La importancia de la elegancia en el choreo

La excelencia es un concepto nefasto. Los que la promueven son los bendecidos, los satisfechos con sí mismos y el curso de las cosas; los acomodados que se ponen como ejemplo del esfuerzo bien premiado. Los que la incitan son los que buscan que nada cambie, porque no les conviene. Podés ser el peor atorrante, pero si sabés mostrarte adecuadamente, estarás en la cima. Serás respetado y temido y entrarás al paraíso. Y eso es todo.

“Al río que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprime”
Bertolt Brecht.



Si alguien, montado en un pedestal, promueve la excelencia (ese concepto de la Grecia Clásica devenido en producto de moda por empresarios exitosos y marquetineros agresivos de variados pelajes), deberemos observar si sus derroteros hasta esa cima desde la que parlanchean, no estuvo marcado por la sangre de inocentes.

¡Qué fácil resulta ser proactivo y correcto ciudadano desde la propia satisfacción! ¡Qué procedente señalar al otro como culpable de sus carencias, cuando se prueban las mieles y los vinos del paraíso en la Tierra! ¡Qué apropiado acusar cuando uno mismo, a su imagen y semejanza, ha acuñado el alcance de los conceptos de la ley y del delito!

Aquellos que, con la tinta de sus triunfos, han escrito la historia, han ido mucho más lejos con su intención: han terminado por determinar un modo de pensar, o sea, un modo de concebir la vida en el mundo. Fijate si te adaptás o no, porque de eso dependerá la integridad de tu cuero y tu experiencia del dolor y del olvido y también las de todos los de tu especie.

¿Por qué hacen lo que hacen los excelentes poderosos? Porque, básicamente, no quieren que nada cambie, pues así mantienen sus esquemas de valores, que nunca –nunca, pero nunca– son los mismos valores que los tuyos.

El poder se reconforta a sí mismo con su idea del poder. Si alguna cuota de poder se ostenta, siempre lo que disguste tenderá a estar fuera del ámbito del poderoso, que se tomará hasta el trabajo de erigir cárceles, hospitales, asilos, villas, cinturones urbanos, países subdesarrollados y hasta continentes para cobijar los errores.

Primero hay que dominar el mundo, el mundo que a cada poderoso le toque. Después, hay que arrasar con los distintos. Una vez consumada la limpieza: la tarea es acuñar en monedas, banderas y manuales la palabra “Excelencia” e instar (ordenar, exigir, incitar, obligar) a todos a que intenten parecerse a nosotros.

Quienes lo logren, serán aceptados en el festín de la vida. Quienes no lo logren, quienes no se muestren interesados, quienes fracasen o quienes se rebelen, será eliminados sin piedad, aunque con elegancia.



El Reino de los Cielos



Hablamos, ni más ni menos, de un modo de ser: el modo de ser de los que cortan el bacalao. Pueden ser países o personas; pueden tener mil millones de dólares o sólo uno, pero siempre tienen lo suficiente como para dejar en claro que hay un sentido de las cosas que se afirma con el paso del tiempo.

Vamos a un ejemplo prototípico, para no hablar en el aire, como malabarista chismosa.

Hace unos años, tuve el placer de seguir de cerca un asunto que me interesa y se desarrolla en dos escenarios prototípicos de Occidente: la Acrópolis de Atenas y el British Museum de Londres. A través de esta anécdota, intentaré mostrar cómo se generan los relatos de la historia y con qué eficacia el siniestro termina por ser elegante y aplaudido y regidor de morales. Así pues, del oprobio de la excelencia y la elegancia del choreo, trataremos.

En el siglo V antes de Cristo, vivió el que fue tal vez el mejor escultor de su época, Fidias, quien, entre muchos, concibió un trabajo monumental: una serie de frisos de mármol, que decoraban como un cinturón interno las paredes del extraordinario Partenón, uno de los templos más importantes de la historia de la humanidad.

Con el paso de los siglos, la natural estupidez humana llevo al Partenón a pasar por muchas etapas; fue, entre otras cosas, templo de distintas religiones, residencia de conquistadores y hasta depósito de municiones y ni siquiera se salvó de los bombardeos. A principios del siglo XIX (mismos años de las Invasiones Inglesas en Buenos Aires) un inglés llamado Lord Elgin, se choreó (robó, afanó, manoteó, desvalijó, rateó, despojó, saqueó) los mármoles de Fidias y, coimas de por medio, sin más, se los llevó en un barco a Londres, con la intención de que decoraran su casa. Además se llevó otras piezas de ese sitio sagrado.

Ni en ese momento, ni nunca hasta ahora, la excelencia británica mostró la nobleza de devolver lo robado a su sitio natural. Muy por el contrario, estrategia de poderoso, los exhibe al mundo con la mayor elegancia en el Museo Británico y (¿tal vez por culpa?) ni siquiera entrada te cobran cuando vas a verlos. Hay que ver que bonita es la sala que los cobija; no obstante, nacieron para ser exhibidos dentro del Partenón, allí es donde se completa y se percibe cabalmente la belleza que los mármoles suponen.

Desde siempre, Grecia ha pedido que los devuelvan y los ingleses no lo han hecho (entre nosotros, no devuelven esos mármoles, menos van a devolver dos islas). Lejos de eso, promueven la excelencia de los estudios clásicos y la importancia de la protección patrimonial de la humanidad.

O sea: son unos chorros, pero, como beben de la fuente del poder, terminan por ser apropiados y referenciales e, incluso, flemáticos regidores planetarios de la aplicación del delito y la defensa del derecho internacional.

Así, como ocurren con países, ocurre también con personas y no hace falta viajar a Inglaterra para poner ejemplos.

Mirá a tu alrededor; o mejor: mirá por encima de tu miseria cómo sientan jurisprudencia divina los bienaventurados.

Es probable que sus sandalias estén marcadas con sangre, pero eso no evitará que decreten pena de muerte para todos los distintos y que sea de ellos, y sólo de ellos, el Reino de los Cielos y su magnífico abanico de excelencias.



Ulises Naranjo.