Los tres changarines que odian a los montacargas

La vereda del Museo del Área Fundacional, en la Costanera, es la parada habitual de Roberto, Mario y Oscar. Esperan que los busquen para hacer trabajos tan diversos como la limpieza de un jardín, la descarga de un camión o una mudanza. Están orgullosos de su oficio y por día ganar unos 150 pesos. Defensa de las políticas sociales y críticas a la clase media.

Oscar, Roberto y Mario tienen su parada en la Costanera. Foto: MDZ
Oscar, Roberto y Mario tienen su parada en la Costanera. Foto: MDZ

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A Roberto Villegas (64), Mario Olguín (59) y Oscar Martínez (57) les enorgullece su oficio: el de changarín. Reconocen que antes ganaban más, que la inseguridad o la sensación de inseguridad hace que algunos no se animen a contratarlos y sobre todo odian al montacargas, un invento que les quitó mucho trabajo.

Desde las primeras horas de la mañana, los tres se sientan en la vereda del Museo del Área Fundacional, ubicada en la Costanera y esperan a que lleguen sus clientes.

Los tres changarines, en su parada habitual de la Costanera.

Dicen que cada día es una sorpresa, que no saben dónde terminarán. Pueden pasar la jornada limpiando un jardín, pintando, descargando un camión de mercadería, repartiendo productos y hasta sacando los muebles de una casa, por un desalojo judicial.

Se ríen al enterarse que ayer el artista Joaquín Lavado, Quino, le deseó suerte a la presidenta, Cristina Fernández “en esa changa de gobernar”, durante la inauguración del Centro Cultural Julio Le Parc.

Ellos están orgullosos de ser changarines y dicen que cada cosa material que tienen y la educación de sus hijos la pagaron “hombreando”.

Sin patrón

Los tres trabajaron en relación de dependencia y durante años hicieron aportes, pero por distintos motivos se quedaron sin un empleo estable. Cuentan que siempre les gustó ser libres, no tener un patrón, pero ahora se arrepienten de no haber aprovechado las ofertas que tuvieron hasta no hace muchos años para ingresar a distintas firmas.

Roberto Villegas se definió como un "anti patrón".

Desde el momento que se quedaron sin trabajo, los tres decidieron hacer de todo un poco. No le esquivan a nada, e incluso aprendieron a hacer alguna labor en poco tiempo, si era requerida por los clientes.

Trabajando todo el día, hace años ganaban hasta 400 pesos en una jornada. Hoy, si logran reunir 150 pesos se tienen que dar por satisfechos.

Mario cuenta que cada trabajo es distinto y que se hace un arreglo con el cliente una vez que se visualiza lo que hay que hacer. No cobran por hora, sino por el esfuerzo físico que implica la actividad.

Descargar bolsas de arroz, limpiar jardines y piletas, hacer pozos, desmalezar terrenos, bajar chatarra de un camión, hacer reparto de galletas; esas son algunas de las labores que suelen realizar.

Un día pueden trabajar en una casa de la Ciudad, otras veces los llevan a Luján de Cuyo y otras pueden llegar hasta San Juan o San Luis, para hacer alguna changa.

Mario Olguín dijo que lo que tiene y el estudio de sus hijos los pagó "hombreando".

Dicen que hay trabajos que se extinguieron por culpa de inventos que la sociedad recibió con alegría. El montacargas es el más odiado por los tres, porque el aparato puede levantar en pocos minutos, lo que ellos habrían podido “hombrear”.

Para los changarines la industria de la madera también cambió, un rubro en el que trabajaban mucho. Antes venían las piezas de madera suelta y debían apilarlas, pero ahora todo llega listo.

La inseguridad, o la sensación de inseguridad también los afectó. Contaron que antes venía un vecino en una camioneta y los contrataba sin preguntar demasiado, ahora tienen temor, quieren que alguien les de referencias.

Pero hace tanto que los tres están en el mismo puesto, que muchos los conocen y el dato se pasa de boca en boca. Una señora para quien hicieron un trabajo de jardinería se lo cuenta a la vecina y esa es la mejor publicidad.

Sin quejas

Roberto, Mario y Oscar están orgullos de mantener a sus hijos con su oficio de changarín. No se quejan de nada, salvo de no tener trabajo como antes. El ahorro no está entre sus posibilidades, viven al día.

Los tres tienen aportes jubilatorios de la época en que trabajaron en relación de dependencia y eso les servirá para iniciar los trámites jubilatorios. Ninguno tiene obra social, aunque aseguraron que siempre los atendieron bien en los hospitales público.

Oscar Martínez llega cuarenta y un años en el oficio de changarín.

Los tres terminaron la primaria y secundaria, pero no pudieron seguir estudiando porque tuvieron que salir a trabajar. Por eso, se enorgullecen tanto de que algunos de sus hijos sean estudiantes universitarios.

Roberto y Mario se animan a hablar de política. Dicen que la gente no tiene memoria, que nadie se acuerda de los desastres que hizo Carlos Menem, ni cómo se vivía años atrás muchos argentinos.

Los hombres defendieron las políticas sociales actuales. Dijeron que lo más fácil es echarle la culpa de todo a la presidenta, que la clase media es “hipócrita” y que los que se quejan se van de vacaciones todos los años.

Roberto aseguró que siente tristeza cuando escucha duras críticas hacia la gente que cobra la Asignación Universal por Hijo. Ni él ni sus compañeros la reciben, pero se siente contento de que alguien que la pasó mal esté mejor.

Roberto, Mario y Oscar se encuentran todos los días en la misma parada, en la Costanera, a la espera de clientes que les ofrezcan trabajo. Repiten que están orgullosos de su oficio de changarín, el mismo que hacen desde que eran adolescentes y que les permite mantener a sus hijos.