedo de estar “tonto”. Antes no me sentía así: era soberbio, jugaba con los límites, con mi cabeza. A veces, escalaba y no llevaba cuerdas; si había un plus de riesgo, lo tomaba. Me fui absolutamente solo a un 8.000, con una estrategia desarrollada solo…
- ¿Y ahora cómo sos?
- (se ríe) Más zarpado, pero con tonito francés, que liga un montón… Antes no sabía quién era el otro, no lo veía. Hoy, estoy buscando al otro…
- Y el mono culiado, ¿dónde está?
- Aparece con las emociones. Está guardado ahí. Está en la ira, que ahora la dejo salir. Mi cerebro aprendió un nuevo camino: enojarme. Ahora digo las cosas cuando tengo furia. Pero tengo que aprender que este es un camino fácil. Intento salir del ACV con curiosidad y con juego, desarrollando capacidades viejas, pero también nuevas.
- Bueno, en un punto son los desafíos de todas las personas, sólo que la mayoría, y vos no sos la mayoría, los asume con un infarto o un ACV mediante…
- Sí, estoy de acuerdo. Seguir por los caminos que ya conocemos es la muerte. Ahora vivo en caminos nuevos: antes vivía arriba, en la alta montaña. Ahora el camino nuevo es acá abajo, donde está mi vida.
Ulises Naranjo.