Leo es el último de la lista. Al pobre puma (foto arriba) lo encontraron en una jaula en la que apenas se podía dar vuelta, castrado, sin colmillos ni garras cazadoras. Antes, hace un año, fue una hembra de su misma especie aunque de apenas tres meses, en San Martín. Y también el año pasado cambiaron a otra puma de locación desde la reserva de Las Heras porque la consideraban peligrosa.
Sobre el último ejemplar rescatado del cautiverio doméstico, cabe destacar que al ser capturado desde cachorro y al habérsele mutilado la dentadura y las garras, nunca más va a poder volver a su hábitat natural. Ni siquiera si fuera posible lograr un proceso de readaptación a su medio por parte de especialistas en la materia.
A la persona que le produjo tantas mutilaciones a Leo, en el peor de los casos le caerá una sanción monetaria por tenencia ilegal de fauna. Al puma, ni todos los cuidados del mundo podrán recuperarlo. De hecho el titular de Ambiente y Desarrollo Sustentable, Marcos Zandomeni, ya ha dicho que a Leo lo espera otra jaula. Quizá mejor atendido que en su anterior encierro, quizá no.
El funcionario, en conferencia de prensa, aprovechó para enviar un mensaje a la sociedad: que tomen conciencia de que a los animales salvajes hay que dejarlos donde están. Nada bueno les puede traer vivir una vida doméstica, como si de un perro o un gato se tratara. Y no sólo porque se está violando la ley, agregó Zandomeni, sino porque además una especie como el puma siempre constituirá un gran riesgo mientras esté cerca de un ser humano.
Otra historia de pumas
La historia de Leo, como la de los pumas anteriores rescatados del cautiverio humano, me trajo a la memoria la no menos trágica historia de Elsa.
Nicolás Brizuela era y sigue siendo un buen amigo y una persona ejemplar. Estudioso, trabajador y siempre comprometido con alguna causa solidaria, era raro que Nico no anduviera cada tanto embarcado en alguna cruzada solidaria. Si no por la gente del campo y sus necesidades, por el gusto de conocer algún paraje escondido entre los cerros. Y así fue como se encontró con Elsa, la pumita.
Si uno busca “elsa la puma” o “elsa la leona” en Internet es fácil deducir por qué Nicolás le puso ese nombre a la cachorra. Conocedor de la historia de George Adamson, el cazador que mató una leona sin saber que tenía crías, y que luego terminó quedándose con una de estas, Nicolás no dudó en acoger a la pumita y bautizarla con el mismo nombre.
Esta vez, no fue el padre adoptivo quien mató a la madre natural. Mi amigo andaba un día entre los cerros en el límite entre Mendoza y San Juan, cuando se topó con unos arrieros que transportaban el cadáver de una puma adulta y un cachorro de apenas días sobre las mulas. Fue Nicolás, tras saludar y conversar con los gauchos, quien los convenció de que le entregaran a Elsa, pues los hombres en realidad no sabían muy bien qué hacer con el animalito, luego de matar a la madre con la excusa que los felinos les comían el ganado.
Cada vez que nos hemos cruzado con “Nico” en diferentes circunstancias de la vida, invariablemente la historia de Elsa ha salido a colación. De hecho el caso fue muy curioso porque en aquel tiempo, hará unos quince años, yo trabajaba para un diario y una mañana nos enteramos –al igual que hoy-, que habían hallanado un domicilio a raíz de la denuncia de un vecino, quien afirmaba haber visto “un puma en la casa de al lado”. Y cuando llegamos al allanamiento, me encontré con que era en la casa de mi amigo.
Por sus antecedentes, a Nicolás no le quitaron a Elsa, que ya era una cachorra más que crecida. La dirección de Flora y Fauna de la provincia decidió que al no tener un sitio ni un programa específico en ese momento para ubicar a la pumita, mi amigo siguiera haciéndose cargo de ella, pues según él su idea era devolver al felino a la naturaleza a la brevedad posible. Elsa estaría monitoreada por un veterinario del Parque Faunístico y con idóneos en vida silvestre, y entre todos tratarían de ir reinsertándola como pudieran en el hábitat de donde nunca debería haber salido.
Pero como dicen los viejos en el campo y después repetiría tantas veces mi amigo, católico ferviente, “el hombre propone y dios dispone”. Una mañana, Nicolás encontró a Elsa ahorcada en el patio.
Nunca, según contaba él y yo comprobé cada vez que lo visité, Nicolás dejaba desatada a Elsa. Es más, la cachorra jugaba con los perros de la casa y jamás los hirió. Lo único que nos pedía mi amigo cada vez que íbamos a verlo era que nadie fuera al patio a ver a Elsa sin estar él presente. Y aún así la pumita siempre llevaba el collar y la cadena puestos. Ninguna precaución, según Nico, estaba de más, porque a pesar de haberle dado el biberón en sus brazos, Elsa era un animal silvestre, y los animales silvestres nunca terminan de interactuar con lo seres humanos a punto tal de poder otorgárseles toda la confianza.
Por si esto fuera poco, acabo de recordar que Elsa conservó intactos sus colmillos y sus garras cazadoras hasta el último día. Y no era tanto el hecho de que pesara unos 40 kilos de pura fibra muscular, sino que sus colmillos estaban diseñados para desgarrar en un instante, al igual que sus garras cazadoras, dotadas de un filo quirúrgico por naturaleza. Nicolás siempre decía que la pumita debía conservar aquellos atributos si un día quería sobrevivir en su hábitat. De ahí el empeño que ponía en facilitar el contacto de la puma con el personal del Parque Faunístico.
Pero a pesar de todos los cuidados y las buenas intenciones, el destino tenía reservado otro final para la pequeña puma. Según nos contó Nico, la cadena era lo suficientemente larga como para que Elsa saltara hasta el techo de la casa, y la noche de la tragedia ocurrió que además de subirse al techo, el animal ensayó un salto hacia el patio sin prever que había un alambre grueso y bien dispuesto para tender la ropa, atravesado en el camino. Elsa murío ahorcada, colgando de su propia cadena.
Como dije, es el día de hoy que nos encontramos con mi amigo y no podemos evitar recordar a la pumita. Y Nicolás aún se reprocha el triste desenlace de Elsa en su casa. Nunca sabrá si hubiera sido mejor abandonar el animal a su suerte entre los cerros, o llevarlo directamente a las autoridades para que se hicieran cargo. El dice que no está seguro de si Elsa hubiera sido bien cuidada en el Parque Faunístico y yo le hallo algo de razón, conociendo los antecedentes del lugar. Lamentablemente me ha tocado cubrir irregularidades en aquel lugar, en que más de una vez, y está documentado, el motivo fue la muerte de animales de toda clase, por la desidia de sus cuidadores.
Atahualpa Acosta en Facebook Alta Guapa / en Twitter @atahualpaacosta