Nadie puede negar que el problema carcelario en la Argentina es grave, complejo y de vieja data, y que tiene raíces que van más allá del mundo penitenciario porque nacen en el terreno social y, principalmente, en el judicial con su sempiterna morosidad para concretar y terminar juicios que se demoran durante años y a veces décadas, razón por la cual la mayor parte de los presos del país son procesados sin condena y, por lo tanto, técnicamente inocentes.
El editorial de La Nación, aquí.