La ley de los platos rotos

Con una herida abierta, con un dolor que llega hasta lo indecible, no se puede reflexionar respecto de cómo ejercer justicia. Quienes tienen la responsabilidad de hacerlo, deben mirar por encima de nuestras heridas e incluso de nuestras cicatrices. Nuestra labor, a diario, es participar, construir ciudadanía, reconocernos en el otro, aunque sea distinto.

Sabían los antiguos que la actuación, la obra, el facto, el hecho motivado por la revancha, y en pleno ejercicio del dolor, no podía acarrear ni lucidez en la decisión ni justicia en su aplicación. El valor de lo bueno y de lo mano, en tanto producto cultural, no puede ser determinado por víctima ni por victimario; así, ante esta evidencia, es como nace nuestra idea de la Justicia.

Y sabemos nosotros, porque la historia reciente lo ha demostrado, que el sometimiento a la justicia es único camino posible para los equivocados y los perdidos que eligen ejercer el delito (en nuestros país, en nuestra democracia, ni siquiera los criminales de lesa humanidad se han visto privados del proceso legal). No hay manos blandas ni duras: hay ejercicio legal eficaz o ineficiente.

Nadie que tenga una herida abierta, un dolor de esos que llegan hasta lo indecible, como por ejemplo la muerte de un hijo a manos de delincuentes, puede decir y decidir, puede nombrar, puede reflexionar respecto de la mejor manera en que se debe obrar con efecto colectivo.

A aquellos que sienten dolor, a todos aquellos de todas las clases sociales que puedan sentir dolor, sólo podemos acompañarlos e involucrarnos de modo tal que sea un poco nuestro, que nos sirva para trabajar, en hacer, en verdad, de este, un sitio más decente. Y cada quien deberá responderse si lo hace de modo habitual o sólo cuando ve atacado su "territorio".

La mitología, sabía en sí misma por permanencia, se ocupó, por caso convocante, de las tragedias que desatan las venganzas. Detengámonos –sólo en dos párrafos y sepan disculparlos– para ejemplificar esta sentencia en mitos ancestrales.

Tenemos el caso de Clitenmestra, quien ayudada por su concubino, mató a su marido Agamenón, quien, a su vez, había sacrificado para obtener favor divino, a la hija de ambos, Ifigenia, a fin de que la flota griega pudiera partir a Troya. Tras el hecho, los otros tres hijos de la pareja –Orestes, Crisótemis y Electra– padecieron el arrastre de miserables años de existencia.

Uno de ellos, Electra trama, siguiendo los dictados del Oráculo, una venganza por la venganza por la muerte de su padre e involucró a su hermano Orestes en la aplicación. El muchacho aceptó y penaron de muerte a su padre y lo mataron. El muchacho no pudo soportar lo que había hecho y enloqueció: pedir sangre derramada a cambio de sangre derramada, enseña el mito, trae más dolor y más muerte a la familia y a su pueblo. La tragedia se nutre del hambre de revancha.

Por eso, si algún sentido tiene la justicia, es el de tomar distancia para analizar los hechos y llegar a la conclusión adecuada, porque leyes ya tenemos para aplicar en casos que nos convoquen. No hay que salir a matar, sino a exigir el cumplimiento de la ley. Esto, está claro, en una pantalla es fácil escribirlo y esto es fácil criticarlo en un foro de comentarios de un diario.

El desafío es aceptarlo y participar socialmente no sólo cuando se padecen hechos consumados, sino justamente antes, cuando se edifica, con el otro, el sentido de los que somos. 

La venganza, la revancha, el desquite, no está en la esencia de lo justo, sino en la de lo trágico. La venganza es naturalmente ciega: sus protagonistas, inundados de dolor por sus pérdidas, no están en condiciones de percibir lo justo como justo, tanto como de desquitarse a como dé lugar. Por eso, es el tiempo, y no el arrebato, quien trae respuestas adecuadas.

Son estos meses de dolor para varias familias de mendocinos que han comenzado el año perdiendo a sus hijos en manos de delincuentes. En estos días, las muertes de Micaela Tati Molina de 13 años y del joven Matías Quiroga concentran la atención social y de los medios de comunicación, más en el segundo caso que en el primero. Pocos, de hecho, casi nadie, sabe que hace apenas horas la niña murió baleada en el Notti y que vivía en el barrio La Gloria de Godoy Cruz. En tanto, son miles quienes se han manifestado con genuino estupor, a partir del deceso del muchacho.

 



Esto debiera hacernos pensar. De por qué una pérdida provoca justa indignación y otras pasan desapercibidas, también habla de cómo somos los mendocinos. Que haya un grupo de personas que salgan a pedir el disparate de “el fin de los derechos humanos”, también habla de cómo somos. Que esperemos tener el agua al cuello para ejercer ciudadanía también lo hace. Que nos involucremos sólo con los que tienen su escala de vida semejante a la nuestra, asimismo lo concreta. Que algunos confundan pobreza con delincuencia y color de piel con jerarquía social, habla del mismo modo de cómo somos. Y también que no estemos dispuestos a hacernos cargo de nada en particular.

Son estos días oscuros, para condolerse por estas muertes inocentes, no para resignar derechos que tanto nos costó conseguir ni para convertirnos en aquello que justamente detestamos. Estamos inseguros y cada quien lo vive a su modo; esto es cierto, tanto como que el prójimo nos importa un pito, cuando no es tan “prójimo”.

Quisiéramos hacer lo nuestro en este paso por la vida y que nada ni nadie nos afectara especialmente, pero no es así: constantemente, vivir nos exige participar socialmente, correr incluso nuestro límite de la percepción de los valores sociales, o sea, ponernos en el lugar del otro, de todos los dolores de los otros.

Y aceptar que el otro es la conclusión de una construcción social que nos compete a cada uno de nosotros. Quisiéramos, a fin de cuentas, que lo distinto nos resultara inadvertido, porque no nos gusta que otros sean distintos, porque lo distinto no es lo normal.

No es así, está claro, y la salida es vivir cediendo lo menos posible, comportándonos como comensales apropiados, oficiales, circunspectos, innominados y ensimismados en los propios logros, pero, a veces, sólo a veces, en esta fiesta que es la vida nos toca pagar los platos rotos. Y no queremos pagarlos. Y así estamos.

 

Ulises Naranjo.