Silanes, los héroes y la ingratitud como moneda corriente

He aquí uno de los nombres más grandes que ha dado la literatura de Mendoza a lo largo de su historia. Cien premios internacionales y dos nominaciones al Príncipe de Asturias. Sus libros son usinas de bellezas, honduras y silencios. Es nuestro, sin embargo, ¿quién conoce a este hombre que nos llena de luz?

Foto: Ulises Naranjo / MDZ.
Foto: Ulises Naranjo / MDZ.

Pocas ideas más nutritivas que la del héroe, ese ser que se convierte en tal no por sus osadías gimnásticas, sino por asumir los valores de su pueblo, incluso a pesar de su propio pueblo, que tanto le debe y que muchas veces le da la espalda. En la actualidad, los héroes se han permitido algo que, antes del Renacimiento y el Romanticismo, hubiese sido un pecado capital: mostrar sus contradicciones. Hacer lo extraordinario y convivir con lo ordinario son sus reglas. Los héroes nos dan la sabiduría de lo eterno, al tiempo que sus manos y sus pies –llenos de barro– no aciertan a encontrar el rumbo que los lleve, por ejemplo, a la cola del cajero, a la mesa del restorán de moda o a la popularidad, como síntesis de la suma de groserías que nos constituyen.

Aquí, tenemos, por caso, a Raúl Silanes, uno de los nombres más grandes que ha dado la literatura de Mendoza. Nadie imagine que a Raúl lo detendrán fans en la calle como puede ocurrir con Jorge Sosa, Gabriel Canci o Gisella Campos. No: lo de Silanes es otra cosa. Lo de Silanes es el silencio estricto que se hace verbo, la soledad o la breve compañía, el barrio lasherino al pie de los cerros, la fatiga de las novelas, el equilibrio en bicicleta sobre el cuero del mundo, la alegría de sus nietos mirándolo a los ojos y su lucha por dar con la palabra justa, no mucho más… Es, si bien lo miramos, un héroe ermitaño y desocupado, que se ocupa escribiendo libros. Vamos a hablar con él. Y vamos a hablar mucho, y veremos si el lector que nos favorece con su lectura es, esta vez, un lector de largo aliento.

“La soledad es condición para la literatura y la poesía... Es algo jodido, pero te exige estar lejos de los halagos de tus pares, de la exposición pública, de la felicitación de tus pares… El novelista, por ejemplo, es un maratonista: no ganás si no te entrenás para correr más de 40 kilómetros. Y te entrenás solo”, suelta el exiliado. Y calla: sabe que le alcanza con una mano para contar las entrevistas que ha dado en los últimos diez años, pero también que está en manos de un amigo. 

Silanes es un enorme escritor, hondo, lúcido, pertinaz, bello, pero –a los efectos de la cosmética– digamos mejor que ha ganado decenas y decenas, tal vez unos cien premios literarios internacionales, en Francia, Italia, Estados Unidos, India, Alemania. De hecho, Silanes acaba de ganar un premio internacional por su novela “Difuntos”, el “Fundación Carla Roberti”, en Italia. Hace unos días nada más volvió de recibir el galardón en el Rose Garden Palace de Roma. Por esa misma novela, le fue negado el premio de novela de la Municipalidad de Mendoza (es como si, discúlpese la comparación, que involucra a este escriba, si en la Lepra vieran un video de Messi y lo rechazaran y, por el mismo video, el Barcelona pagara una fortuna por el jugador).

A los 19 años, Silanes recibió el premio Furman, en Estados Unidos y lo editó La Sorbonne de Paris. El, por entonces, más que en el honor, pensaba en aquellos 10.000 dólares que le servirían para sacar a su familia del Barrio San Martín y buscar otros horizontes. También ganó ese país el “Robert Lowell". Ningún extranjero jamás había ganado tal distinción. Además, y esto casi nadie lo sabe, Silanes ha sido nominado dos veces para el Príncipe de Asturias. A todas luces, Silanes es un héroe: tiene incluso, hasta el rechazo de su pueblo e instituciones.

Conocé a Silanes  y su obra literaria vía Wikipedia, haciendo clic aquí. 

En 1958, su madre embarazada fue a pasar unos días a Curicó, Chile, y el destino quiso que allí naciera, prematuro, Raúl. Cuando se recuperó el niño volvió a Su Mendoza. Ya crecido y exitoso en su intimidad literaria, nació el mito de “el chileno Silanes”: “Durante mucho tiempo, hubo gente que utilizó esa muletilla, la de ‘chileno’ para descalificarme; aunque yo fuera argentino, viviera en Mendoza y hasta tuviera tres hijos argentinos y mujer argentina… Viví siempre con mi familia, en la queridísima Cañadita Alegre, a dos cuadras de don Hilario Cuadros, de cuyos hijos fui amigo. Ese ‘detalle’ de nacimiento accidental, le sirvió a muchos para dejarme afuera de un montón de cosas. Lo que por otra parte me hizo más fuerte y agradezco ese tipo de gestos de muchos. Recuerdo que hasta Andrés Gabrielli y Pedro Straniero hicieron una canción, ‘Guanaco del sur’, creo que se llamaba, cantada y grabada por alguien de Markama. En la canción hablaban de eso, de mi chilenidad, claro, con muy buena onda”.

Así ocurre con los héroes: más temprano que tarde, son negados por su pueblo y deben apartarse, a Boulogne Sur Mer o al piedemonte lasherino: “Debo ser el único mendocino –no el único escritor, sino el único mendocino, porque han llevado a todos– que nunca, jamás, protagonizó la Feria del Libro de Mendoza, donde han traído hasta a Araceli González –y su hermosa figura, sus piernas largas, en fin, fue un acierto). Por eso, cierto mito crece y yo me aparto, me encierro sin joder a nadie, escribo en silencio y sin publicar en Mendoza y en Argentina, por decisión propia, desde que en 1999 salió “El Cielo” y en nuestra tierra no apareció ni en los avisos fúnebres”.

¿Quién es Silanes, entonces? Pocos lo saben, aunque esté al alcance de la mano: “Hace como cinco años, a un licenciado en Comunicación Social con interés en Letras, con muy buena voluntad, se le ocurrió hacer su tesis de carrera sobre ‘lo que pasó con el escritor Raúl Silanes, durante su estadía en Mendoza’, basándose en que le habían contado de mi ‘chilenidad’. El universitario se metió de cabeza en el tema: hizo más de 600 páginas y le pusieron un diez. Con esas páginas bajo el brazo, logró una beca de investigación, y siguió avanzando en la locura: rastreó en mi obra datos autobiográficos, visitó la casa donde viví de niño en la Cañadita Alegre y el colegio de los Jesuitas donde fui pupilo desde los cuatro años; también el colegio Agustín Álvarez donde terminé como abanderado, la farmacia donde trabajé de noche durante la dictadura. El académico, Martín Campos se llama, entrevistó a más de cien personas, entre ellas a mi entrañable maestro Leonardo Favio y leyó todos mis escritos publicados y rastreó todos mis premios literarios. Debe saber más que yo de mí mismo. Un día alguien le dijo que yo seguía viviendo en Mendoza y que nunca me había ido del lugar donde estaba. El muchacho había gastado cuatro años de su vida escribiendo, investigando, moviéndose con una paciencia envidiable, sacando fotos de lugares y yo vivía a diez kilómetros del centro de Mendoza. Finalmente, sintetizó las más de seiscientas páginas que había escrito, dejando ciento cincuenta con lo esencial, y le llevó el resultado a Marta Castellino, quien le aconsejó tratar sólo lo literario con algunas pinceladas de mi vida y, de última… hacerme una entrevista… Si yo vivo a media hora del centro”.

- ¿Por qué te guardás?

- No tengo trabajo ahora y no salgo mucho de mi casa. Ahora dependo de los premios literarios: a veces ando bien y otras veces ando mal. Mi obra se vende un poco Estados Unidos, Francia, España e Italia. En Francia, el año pasado me incluyeron en una antología de las diez novelas más interesantes de ese país; el libro fue editado nada menos que por la Universidad de Burdeos.

- ¿Y qué te pasa con Mendoza, qué le pasa a Mendoza con vos?

- Mendoza es muy curiosa. Mendoza me ha hecho como soy: algo huraño, solitario, un niño de la calle que estudiaba y escribía y trabajaba al mismo tiempo, que a los once años ya había ganado varios premios literarios, que recibió de Antonio Di Benedetto una máquina de escribir usada como regalo, que cruzó los Andes en bicicleta, que escaló el Aconcagua, que tuvo la fortuna de abrazar en vida al Padre Contreras y al Padre Llorens, que vivió en una villa miseria para esconderse de la dictadura, que amó mujeres hermosas y debe haber sido amado por ellas (una le dio tres hijos), que fue ninguneado por muchos

- Si no fuera porque sos notable, tu historia –de tan difundida– no sería de las notables…

- ¡Pero claro! La verdad es que no soy el único, aunque tal vez sea uno de los pocos que no se va de esta tierra arisca, aún en semejantes condiciones, como se fueron muchos. Y los recuerdo ¬–sin compararme con ellos– a talentosísimos como Le Parc, Hoffman, Gregorio Manzur, Giménez, Abelardo Arias, el querido Di Benedetto (ultrajado al máximo y repatriado para burlarse de él), Alonso, Quino… Mendoza me da mucha pena, no por mí, porque a mí me forrean como a tantos otros, no soy ninguna excepción. Pensá en gente grandísima como Ramponi, Draghi, Burgos, Borghello, pobrecito, cómo le dieron… Sin hablar de tipos recontra grosos como Cipolletti.  No por mí, te decía, me da pena, sino por muchos que se rompen el lomo en silencio, viviendo (si se puede llamar a eso vivir) en las peores condiciones y a los que si puedo ayudo.

- Los mendocinos somos ingratos con nuestros héroes…

- Nos hemos dado lujos inconcebibles, como ningunear a un santo como el Jorge Contreras…. ¡Ninguneamos a un santo! ¿Cuánta gente se va a acordar que pasó por este mundo y vivió en Mendoza el cura Jorge Contreras? El era un motor enorme, un orientador en mi vida y la de muchos –en el arte de no bajar los brazos–. Y aquí viene la paradoja: así y todo, estoy orgulloso de ser mendocino, y lo reflejo en mi obra…

- Estás en Roma en este momento, ¿la seguimos en Mendoza en unos días, en un café?

- Dale. Puta madre, soy un boludo, ¡cómo extraño mi patiecito, las plantitas, pedalear por la montaña en mi bici de ruta! ¿Cómo está el clima por allá? ¿Ya empezó el invierno?

- En el pecho, sí…

El otoño ha dejado sus amenazas y exhibe una contundencia de luchador peso pesado: es bello hasta en la avenida Las Heras. Silanes viene calle abajo y, luego del abrazo, y las confesiones personales, elegimos un lugar discreto del café para seguir la charla publicable…

- Tenemos mentes retorcidas, cuando escribimos, ¿no?

- Totalmente retorcidas. Cuando escribo y cuando vivo, sólo hago silencio ante dos personas en el mundo: mi nieto y mi amigo Leonardo Favio.

- Contame una anécdota de viaje…

- En 2001, estaba en España, en el Reina Sofía, recibiendo de los mismísimos reyes de España un premio literario, frente a 3000 personas. En los televisores del hotel, en todos lados, se veían espantosas imágenes de la crisis en Argentina. Yo, mientras recibía el premio de manos del rey pensaba qué carajo hago acá, mientras el pueblo está saqueando el Atomo de Las Heras. Después, todo termina en un libro; esta charla también.

- Contame algún hecho que hayas vivido y que haya dado origen a una de tus novelas…

- Estaba en Buenos Aires, en una parrillada. A las tres de la mañana, el parrillero, de blanco total, se sacó su delantal, se arregló el pelo, se puso un saco y, debajo del mostrador, sacó una guitarra y se perdió en la noche. En ese instante, comprendí todo de él y salí corriendo al hotel a escribir en mi libretita y esa noche no dormí. Esa imagen, dio origen a mi última novela, “Difuntos”, la que premiaron en Italia. Imaginé que ese cantor se fue a escribir la mejor canción jamás escrita, “El niño y el canario”, de Hilario Cuadros, que en una parte dice así:

“La cajita de madera
la misma que contuviera
lapicitos de color

Fue la morada postrera
de aquel que en su vida fuera
su más preciado valor

Y en el jardín de su casa
a distancia muy escasa
de un legendario nogal

Lloró la pobre criatura
al cavar la sepultura
de su cantor sin igual”.

- Escribís un cuaderno, todavía…

- Siempre. Voy a todos lados con cuadernos y libretas. Y siempre hay uno en el piso, tirado, al lado de mi cama. De noche, todas las noches, me despierto y escribo. Y sigo durmiendo, hasta que sigo escribiendo.

- Subyace en todo lo que charlamos una ingratitud muy grande respecto de un reconocimiento social que no buscás, pero que a mi juicio merecés… Y no son muchos los mendocinos que logran tanto en lo suyo y permanecen en territorio de cierta ingratitud…

- Ya no pienso mucho en eso.

- A lo mejor es el precio que no tiene que pagar por hacer lo que hace. Este despecho, este desprecio, esta falta de ‘gloria social’ es lo que te constituye, lo que te hace escribir de la manera que lo hacés. ¿No te parece?

- No sé. ¿Y a vos qué te parece?

- Que no.