Siempre hemos creído que educar significaba conducir, guiar, orientar, formar, asimismo hemos pensado que no era una mera representación en un escenario a través de la historia sino una puerta que conducía hacia las profundidades del alma humana. En el umbral, hemos estado esperando los docentes, aquellos que resistimos contra todas las tormentas que intentaban desbaratar nuestra obra maestra, el hombre viviente. Como la piedra que de a poco va formando el escultor, los docentes fuimos cincelando personas en su totalidad e imprimiéndoles nuestras propias huellas.
Hemos transitado períodos en los que no ha sido simple vislumbrar el sendero educativo, un camino que nos permitió convertir la vida en una aventura. Una aventura que fue sinónimo de búsqueda, de exploración y descubrimiento constante. De esa manera, la educación nos transformó en una herramienta capaz de vencer el vértigo y la adversidad, en un antídoto contra la violencia y en un bálsamo de amor como único remedio para resistir las transformaciones de los nuevos tiempos.
Así nos formaron para ser docentes, con una subjetividad distinta y, ahora ¿hacia dónde vamos? ¿Cuál es el sentido de nuestra búsqueda? Tal vez, tenemos claridad en algunos de nuestros objetivos pero, de algo estamos muy seguros, no es lo mismo educar en esta época.
Existe una separación, un desacople y una destitución de las instituciones, al decir de Cristina Corea en su Pedagogía del aburrido, que aún no percibimos completamente. Esa articulación que antes existía entre la escuela, la sociedad y el estado, relativamente armónica, hoy ya no funciona de la misma manera.
En la actualidad, observamos situaciones difíciles de soslayar en los ámbitos escolares: alumnos aburridos con saberes no logrados en las competencias consideradas básicas a nivel mundial, docentes frustrados deseosos de encontrar un espacio para la escucha atenta y el desarrollo del conocimiento y en un lugar inesperado una subjetividad emergente producida por los medios de comunicación. Una subjetividad que deviene de un discurso que tal como expresan Helena Casalmiglia Blancafort y otros: “constituye situaciones, objetos de conocimiento, identidades sociales y relaciones entre personas y grupos de personas. Es constitutivo tanto en el sentido de que ayuda a mantener y a reproducir el statu quo social, como el sentido de que contribuye a transformarlo.” Sumado a esto, miramos con asombro un Estado que a través de la historia ha buscado encontrar soluciones pero que aún no ha podido hallar políticas educativas tendientes a una mejora de lo que se ha denominado “calidad educativa”.
Desde esta perspectiva, estamos frente a nuevos desafíos. Es evidente que la perplejidad nos ha dejado sin defensas y cuando uno se siente vulnerable las soluciones no se vislumbran.
Sin embargo, la salida quizá esté en la incertidumbre. Si no hay respuestas es porque tal vez necesitemos más cuestionamientos. Es fundamental, entonces, repensar la educación, quizás desde nuevas políticas que se animen a escuchar las voces de los actores cotidianos, los alumnos y los docentes, tal vez, desde el ingreso a los nuevos universos discursivos para comprender diferentes lógicas de pensamiento o probablemente desde un recorrido diferente para enfrentarse a una memoria más frágil anclada solo en el presente.
Es conclusión, es posible afirmar que para lograr un cambio en lo educativo no hay una sola alternativa ni una sola respuesta sino múltiples interrogantes. Interrogantes que develen, desde una nueva subjetividad, la simulación reinante y forjen nuevamente una cultura generadora de transformaciones sociales.
* La autora de la columna es profesora de Letras y directora pedagógica de “Signo Educativo Producciones”, organización cuyas líneas de acción se enfocan en la problemática educativa.