Que el césped te lo corte Montoto... o las estatuas del museo

Era de esperar que alguno de los que estábamos ahí alrededor de la mesa dándole masa a la picada previa al asado preguntara cómo hacen para tener el césped así en semejante terreno, todo a la misma altura, que parece el pasto de la Bombonera. Entonces la Pipi se contó una buenísima, de país bananero, te digo.

Tanto lo hinchamos, tanto lo hinchamos al Toncho, que al final organizó el asado en su casa nueva. Bueno, a decir verdad, no es una casa, es un terreno de no sé cuántos miles de metros cuadrados en Vistalba que en el medio tiene una prefabricada grande.

A fin de año se lo compró el Toncho, y desde entonces que venía amagando con hacer un asado ahí. Pero viste cómo es la cosa, el tiempo se va pasando y al final nunca nos juntamos, hasta que por fin pudimos comernos un asado en la casa del Toncho. También, tanto lo hinchamos.

Éramos como cuarenta. Unas diez parejas, cada una con sus respectivas crianças, que eran como veinte más. Tengo un amigo que vaticinó hace años que cada vez más nuestras juntadas se iban a parecer a una guardería. Dicho y hecho. Pero también hubo uno que elaboró la teoría de que mientras más críos fueran más se iban a anular, porque no es lo mismo tener uno que se queda al lado de los adultos güeveando que tener unos veinte, que se van todos juntos a corretear por ahí y no joden, salvo que uno se lastime, pero tampoco suele ser mayormente preocupante.

El domingo nos juntamos. El Toncho tiene el terrenito bien cuidado. La prefabricada a unos treinta metros de la entrada, el quincho y la cochera ahí nomás, unos frutales al fondo y lo demás es un parque de césped que está buenísimo para hacer un picadito o para tirarse al sol y dejar que la vida pase.

Y como la Pipi, esposa del Toncho, es arquitecta, el concepto está muy bien cuidado, al menos eso decían. A mí no me da mucho para entender qué es eso del concepto, pero cuando veo que todo está tan prolijito y bien cuidado, me doy una idea de que es bueno cuidar el concepto, así que no discuto sobre eso. Y, bueno, era de esperar que alguno de los que estábamos ahí alrededor de la mesa dándole masa a la picada previa al asado preguntara cómo hacen para tener el césped así, todo a la misma altura, que parece el pasto de la Bombonera.
Entonces la Pipi se contó una buenísima, de país bananero, te digo.

Resulta que cuando compraron el terreno, la casa y la cochera estaban ya ahí, así que lo único que tuvieron que construir fue el quincho. Pero el resto del lugar era un quilombo de yuyos y piedras, así que la Pipi se puso los cortos, contrató a unos ayudantes y limpió el terreno y plantó el césped y los frutales. Como quince días estuvo, la mitad de enero, arreglando el prado.

El Toncho, claro, no movió un dedo en todo esto, porque estaba laburando, viste cómo es su laburo, que en verano es cuando más pedidos tiene.

Así que la Pipi se sembró todo, y a la semana ya el pastito asomaba, y a los quince días ya estaba arriba. A la tercera semana, la Pipi decidió que había llegado el momento de darle el primer corte al césped, y se averiguó entre los vecinos para encontrar a un jardinero, pero todos los que contactó le pedían millonadas por cortarle el pasto, así que empezó a buscar alternativas.

Alguna vez había escuchado de los jardineros que trabajaban ahí en la facultad, que viste que está cerca, así que allá se fue, con un dato que le parecía más improbable que real, pero se la jugó. Claro que no se acordó de que era enero, por lo tanto, en la facultad no estaba ni el gato Lupa.

Entonces se le ocurrió una idea que le pareció genial. Ir al museo. Con semejante jardín, el museo, que está ahí al toque, debería tener un jardinero, un buen jardinero, que tal vez no tendría inconveniente en hacerse un tiempito e ir a cortarle a ella el pasto.

Y acá se viene la de país bananero que te decía. ¿Podés creer que el museo no tenía jardinero? Como la oís. No tenía jardinero. Había un capataz, pero él no estaba autorizado a cortar el pasto, así que no iba a mover un dedo para eso, y está bien, te digo, lo que estaba mal era que el gobierno no pusiera un mango para cortar el pasto del museo.

Y la Pipi, ni lerda ni perezosa, ahí nomás le tiró la lengua a la flaca que la atendió en el museo para saber quién corno cortaba el pasto entonces, porque el pasto estaba cortito y la ligustrina bien pareja, y no sabés de la que se enteró.

Resulta que una de las mujeres de la asociación de amigos del museo mandó a su propio jardinero y ella misma le pagó el trabajo. Y no una vez, sino varias.

¿Te das cuenta de lo que te digo cuando te digo que no le dan bola a la cultura?

En fin, que al final la Pipi terminó contratando a un jardinero que le recomendó un vecino y que le saca la cabeza cada vez que le corta el pasto. Con decirte que estoy pensando en largar todo y dedicarme a cortarle el pasto al Toncho y la Pipi nada más.

Alejandro Frias