Son más o menos las doce y media del mediodía, hora de comer. Es invierno en Mendoza y, después de vadear dos cerros más bien pequeños, los dos chaboncitos de El Triángulo, llegan a la puerta del comedor de la Mari con una ollita en alguna mano. Deben tener menos de nueve años y esa dureza constitutiva en la piel de los que vienen siendo recontracagados a palos desde el instante mismo de su gestación.
Ciertamente, llevan la ollita con cierto desdén canchero: la dejan colgar de una mano, como un talismán atorrante o como sus propias vidas cuelgan allá entre esos cerros decorados con basuras en los chañares.
Cuando llegan a lo de la Mari, preguntan desde afuera con voz finita y escuchan la respuesta con un grueso silencio de miles de años de corteza:
- No hay comida hoy.
Girarán sobre sí mismos y, más flacos que antes, apuntarán de nuevo hacia El Triángulo –esa villa olvidada de Dios y sus panes y sus peces y sus gobiernos–; se alejarán, entonces, con cierta cadencia en el andar, cierto conocimiento indiscutible del territorio, cierta sabiduría para acomodar la desdicha en sus espaldas, mientras el mundo finge que se arrodilla ante sus ojos y el silencio que nos rodea finge que es una pena lo acontecido.
Se marchan. Fatigan la lomita con cinematográfico dominio de la escena y se pierden. No volveremos a verlos nunca jamás.
Quiera Dios que un día se sientan lo suficientemente fuertes como para bajar de El Triángulo a la ciudad a arrancarnos los ojos y a comernos el corazón y librarnos de todos y cada uno de los pecados que nos convirtieron en ciudadanos promedio.
Dicen que la venganza es un plato que se come frío, pero no, amigos: la venganza es un plato vacío que se ha de llenar de sangre tibia. Quien beba último, beberá mejor, pero a fin de cuentas, nadie bebe. Nadie bebe: todos somos víctimas de nosotros mismos.
Briyito de luz
Oeste de la ciudad, mediodía de invierno, hora de comer. Allá lejos se ve el hoyo con edificios como mojones, pero no mojones del camino; ya saben ustedes: mojones de equilibrista, erectos, decididos. Desde lejos, desde tan lejos, uno adivina que en cada ventana hay una familia, una mesa, una cesta con pan, algo caliente en un plato (nos estamos poniendo monotemáticos).
Cambiamos el ángulo: a ver, digámoslo de otra manera: amiguito, ¿qué cosas te conmueven? ¿Te conmueve el final de las películas, ese beso largo de los victoriosos? ¿Te conmueve, tal vez, el horror de la guerra y sus fosas y sus estruendos? ¿O quizás los recuerdos de amores, como paraísos, perdidos? (mmm, tampoco… vamos a los bifes; bueno, los bifes, no es la mejor imagen para el caso; es la peor). Empecemos de una vez, que nos pagan para eso.
Un día, hace un año, Mari Sosa se cansó de ver el hambre en su barrio, Colinas del Oeste, y también en El Triángulo y también en el 31 y puso un comedor. Le puso un nombre: “Briyito de luz”.
Lo armó con palos y nylon y lo mantiene impecable y con agujeros por los cuales se ven pedazos de cerros. La ayudó su familia, su nuera Tachi en particular. También ayuda de vez en cuando un grupo de hincas de la Lepra (esos que agregaron la palabra “Azul”, luego del nombre “Briyito de luz”) y también un grupo de jóvenes, con Pablo Gómez a la cabeza, que trabaja para la senadora Laura Montero.
Al poco tiempo, ya tenían sesenta niños. Puso un televisor para que los chicos vieran Los Simpsom, Floricienta y, bueno, ya saben, a las estrellas de la tevé local agitando sus abanicos de bobadas. Puso la Mari un ropero también para llenarlo de ropas donadas. Y fue más allá: puso una biblioteca también, bueno, una modesta biblioteca, ya saben: algunos manuales escolares sin tapas y algunos suplementos infantiles de diarios.
Hizo todo eso y convive con lo que hizo: dar visibilidad a la necesidad. Hizo lo que pudo, y ayer, como cada tanto, llegaron dos niños de El Triángulo con la ollita y no hubo nada para llenarla. En Acción Social de la Municipalidad de Mendoza y le dijeron a Mari que cerrara el comedor, que no colaborarían con un nuevo comedor, “pero los chicos lo necesitan, no puedo cerrarlo”. Y así.
Una semana de malaria y nos invitaron a visitarlos, con la esperanza de que atrás de una nota periodística, llegue la comida (para que llegue, usted tiene que ayudarnos: aquí van los datos: barrio Colinas del Oeste, atrás de La Favorita, teléfono celular de Tachi y de Mari 155886083 o bien pueden traer alimentos, leche, ropa, calzados, libros y útiles escolares al diario –Bandera de los Andes 350– y nosotros nos comprometemos a llevaremos).
- Y anote una cocina, usadita, nomás. También nos hace falta una cocina…
“Todo lo que sé”
- Yo les enseño hasta donde sé.
Mari además de cocinar, invierte parte de su tiempo dando clases de apoyo a los niños. “Aquí hay muchas mujeres a cargo de niños. Ellas salen a trabajar y los chicos quedan solos. Y se vienen para acá a hacer los deberes, así cobran la Asignación Universal”, nos explica ella.
No sabe mucho de cuestiones escolares. No llegó muy lejos en tales sentidos, imaginarán. Sabe Mari mucho de otras cosas y enseña todo lo que sabe.
- ¿Puede conseguir harina también, para hacer el pan casero?
Nos vamos de regreso al hoyo donde plantamos la ciudad. Es la una y media de la tarde, hora de comer. Es invierno en Mendoza y la palabra “harina” no produce pan.
Ulises Naranjo.