Nadie se enamora de nadie en el paraíso. Están todos allí tan a gusto y tan satisfechos con sí mismos que es imposible que el amor nazca. El amor, ya saben, es ese camino para desandar una ausencia, pero jamás para inventar una presencia. El amor es una herida que decide cerrarse, pero jamás un blindaje para la piel del enamorado. El amor es el fruto de los desesperados y los pacientes, jamás el de los hinchados, los presuntuosos y los biempensantes. El amor es el perfume, no el jazmín.
Por eso, amigos, si quieren encontrar amantes, búsquenlos en el pecho mismo del infierno, que es allí donde el amor nace y crece como una flor imposible, que es allí donde el amor se hace fuerte a costa de tantas indefensiones, que es allí donde el amor se dice, a bordo de la nave de lo indecible. Si Romeo y Julieta -ese par de adolescentes suicidas de Verona- hubiesen sido aceptados por montescos y capulettos, sus destinos no serían inmortales y colectivos.
- Che, Carla, ¿te parece que nos casemos?
- ¿Qué? No. No… ¿Me estás hablando en serio?
- Sí, boluda, te estoy hablando en serio.
Estamos en la cárcel, esa versión apropiada del infierno en la Tierra. Estamos aquí porque Carla y Ricardo se aman y han decidido decírselo al mundo. Conviven desde hace meses en el mismo calabozo; son, en los hechos, marido y mujer, pero para ellos no es suficiente. Carla es Carla, aunque su documento diga Carlos Ledesma, y Ricardo Riveros es también mucho más que aquello que su documento sintetiza.
Ahí los vemos tomados de las manos y decimos: ¿cuántos obstáculos es capar de sortear el amor cuando aparece? La aceptación de la esperanza en el encierro, de la propia sexualidad y la del otro; la confesión a las familias, la vivencia del amor como forma del encuentro, la mirada por encima de los muros, la confianza en la construcción del afecto, el cariño como talismán contra los barrotes, la valentía de amarse en plena cárcel, la entereza ante la mirada social, ante la propia de los otros presos, de los guardiacárceles, en fin, el amor como invención de uno mismo en los ojos del otro.
Es una boda y estamos invitados. Las cárceles presumen de la capacidad de no nombrar, de innominar, de vestir de gris toda posibilidad de júbilo. Suelen decir los periodistas que no hay noticias buenas o malas, sino simplemente noticias, y no es verdad. Un casamiento en una cárcel o un nacimiento es una buena noticia; una traición u otra traición son malas noticias. Que en este país la gente quiera y pueda casarse con quien quiera y donde quiera es una gran noticia. Por eso, cada uno a su modo, cada uno como puede, lo celebra.
Los novios están guapísimos, tanto como nerviosos. Los familiares y testigos, pocos pero suficientes, también lo están. Nadie dirá nada en voz alta, nadie dejará escapar una carcajada. El beso que sella este amor será débil; los abrazos de las madres, tibios y cortos, y el silencio respetuoso de guardias y autoridades, hondo.
La ceremonia está definitivamente marcada por la presencia de periodistas: ocho fotógrafos y tres camarógrafos, cronistas y movileros, todo lo delatan. La noticia de un casamiento igualitario será expandida para solaz de los tolerantes y livianos y furia ciega y anónima de los conservadores intransigentes.
Por suerte, la oficial del acto, Antonia Tinelli, es una mujer agradable y todo lo facilita en esta boda, que es también acto jurídico trascendental para la vida de esta familia y también de nosotros, el Estado. Los novios, tomadas sus manos, como maderos, se juran fidelidad, asistencia, provisión de alimentos y convivencia en común, siempre y cuando mantengan sus conductas, de modo que no sean alojados en pabellones diferentes.
Aquí están, mírenlos: bellos y puros como pájaros con frío. Carla Ledesma, artesana de Guaymallén; Ricardo Riveros, albañil de Maipú. Un buen día, en un recreo de pabellón, sus destinos se cruzaron y el amor fue otro tatuaje y se mudaron al mismo calabozo y todos los pecados del mundo se pintaron de verde. Ahora, lucen guapísimos y rodeados de micrófonos:
- Un día de visita vino el Ricardo y me dijo que nos casáramos. Yo no le creía, le dije que no le creía… Y ahora estamos casados y no lo puedo creer tampoco…
- Ya la venía viendo, vigilándola, desde que estaba en el pabellón de menores adultos, pero ella se hacía la boluda, no me daba bola. Hasta que me trasladaron al mismo pabellón y la encaré. Ahora estoy contento, es una alegría, compartimos todo y nos entendemos. A mí no me importa lo que digan, que si es hombre o no hombre. Yo a ella la amo.
- La convivencia es genial. Nos entendemos, nos comprendemos y un te quiero arregla todos los problemas. Con él, hasta hemos charlado de adoptar a algún niño desamparado…
- Queremos salir con Carla y trabajar y portarnos bien. Yo ya me cansé de hacer las cosas mal y Carla me hizo abrir los ojos. Mi familia sabe que voy a cambiar. Por estar en cana perdí todo. Basta ya de andar pelotudeando.
Les agradecemos. Les deseamos toda la felicidad del mundo. Allí, en un cuartito, espera una torta con dos novios de la mano para ellos. Dice la torta “Para vos con amor”, ¿y quién podría ser tan cruel y desalmado como para no conmoverse esta mañana?
Sebastián Sarmiento, director general del Servicio Penitenciario, dice cosas importantes: “Este es un hecho trascendental. Da certeza y derecho al cariño entre dos personas y nosotros damos muestra de tolerancia ante la diversidad. Esta es una apuesta a futuro y ayuda a la reinserción de estas personas. Nosotros apostamos por el cumplimiento de la ley; somos la primera cárcel de Latinoamérica en casar personas del mismo sexo, y seguiremos apoyando estas iniciativas”.
De a poco, los flashes molestan menos y el cariño de la familia se muestra más. En estos lugares, las cárceles, la vida está tan amenazada por la muerte que sus respuestas son breves, pero intensas, mudas pero hermosas. En eso los dejamos. Vivan los novios, gritamos para adentro. Quiera el destino que Carla y Ricardo envejezcan tomados de la mano: sería todo un detalle para dar cuenta de que, al menos para los malheridos, el infierno con sus sombras es más nutritivo que el paraíso y sus cascadas.
Digámoslo otra vez: todas las historias son historias de amor, pero esta, además, es hermosa y nutritiva.
Texto y fotos: Ulises Naranjo.