De la represión a la guerra: la Semana Santa cívica

Del 24 de marzo al 2 de abril se sintetiza un segmento de la vida de los argentinos y en particular de quienes, como el autor de esta nota, formaron parte de la generación de Malvinas. Un periodo nefasto que terminaría en la salida democrática que encarnó Raúl Alfonsín. Y para colmo el padre de esta etapa institucional murió hace tres años, el 31 de marzo. Un relato autobiográfico para pensar.

El 10 de junio de 1976 la maestra de séptimo grado de la escuela Nicolás Avellaneda de la Cuarta Sección trataba de explicar por qué las Malvinas eran argentinas y por qué era imposible que fuéramos a la guerra con Gran Bretaña.

La docente, la señorita Catalina Benenati, nos decía que las islas formaban parte de la extensión continental y que el mar argentino las rodeaba. También mencionaba de cómo hicieron los ingleses para adueñarse de ese territorio. Aquella clase venía a cuento porque el 10 de junio es el Día de la Reafirmación de los derechos argentinos sobre las Malvinas, fue para esa fecha de 1829 cuando se nombró al primer gobernador argentino de las islas.

Inglaterra está lejos

La maestra descartó ante sus alumnos -entre los cuales me contaba- que los ingleses quisieran llegar hasta el archipiélago para defenderlo de una eventual toma argentina. "Los ingleses están muy lejos como para que haya una guerra", dijo con seguridad. Por lo que cualquier posibilidad de entrar en pelea se disipó entre los estudiantes de 12 años que estábamos allí y no percibíamos fehacientemente el horror de la incipiente dictadura que había asaltado el poder tres meses antes.

Luego, transcurrieron los años y ya nos habíamos acostumbrado a no tener elecciones. Sólo conocíamos las internas "políticas" que protagonizaban los militares que comandaban cada una de las tres fuerzas armadas y que tan bien describía el genial Tato Bores cada domingo a la noche. También escuchábamos música "disco" en las radios y bailábamos en las fiestas del Buffet del Club Gimnasia y Esgrima. La música "progresiva" (para muchos inentendible) ocupaba espacios más reducidos pero fuertes, como eran los recitales de Altablanca en el estadio de Anzorena y se escuchaba en viejos tocadiscos y en los nuevos radiograbadores.

Transcurrí la adolescencia sospechando lo que pasaba. Hubo acontecimientos, retazos de la historia oscura que se dejaban ver. Una historia que se estaba escribiendo en los centros clandestinos de detención. Aunque no llegábamos a entender bien el horror, de hecho vimos sin tener conciencia, entrar gente detenida ilegalmente a lo que ahora sabemos que era D2. Los vimos entrar al lugar donde los torturaron, cuando muchos de nosotros con 12 o 13 años fuimos a sacarnos por primera vez la cédula de identidad de la "valerosa" Policía de Mendoza de esa época. 

Pasó el '78 y el Mundial y casi vamos a la guerra con Chile por el conflicto del Beagle. Con 14 años nos pegamos en el pecho inflado por ser argentinos campeones del Mundo. Pero también comenzamos a ver por la tele, con más frecuencia, a esas mujeres con pañuelos blancos en la cabeza que preguntaban dónde estaban sus hijos y caminaban en silencio por las plazas.

Otros episodios también mostraban lo que pasaba pero que no eran advertidos como señales. Esas fueron historias personales y algunas de ellas hasta fueron públicas. Esta es uno de ellas. Todavía recuerdo una noche de invierno de ese '76 cuando con mi madre escuchábamos radio, estaba sintonizada en Nihuil ("la que antes era Splendid", según aclaraba un tío, antiguo oyente compulsivo). Lo tengo bien presente ese segmento nocturno de radio cuando el recordado Chacho Guerrieri, conductor del programa Mendoza de Noche conversaba con un agitado motociclista que denunciaba que un policía lo había amenazado con llevárselo y "tirarlo al Carrizal" por una discusión suscitada de un problema de tránsito. Me llamó la atención, por lo apasionado del relato. Entonces mi madre detuvo su planchado, me miró y me dijo: "Ése es tu padre". Efectivamente era él. Y nunca más me olvidé de la naturalidad con la que Guerrieri lo escuchó y lo tranquilizó como si supiera que por eso no podía terminar en el fondo de la represa. Mi padre después nos dijo que menos mal que el patrullero no se enteró que en ese momento él era dirigente del Sindicato de la Madera. Ahora, a la distancia, se entiende el susto de mi viejo en ese momento y su reacción de denunciar públicamente la amenaza para cubrirse.

Las Malvinas están cerca

Pasaron los años y ya en sexto año de la escuela Química de Las Heras que por ese entonces funcionaba en el edificio de la UTN, nos conmocionamos con la guerra que había desdeñado la señorita Catalina seis años antes. Muchos de nosotros que fuimos temprano a la escuela con la noticia sonando en las radios, habíamos pedido la "prórroga" por un año de la obligación de hacer el servicio militar por razones de estudio.

La euforia futbolera de haberle "ganado" a los ingleses nos llevó a hacernos devotos de Gómez Fuentes, a convertirnos en expertos en relaciones internacionales, a aplaudir al energúmeno de Galtieri, a conocer a Nicanor Costa Méndez. Ese sentimiento de chovinismo, de barrabrava también nos hizo odiar, con razón a Tatcher y a Pinochet. Pero a esa emoción exitista se le antepuso la angustia que nos invadió el ánimo a los que estábamos en la escuela y comenzamos a pensar que allá estaban pibes como nosotros, pero cagándose de frío y muriéndose en los pozos de zorros.

La historia terminó el 13 de junio de 1982 con la rendición de Menéndez, justo tres días después del día de la reafirmación de la soberanía sobre los territorios que las tropas argentinas abandonaban. Allí comenzó el final de la dictadura y el final de mi adolescencia. Los días siguientes sucedieron rápido. Quisimos anestesiarnos con el Mundial de España y nos fue mal. Todos enmudecimos e hicimos un gran bloqueo para negar la derrota. Escondimos a los combatientes. Sólo queríamos que la historia nos pasara por arriba.

Después vino la democracia con Alfonsín, y la música progresiva ya se había transformado en rock nacional. En el '83 ya egresado como químico industrial, mi escuela pasó a llamarse Capitán José Daniel Vázquez en homenaje al primer héroe lasherino caído en Malvinas. La escuela primaria Nicolás Avellaneda hoy se llama Beatriz Falcitelli en honor a una maestra que no conocí.

Detalle de la fachada de la escuela Capitán José Daniel Vázquez.

El 24 de marzo se cumplieron 36 años del golpe de Estado cuando se inició la dictadura que ahora sabemos que fue cívico-militar y el 2 de abril se cumplieron 30 años de la guerra de Malvinas. Entre ambas fechas sólo hay 9 días. Ambos hitos marcaron la vida de los que formamos parte de la generación de los '80 que dejó muchas vidas en ese tránsito doloroso. No sentimos la represión de forma directa como sí la sintieron quienes no antecedieron, pero no nos salvamos de la sinrazón suicida de la dictadura. Las pibes de las clases 62 y 63 que se quedaron en las islas fueron las otras víctimas inocentes de la dictadura, aunque también a aquellos que se terminaron suicidando en los años siguientes.  

Lo he hablado con mis coetáneos y el sentimiento es compartido y reflexionado. Las fechas marcan a las personas y este periodo de 9 días representa a la dictadura y sus consecuencias. Hace tiempo que dejé la religión, sólo creo en el poder transformador del ser humano, pero para mí y para muchos, este espacio de tiempo pesa tanto o más como a los católicos la muerte de su Cristo. Por eso coincidimos, que desde hace un tiempo muchos atravesamos esta parte del año con tristeza. Es nuestro calvario silencioso. Es nuestra semana santa cívica. Para colmo Alfonsín, el padre de la democracia, al que votamos, se murió hace tres años, justo un 31 de marzo. La puta madre.

Jorge Fernández Rojas, en Twitter @jfrojas