La última dictadura se identificó con la Patria, quienes crecimos en ella odiamos la Patria por considerarla un producto del ejército, que se había apoderado de la historia, la cultura, la verdad, la justicia y que hostigaba al pueblo con sus políticas de exclusión, silencio y exterminio. Es por eso que preferíamos decir Nación Argentina, que es un término más abarcativo, que no tiene fronteras y que al igual que el lenguaje sus límites políticos son siempre conquistables. La Patria eran la Sociedad Rural, Galtieri, Videla, Massera, López Rega, en cambio la Nación eran los trabajadores, los amantes salvajes, los profetas, los poetas, las mujeres valientes, los músicos de rock, las madres, los locos y los marginados. Esa tajante separación antagónica no pudo ser salvada por los primeros años de la democracia. La transición hacia la libertad de pensamiento fue tan lenta que casi agotó sus fuerzas en el primer periodo de gobierno.
La democracia se identificaba entonces con el gobierno nacional y este, casi por descarte, se identificaba con la Patria. Como el gobierno democrático no podía con los saldos pesados que heredaba, entonces la democracia tampoco servía, el gobierno nacional era inútil, el significado Patria otra vez estaba maldito. La política en democracia era obsoleta, “con la dictadura estamos mejor” decían las vecinas, “a mí los milicos nunca me molestaron” decían los señores. Si la dictadura había fracasado y la democracia no servía, entonces el problema eran los argentinos, los que decían Patria y los que preferíamos decir Nación: todos los argentinos. Los humoristas de la época (Luís Landriscina, Enrique Pinti, Nito Artaza) retomaron las mismas banderas del pesimismo para llenar los teatros y recibir aplausos calurosos y risotadas de los mismos argentinos que se identificaban como lo peor. “El argentino hace papelones en Europa, no sabe comportarse en el exterior, se roba las toallas de los hoteles, si encuentra algo en un aeropuerto no lo devuelve, es un grasa vagabundeando en el primer mundo”. El único defensor de la identidad nacional en el ámbito público y masivo era Maradona, pero su argentinismo de los suburbios alardeaba demasiado y molestaba a las capas medias, que no querían ser identificados en el exterior por un cabecita negra que le reprochaba al Papa sus riquezas, que desafiaba a los poderosos con la misma fiereza y altanería que contra cualquier otro contrincante. Este niño diez no era de oro sino de barro, y el barro ensucia y queda feo. “Matemos a Maradona. Se droga, va de putas, tiene hijos con otras mujeres, que se guarde el diablo de identificarlo con el argentino-medio”.
Así las cosas, la democracia se devaluaba junto a la moneda y el nivel de vida de las clases medias. La democracia en los noventa se identificó con la corrupción y el desprestigio. Si decir patria era decir democracia y decir democracia era decir política: ser político y patriota significaba ser corrupto. Los argentinos iban a votar por obligación y en sus sobres colocaban la imagen de sus próceres escolares por creerlos inmaculados, a-políticos, a-partidarios, a-democráticos, a-libertarios, sin conocer siquiera algo de sus vidas. Pero por sobre todo los votaban porque sabían que no podían ejercer ese poder. De haber sabido la vigencia que tenían las intenciones políticas de San Martín, Castelli, Belgrano o Moreno, no lo hubiesen votado, los hubieran calificado de zurditos, subversivos, peronistas, montoneros. Pero por supuesto que estos “héroes” de la historia no pudieron zafar del perspicaz pesimismo periodístico, que a la brevedad editó libros de “chimentos” históricos y trató de desprestigiar a sus propios próceres lo mejor que pudo, no sea cosa que los argentinos crean que “alguna vez” existieron argentinos “pulenta”.
Al finalizar el siglo, los jóvenes, por su edad, su convicción de rebeldía, su condición de eternos descontentos, desdeñaban de la política, y ni hablar de la patria. Mientras que la palabra Nación era una vieja canción que a veces se filtraba en algún fogón en el día de la primavera. Los pocos que se interesaban por las prácticas políticas tenían que rastrear revoluciones en héroes ajenos, los Subcomandantes Marcos y los Che Guevaras subieron al podio de “santos en remeras” junto a los ídolos de rock. Los revolucionarios argentinos no servíamos ni para crear ilusiones, todas nuestras “revoluciones” habían sido golpes de Estado y nuestros rebeldes desaparecidos o reciclados por el sistema. La argentinidad se reducía al mate y al asado, “verás que todo es mentira, verás que nada es verdad, gira, gira”, la “única salida era Ezeiza”.
Sin embargo no hay mal que dure doscientos años, y hoy la argentinidad se vive de otra manera. Millones de argentinos salieron a las calles a festejar su mayor fiesta patria, festejaron un hecho simbólico, algo intangible pero creíble, deseban identidad, tenían sed de esa historia y querían ser parte de ella. Después del peronismo, esa identidad con la Argentina sólo la había logrado el fútbol. Este fin de semana diez millones de argentinos votamos a una mujer pre-candidata a presidenta, muchos de esos millones son jóvenes, de clases medias y de clases bajas. La idea de Patria se hace grande, se extiende y se va acercando a la idea de Nación. Los genocidas indultados ahora son enjuiciados, y no sólo ellos, también los jueces, y luego vendrán los empresarios, los periodistas, los escritores de la mentira. El pesimismo sigue firme en su diáspora de amargura pero le cuesta más llegar a ser verosímil, es menos eficaz y queda casi siempre offside. ´
La argentinidad crece en la práctica democrática, la lucha política se ejerce en las canchas, en las aulas, en las redacciones, en las sales de profesores y maestros, en las oficinas, en las fábricas, en las mesas de los domingos. Los jóvenes siguen inventando ídolos, se siguen enamorando de las utopías, van a buscar la palabra de sus próceres para oír lo que dicen desde las rendijas de la historia. Por ahora, en este instante, la identificación de los argentinos con su historia es genuina, se construye desde la memoria y la verdad. La Argentina significa democracia, alegría, esperanza y futuro. Creo, estamos creciendo.
¡El día de la Argentinidad!
Durante décadas la argentinidad fue una construcción simbólica con identidad negativa. "Cualquier significante argentino estaba maldito", aporta este sociólogo. Si un artículo industrial era de producción nacional era malo, sobre todo si se lo comparaba con el importado que siempre sería mejor, sin importar en que país había sido producido.