El periodismo como cifra de la mentira

Hacemos lo que nos da la gana. Decimos cosas sin medir ninguna consecuencia. Gozamos de prístina impunidad. Nadie se siente autorizado para juzgarnos. Algunos nos temen y con razón; otros nos desprecian, pero siempre en silencio. El periodismo porta noblezas y vilezas. Aquí, un ejemplo de mierda para que se te revuelva el estómago. O no.

Somos periodistas. Creemos que sabemos de todo, pero, en realidad, no sabemos nada en particular. Hacemos lo que hacemos con la mayor impunidad; nos comportamos como hijos únicos de superhéroes, como emperadores borrachos, como leones adolescentes.

Somos narcisos escudados en la patrañera objetividad. Somos adalides de la mítica independencia. Alguien nos ha hecho creer que somos el hoyo del queque, el último huevo duro del cámping, la coca light del desierto: nos comportamos como si fuésemos correctos y piadosos, poniendo en evidencia las montañas de pajas en los ojos ajenos del mundo.

Dependiendo de la sección en que trabajes, con la misma actitud que un magnate petrolero, nos sentamos en la misma mesa de los tipos más poderosos del mundo y comemos lo mismo que ellos y bebemos lo mismo que ellos y hasta reímos como ellos, como si en realidad fuésemos iguales. Después, cuando llega el “Día del periodista”, recibimos regalos como su fuésemos cortesanas de medio pelo y buenos augurios de puñados de chupamedias que, de una u otra manera, necesitan de nosotros.

Mucho gusto, encantados, somos los periodistas: no llegamos a fin de mes con nuestros sueldos, pero hacemos lo que nos da la gana. Decimos cosas sin medir ninguna consecuencia. Gozamos de prístina impunidad. Nadie se siente autorizado para juzgarnos. Algunos nos temen y con razón; otros nos desprecian, pero siempre en silencio.

 

 

El periodismo porta noblezas y vilezas, sin embargo, aun dedicándonos a sacar a luz  y publicar cuanta porquería observemos, prácticamente nunca echamos un ojo en nuestras vilezas y nos gusta regodearnos con eso de que somos “el cuarto poder” y algo aún peor: decimos (nos arrogamos) que somos “la voz de los que no tienen voz”. Así somos: hartos siempre de todo, sin embargo, nunca nos mostramos hartos de nosotros mismos.

¿Qué no todos los periodistas son así? Pues claro que no, afortunadamente no y podría dar una lista de casos, pero no es intención de esta postal de hoy hablar bien de los que lo merecen. (nadie que haga bien su trabajo merece ni quiere que le anden diciendo que lo hace bien).

Vamos a los hechos.

Se hace necesario que el lector sepa que este que escribe, este que firma, yo mismo, además de trabajar como periodista, lo hace con presos, desde hace más de dos décadas: el teatro, la literatura, la música, la televisión, la charla sin más, el huérfano mate y el tabaco barato son las excusas para aprender todos los días algo sobre el verdadero infierno en la Tierra: nuestras cárceles.

Allí, conviviendo en la diaria con gente que ha cometido todos los delitos imaginables, uno desnuda la paradoja de la naturaleza del delito: no van a la cárcel los delincuentes exitosos, sino los fracasados; no van a la cárcel más que los ladrones de gallinas, los enfermos mentales, las víctimas del sistema y de sí mismos, los mal educados y también un puñado indiscutible de tipos irrecuperables. Los demás, todos los demás, jamás terminarán tras las rejas: ni ellos ni sus hijos ni sus nietos y ni siquiera sus amigos o ex amigos. Y aquí la paradoja: son encerrados para cumplir con la ley, pero la ley casi nunca cumple con ellos.

Aquí, entonces, un ejemplo de mierda que revuelve el estómago de este amanuense, una muestra perfecta ejercicio del delito o mejor: una forma del diverso daño irreparable, protagonizado, esta vez, por periodistas como victimario y presos y empleados del sistema penitenciario como víctimas.

Hace unos días atrás, mientras trabajaba con “mis” presos en un pabellón de la cárcel de Almafuerte, recibimos la visita de un equipo periodístico del programa “Investigación Límite”, del Canal América, de Buenos Aires. Los visitantes se mostraron interesados en nuestras habituales tareas. Sabrán que hacemos, modestamente, programas de televisión para que sean vistos por los propios internos del penal y cantamos y actuamos un poco y nos hacemos compañía. Pues bien: los periodistas nos filmaron, nos entrevistaron y nos dijeron que les encantaba todo y que querían destacar esta clase de iniciativas. Los presos se entusiasmaron y varios de ellos no tuvieron problemas en ser entrevistados y contar que, a pesar de todo, dentro de las cárceles de Mendoza “se puede”.

Los periodistas estuvieron todo el día filmando en esa y otras cárceles provinciales y, luego, diez días después, hace un par de días, emitieron un programa plagado de mala leche, falsedades, mentiras, inexactitudes y amarillismo, como, realmente, jamás vi en los veinte años que llevo trabajando en cárceles y medios de comunicación en Mendoza.

Por supuesto, las imágenes de aspectos positivos que se tomaron (incluyendo nuestros talleres y testimonios), no fueron difundidas, cuestión que hasta podría ser, de buen modo, tomada como una decisión editorial. No obstante, lo peor vino justamente de la revelación editorial del programa: mentir, escandalizar, criminalizar, falsear, basurear a las personas encerradas e incluso al personal penitenciario.

O sea: filmaron de todo, entrevistaron a todo el mundo, pero la intención, claramente, era la de armar un programa que diera rating, buscando que la sangre, la condena social y el espanto al precio que fuere, se saliera de la pantalla.

Los entrevistados fueron tomados como verdaderos animales, como seres casi inhumanos, ciegamente peligrosos y salvajes, dispuestos a la muerte propia o ajena a cada instante y, déjenme que les diga, estimados lectores, aunque algunos de ustedes (esclavos de su propia sed de sangre) quieran ver a todas estas personas muertas, que la realidad es otra. Igualmente, tampoco es tema de este escritor discutir qué hacemos y qué no con nuestros presos (son nuestros, piadosa señora, atildado señor, aunque a ustedes no les guste, son nuestros: nosotros los hemos producido).

En fin, en el programa, para sintetizar, abundaron los ejemplos de la mala praxis periodística: presentación de lugares que no eran los que se referían, escenas de peleas no ocurridas en Mendoza, elaboración de un discurso criminalizador, instigación permanente a la manifestación de violencia, acentuación permanente en los delitos cometidos, frases sacadas de contexto, engaños premeditados, preguntas improcedentes… 

 

 

En dos internos se enfocaron los periodistas. A uno de ellos, claramente perturbado, le preguntaron:

- ¿Si yo te digo hijo de puta, si insulto a tu madre y te digo hijo de puta a vos te dan ganas de matarme?

Eso le inquirieron a un preso con reclusión perpetua por homicidios que vive en aislamiento y, a todas luces, está, para decirlo elegantemente, “mal de la cabeza”, tanto que llegó a decir que había matado a sesenta personas (sí, sesenta) y los periodistas lo tomaron por cierto. A otro preso, una y otra vez lo interrogaron para que diera detalles escandalosos acerca de cómo se descuartiza a una persona.

Así transcurrió esa fábula premeditada y finamente editada a la que llamaron programa de investigación sobre "Los códigos de la cárcel", presentando las prisiones repletas de animales con sed de sangre y generando, en la audiencia, sed de inaudita venganza. Y no es así, estimados, el asunto. Veinte años de laburo en esos espacios me han enseñado y me siguen enseñando que no es así.

¿Qué pueden hacer los que no son periodistas cuando se encuentran con periodistas así? Lo mejor es nada. No hacer nada. Quedarse callado, dejarlos pasar. ¿Por qué? Porque si reaccionás, te puede ir peor aún, el siguiente programa. Esto es, ni más ni menos, ostentación de bandera de pensamiento único, manifestación de poder sin aceptación de queja, ejercicio despiadado de la impunidad. Este es, en síntesis, cierto periodismo como exacta cifra de la mentira.

En fin, el periodismo y los periodistas que tenemos son los que nos merecemos tener.

 

Ulises Naranjo.