Vendimia: volverán los oscuros golondrinas

Van y vienen. Y no es por turismo. Es por laburo. Pero son invisibles casi. Atiborran camiones y tinglados. En silencio. Los hacinan bajo techos de chapa. Les dan poco para comer y menos para cobijarse. Y así como llegan, un día se van. Algunos se quedan. Pero la mayoría se va. Los que se van saben que van a volver. Los que se quedan se suman a las comunidades.

Van y vienen. Y no es por turismo. Es por laburo. Pero son invisibles casi. Atiborran camiones y tinglados. En silencio.

Un tacho de uva significa más que un tacho de uva. Es la comida para la familia que quedó allá, en el norte. Y una parte de los sueños a completar allá en el gran norte desde el que vienen.

Jujuy, Salta, Bolivia también. Norte grande del sur enorme.

Los hacinan bajo techos de chapa. Les dan poco para comer y menos para cobijarse. A veces (muchas veces) se enferman y mueren. O simplemente mueren.

Mueren y en muchos casos sus cadáveres no pueden regresar a las tierras donde nacieron. Quedan por estos lugares del sur chico de un norte que no conocemos.

Y son familias enteras también las que llegan. Familias. Con niños que deberían estar corriendo con otros niños. Que corren con otros niños. Pero no donde deberían estar corriendo. Lo hacen cerca de donde sus padres trabajan. Cerca de donde sus padres duermes. Al lado de peligros que no son potenciales.

Muchos de ellos son niños destinados a convertirse en números, en una cifra más en la lista de los niños que no van a la escuela, de los niños que acompañan a sus padres mientras cosechan, de los niños que caen a zanjas o pozos, de los niños que se accidentan con máquinas, de los niños cuyas vidas quedan ahí, en las zanjas o en los pozos, en una pileta de riego, en la punta oxidada de una herramienta.

Los que sobrevivan tienen muchas probabilidades de comenzar a trabajar en lo mismo que sus padres cuando tengan la altura suficiente. Altura. Porque no hay edades para esto. O peor, les quitan las edades. Y no hay leyes ni vigilancias que alcancen para evitar que aun niños empiecen a trabajar.

No hay leyes ni vigilancias.

No puede una ley definir las conductas. No puede la vigilancia acabar con el trabajo que esquilma sangre. No pueden las leyes ni las vigilancias. Porque las leyes están hecha para trampearlas. Y las vigilancias para evitarlas. Y los hombres nacieron para trampear y evitar. No todos los hombres. No. Pero los suficientes. Y esos suficientes son varios de los que poseen las tierras a las que la gente del norte oscuro llega para canjear sudor por monedas. Sudor a montones por monedas escasas.

Y así como llegan, un día se van. Algunos se quedan. Pero la mayoría se va. Los que se van saben que van a volver. Los que se quedan se suman a las comunidades.

Se pasan la posta de generación en generación. Y vuelven. Y cosechan. Vendimian. Vendimian y cambian tachos por monedas. Vendimian y dejan en estas tierras a algunos de sus muertos como faros que los traiga de regreso. Vendimian y se van. Vendimian. Se van. Y no hay mucho de magia y poesía. es sudor y barro. Tierra entre los dientes. Siestas a la sombra. Noches entre cuerpos y vahos.

Se van. Pero van a volver para seguir dando con su trabajo motivos de fiesta para muchos. No para todos. Para algunos. Pero no para ellos.

Alejandro Frias