Bienvenidos a la partícula de la soledad absoluta

Hemos destilado el jugo universal; la harina primera que dio origen a nuestra falta de apetito. Hemos dado con el camino que no lleva a ningún lugar. Hemos aceptado por fin que no tenemos propósito alguno. Ahora, con las iniciales de la soledad en la mano, es hora de inventar un nuevo dios.

Ahora nos toca por fin aceptar que jamás existió lo divino.
Ahora nos toca por fin aceptar que jamás existió lo divino.

Ahí la tienen, ahora mismo, entre las manos, los pulcros científicos con sus lentes impecables. Con la fascinación contenida y la constante necesidad de probar sus acciones, la ciencia acuna un niño venido de otro mundo y, sin embargo, presente en cada uno de nuestros latidos desde que se iniciaron y aún antes.

Le dicen “partícula de Dios” y nos dicen que es la llave para comprender la estructura fundamental de la materia. Hablan de que se trata del elemento fundamental, aquel que atribuye masa a todos las demás

Es, en síntesis, como haber encontrado la primera palabra y, a la vez, el primer abecedario. Es como tener frente a nuestra nariz la primera ovulación de nuestra madre. Es como haber inventado un dios para que nos cuide y nos prometa cosas. Es como haber grabado en un disco de alta fidelidad el gemido desbocado que nos convirtió en vida.

Hemos destilado el jugo universal; la harina primera que dio origen a nuestra falta de apetito. Hemos dado con el camino que no lleva a ningún lugar. Hemos aceptado por fin que no tenemos propósito alguno. Ahora, sólo nos falta someter a la ciencia al rigor de la poesía y después someter la poesía al rigor del método científico: la sumatoria de ambas sustancias nos dará las iniciales de la soledad.

Ahora, volvamos a las primeras seguridades, o a las segundas, al menos. Y digamos: el tiempo, por ejemplo, existe gracias a la conciencia de lo pertinaz de amaneceres y crepúsculos y gracias a la eficacia de relojes de sol y de arena. El espacio existe, por ejemplo, gracias a que existe la aventura y el metro, esa ilusión del límite, esa condena a la diversidad. Y ahora también, resulta que abrimos los diarios por la mañana y nos enteramos de que las partículas existen, que existieron siempre gracias a la interacción nuclear de las primeras partículas, gracias a la pregunta sobre cuál es el principio de la esencia de las partículas elementales –protones, neutrones, ya saben, cosas así– constituyentes de los átomos.

Ahora que hallamos la partícula que definitivamente nos define la existencia de este planeta como caso perdido, nada cambiará: seguiremos haciendo las mismas estúpidas cosas con la misma estupidez de siempre. ¿Y qué se dirá de nosotros dentro de diez mil años o de cien mil años? ¿Dirán –los que lo digan, si condescienden en la traición de promover un lenguaje– por qué existimos, cuando nos tocó existir? ¿Qué descubrirán de nosotros, ellos, partículas subatómicas de otros por venir?

Este descubrimiento, en el mejor de los casos, sólo nos sirve para saber que estamos solos y ya no nos servirá inventar y lucir los collares de ahorque de la religión, el amor, el viaje, el sueño o las posesiones. Estamos solos y desnudos como una isla en el mar. Solos y desnudos como una espada en un museo. Solos y desnudos como un juguete junto a los huesos de un niño, como un dracma que ya no soborna a barquero alguno, como un madero en el vinoso mar de Homero aniquilado.

Ahora, cual infantes en su primer día de clases, a tomar nota: tarea para la casa: inventarse otro dios hasta que muera de viejo o contemplar en silencio esta infinita maraña de partículas, como si fuese un Guernica menos cruel.

El quehacer parecerá concluido, pero no: no hay quehacer alguno, pues no hay propósito alguno: dimos con la divinidad (la tenemos prisionera sobre una blanca mesa de laboratorio) y aún no sabemos qué hacer con ella. Ahora nos toca por fin aceptar que jamás existió lo divino.



Ulises Naranjo.