Desde hacía seis años, las tres Fuerzas Armadas se habían hecho cargo de la conducción del país. Mediante un plan sistemático de desaparición de opositores, apropiación de las pertenencias de las víctimas y robo de bebés mediante el cual se facilitó de un plan económico y el endeudamiento de privados que luego se transformó en deuda pública y cuyas consecuencias se sentirían en el país hasta entrado el siglo XXI, habían logrado sus objetivos.
Pero el poder de la dictadura comenzaba a tambalear y las agrupaciones obreras comenzaban a hacerse sentir, mientras que en los diarios la presencia de los partidos políticos era cada vez mayor.
Por eso, el gobierno de facto necesitaba un golpe de efecto que revirtiera el clima de oposición que se instalaba. Algo que volviera a convencer a los civiles de que las Fuerzas Armadas podían “pacificar” la nación, respondiendo a los intereses de la gente.
Y qué mejor que recurrir a la demagogia de una guerra por esas islas tan sensibles en la cultura argentina: las Malvinas. Y máxime después de la represión con la que se había disuelto la movilización convocada por la CGT.
Era el día previo a la invasión, la prueba final de un poder que se impuso por la fuerza de las armas y que creyó que aplicando la misma fuerza contra otro país lograría su propósito.
1 de abril de 1982
Los ecos de lo sucedido el martes 30 de marzo seguían resonando. Había sido, sin duda, una mala jugada del gobierno de facto, porque no había forma de justificar los miles de detenidos y los heridos de bala. Benedicto Ortiz seguía internado y el general Garay, a cargo de la VIII Brigada de Montaña (y, consecuentemente, responsable de la represión en Mendoza) aclaraba que se había actuado de acuerdo a lo establecido y que se había respetado la ley.
De la misma manera, desde Buenos Aires, Alfredo Sain-Jean, ministro del Interior, aseguraba que la policía había respondido “a una necesidad”.
Sin embargo, los medios comenzaban a dejar en segundo plano los hechos de dos días atrás y centraba su atención en lo que sucedía en el sur del país (a la vez que desde el Vaticano se informaba que las negociaciones por el conflicto del canal de Beagle con Chile seguirían el lunes 5 de abril).
Gentileza BPGSM.
Las recomendaciones que llegaban de la ONU seguían siendo las de buscar formas de negociación y que se dejara de lado la posibilidad de un conflicto armado, pero en el país la locura tomaba cada vez más forma, máxime cuando los militares comenzaron a recibir adhesiones desde los partidos políticos y otros sectores de la sociedad y hasta un ex canciller declaraba ante la prensa que “la solución entra en el área de las armas”.
Gentileza BPGSM.
El desplazamiento de efectivos de las tres armas ya había sido confirmado, y Amadeo Frúgoli, ministro de Defensa, calificaba como histórico el momento, dejando entrever que la crisis con Gran Bretaña entraba en una etapa de definiciones que contemplaba la acción bélica.
El día se acababa y las noticias decían que Argentina se aprontaba a recuperar las islas. Una de las peores necedades de la humanidad, la guerra, nos estaba por tocar de cerca. Ya la suerte había sido decidida.
Alejandro Frias, en Twitter @FriasAle