- Ahí viene el burro de Juan.
Allá en los lejanos años de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo, estudié en detalle la Lingüística Textual, una escuela del lenguaje muy nueva por entonces, que vino a conflictuar el modo en que la Lengua se enseña en los colegios. Para ellos, el núcleo central del discurso no era la oración (“Ahí viene el asno de Juan”), sino la oración en su contexto, en todo aquello que la rodea. Es imposible, para esta escuela que cuestionó al mismísimo Chomsky, entender lo que una oración dice, sin tener en cuenta sus circunstancias, su contexto y los alcances de lo que, con la frase, quiere decirse.
- Ahí viene el burro de Juan.
¿Qué quiere decir esta oración? ¿Que ahí viene un asno que es propiedad de Juan o que Juan es un burro y viene hacia aquí? La oración no es suficiente: falta su contexto y toda oración tiene su contexto y todo discurso, su intención, sus circunstancias, su ideología, su modo de construir la realidad. Por eso, cuando alguien nos dice “hola, buen día, ¿cómo te va?”, nuestra misión es ver en esta frase todo aquello que nos han querido decir y todo lo que no nos han querido decir también.
El periodismo no escapa a esto por supuesto. De hecho, habitualmente, ejerce la gimnasia del olvido a la hora de informar: da la impresión de que eso que llamamos noticia, como los niños de versiones del pasado, nace de un repollo; nace sin contexto y, desde allí, opera en su construcción de la realidad.
Las noticias parecen salir de la nada y provocar, apenas, un impacto en el instante. Por esto, entre tanta consagración de la notica sin contexto y tanta pequeña circunstancia que se convierte en ley, los fatigados consumidores de medios de comunicación concluyen el día, hiperinformados, perplejos y hasta ignorantes al fin.
“Los poetas enturbian sus aguas para que parezcan profundas”, escribió Friedrich Nietzsche en su inolvidable “Así habló Zarathustra”. Bueno, pues los periodistas también las enturbiamos y ni siquiera con la elegancia en el manejo de la palabra que tienen los poetas.
Claramente, preferimos que nos teman a que nos amen. Y en eso estamos.
Y con el arte, otro tanto. La música, por caso, es imposible de percibir sin tener en cuenta su contexto: no me refiero a la ilusión del silencio necesario para percibir esos sonidos y silencios que forman la música, sino también a sus contextos físico y simbólico.
Podemos entenderlo mejor, si nos atenemos a los resultados: no suena igual un blues a la vera del Mississippi que en un shopping o un tambor en África que en un quirófano o un gregoriano en una iglesia que en cancha o una quena en el Altiplano que en una autopista o una bulería en el Guadalquivir que en una central atómica o una tonada en el desierto lavallino, que en cualquier otro sitio del planeta tierra.
La música está atada a su origen y mucho compromiso debe exhibir una sociedad para que determinada música empiece a tomar valor por sí mismo, fuera de su lugar de origen. Por fortuna, esto también, con los años y con necesidad e intensidad, se vuelve habitual y el desierto lavallino termina siendo espacio de bulerías o tambores y en el Guadalquivir se puede escuchar una buena tonada: aun así, el contexto sigue siendo imprescindible.
La música, el teatro, la literatura, la pintura, la fotografía suelen ser los mejores mensajeros de la Historia, cuando la Historia nos harta con su discurso único. ¿Cómo desligar a la historia de un país de lo escrito y cantado por sus trovadores? Ejemplos: ¿cómo saber de la Grecia Clásica, sin saber de las obras de Homero –La Ilíada y La Odisea–, que, durante siglos, fueron dichas y cantadas, antes de ser “bajadas” a pergamino y cuero de animal? (Homero nunca las escribió, sino que las dijo, las cantó y así fue durante cientos de años en los espacios públicos de la Hélade, hasta que alguien finalmente las bajó a texto escrito).
Retomemos el hilo: ¿cómo entender la Guerra Civil Española, sin sus canciones de la resistencia y también las del otro bando? ¿Cómo aprender de la dictadura en Argentina sin escuchar a los comprometidos músicos de entonces?
¿Qué sería, sin sus contextos, del tango, el flamenco, el reggae y el punk? La música también es un constructo social, por eso, las mejores canciones son aquellas que sabemos todos.
¿Qué vuelve, entonces, popular a la música popular y qué vuelve académica a la académica? ¿El volumen de audiencia? Por supuesto que no: Pavarotti –músico supuestamente de élite– era oído en vivo por decenas de miles de personas y el exquisito Raúl Carnota –supuestamente músico popular– es oído por 100. En una cárcel o un barrio, puede cantarse música antigua y, en una academia, puede estudiarse a la Mona Giménez.
Aquí es cuando sirve apoyarse en el contexto, en el alrededor (todo el alrededor) de la cultura: para informar o para crear, para construir realidad, al fin.
Cierto es que el destino final de la obra será decidido por los otros, pero nosotros no tenemos ni apenas un porqué para renunciar a la decencia de hacerlo docta, justa, honesta y dignamente.
Vámonos con un último y viejo ejemplo: a todos nos encantaban las tetas de la Coca Sarli (disculpen pero hay que decir “tetas” si hablamos de Isabel Sarli) y, ahora, a todos nos encantan las de Scarlett Johansson, Mónica Belucci o Luly Zalazar.
A todas les encantaban los bíceps de Johnny Weissmuller y ahora a todas les encantan los bíceps de Brad Pitt o Daniel Craig o Mariano Martínez.
Sin embargo, esos mismos pechos y esos mismos bíceps arrancados y puestos sobre una mesada de cocina nos darían, por lo menos, asco, repugnancia. ¿Por qué? Porque estarían sin el contexto que los vuelve bellos.
De esto trata, entonces, la importancia del contexto.
Ulises Naranjo.