Resentimiento de clase

"Solemos generar escándalos entre esa gente que cree prescindir de ellos por suponerlos extravagantes. La gente que está muerta no es extravagante. Para justificar lo incoherente de nuestro accionar tenemos una explicación", columna del sociólogo Claudio Fernández.

Con Fernando tenemos una manera muy particular de concebir la existencia. Hacer el ridículo es una de nuestras mejores herramientas cognitivas de percepción. La pérdida del pudor nos ha ayudado a solventar grandes gastos anímicos. Aún así debo admitir que cuando en la mitad de la noche Fernando sugiere “arriba todos, es un día de sol” un sudor polar resbala por mi conciencia y ya es tarde para arrepentimientos.

Solemos generar escándalos entre esa gente que cree prescindir de ellos por suponerlos extravagantes. La gente que está muerta no es extravagante. Para justificar lo incoherente de nuestro accionar tenemos una explicación. Sufrimos de un karma social que la sociología menduka no lo sabe precisar más que como una contradicción dentro de la posición estructural de clase Q’est-que vous voulez? (¿?). En criollo quiere decir que al carecer nuestros gustos burgueses de medios para ser solventados como debieran, se engendra en nuestro espíritu un resentimiento de clase del que no te salva ni el diablo. En el fondo cada acción está marcada por ese estigma vengativo de la orilla.

Como primer medida nos enamoramos de niñas bien vestidas y con graves desordenes psíquicos, con el sólo propósito de escribirles poemas que jamás entenderán y justamente por eso los consideraran sublimes. Desearían que sus novios, al menos una vez, digieran algo más interesante que “ahhh...”. Pero claro, con ellos están a salvo de cualquier inclemencia. Lo que sucede es que somos impresentables, y no es que no seamos educados, todo lo contrario, sus madres nos aman, pero cuando la nena se descuida le mostramos nuestra herida abierta a quien nos pida una opinión. Por eso es que nos reciben en privado. Si alguien viene tenemos que huir o disimular que somos plomeros full time. En fin.

Cuando estamos muy aburridos salimos a esos bares de supuesta fama donde confluyen los jóvenes intelectuales, y antes que algo nos sorprenda, provocamos al primer orate que haciendo gala de sus horas de ocio y meditación se despache con una cita de Heidegger. Le decimos de todo de su madre y de sus hermanas, hasta que el tipo se engrana, y allí no más lo invitamos a trompearnos en la vereda. Semejante desafío popular  es casi siempre desdeñado por el oponente por considerarlo improcedente. A pesar de nuestro empeño jamás le hemos pegado a nadie, y eso que más de uno se lo merecía.

Somos inofensivos. Si alguien nos pregunta por qué estamos parados frente a un edificio-a las tres de la mañana-bajo la lluvia- lejos de casa-sin un peso,  le respondemos: “estoy buscando motivos para escribir”. Es la mejor frase para persuadirlos de nuestra cordura. El espíritu del poeta no se alimenta sólo de ilusión, hay que salir a buscarla y es allí en donde se templa la hidalguía y la caradurez.

En las tardes de somnolencias nos gusta salir de vago. Visitamos a nuestros colegas y recibimos críticas de nuestros desarreglados comportamientos. Si en la semana nos sobra algo de tiempo vamos a trabajar o estudiamos. Los domingos acudimos al cine de los universitarios para saber como vive la gente lejos de aquí. A la salida degustamos el malbec de la reconstrucción, con él pasamos en limpio la semana y desalineamos el devenir. No estamos tan locos como las chicas creen: simplemente somos sinceros.