Ernesto Sabato se fue con la discreción que tuvo siempre. Su vida atraviesa por completo las luces y las sombras de los últimos cien años en la Argentina, no obstante, no debemos buscar en él a un protagonista de los hechos, sino más bien a un testigo, lúcido, claro, pero circunspecto, desafectado.
Sabato, quizás por este afán de distancia y autoexilio, no terminó de contentar a sus supuestos fanáticos ni terminó de enojar a sus supuestos enemigos.
Muchos de quienes llegamos a él desde la literatura, creemos que Sabato nos dejó en deuda con su obra. Sabato, ciertamente, no terminó de ser un escritor y un pintor para muchos de nosotros y tal vez no haya terminado de ser un hombre de ciencias para otros. Y tal vez para muchos no terminó de definir su postura activa respecto de la imprescindible militancia por los derechos humanos post Informe Conadep. Y tal vez para muchos no terminó de abandonar su pertenencia, desde el ámbito intelectual y desde el seno de una familia de clase media argentina, a la rancia tradición del país, tan vinculada a los poderes militares como a los poderes económicos de nuestra historia.
Tal vez, en realidad, en realidad, Ernesto Sabato fue mucho más que un escritor, un científico –físico, investigador–, un militante de los derechos humanos y un exiliado en su propia tierra. Tal vez, dejarnos con hambre fue su estrategia para ganar inmortalidad.
Sabato se fue un sábado. Aquellos que disfrutamos de la inmensa intimidad primera que mostró en “Uno y el universo”, aquellos que nos maravillamos hasta lo indecible con “El túnel” y vimos nuestra propia historia ganar carga de símbolo con “Sobre héroes y tumbas”, hoy podemos estar francamente tristes y agradecidos.
Aquellos mismos que nos partimos de emoción cuando Sabato entregó en mano a Raúl Alfonsín el Informe Conadep, como quien entrega una garantía de que los nuevos tiempos son ciertos, hoy podemos estar francamente confortados y contundentes hasta el último latido bajo el lema “Nunca más”.
Algunos de nosotros hubiéramos querido más de él: más novelas, menos silencios y mayor militancia en las luchas por la justicia y la verdad en la Argentina, pero ¿quiénes somos nosotros para esperar determinadas conductas, cuando ni siquiera son preclaras las nuestras?
Tanto vivió este hombre y tan poco nosotros, que hemos perdido en este apuro de la despedida, los recuerdos de aquel Sabato ferviente comunista de los primeros años, opositor a la dictadura de Lenin y aquel luchador de las reformas universitarias en la Argentina.
Y también aquel otro, el de aquellas amistades bohemias, aquellas noches parisinas perdidas con encantadores surrealistas y existencialistas de primera mano… Alguna vez escribió: “Durante ese tiempo de antagonismos, por la mañana me sepultaba entre electrómetros y probetas y anochecía en los bares, con los delirantes surrealistas. En el Dome y en el Deux Magots, alcoholizados con aquellos heraldos del caos y la desmesura, pasábamos horas elaborando cadáveres exquisitos”.
Sabato, como Borges, Huidobro, el recientemente fallecido Gonzalo Rojas y algunos otros escritores de esta región, tuvo la inmensa gracia de estar en el momento justo y en el lugar adecuado: la Europa de entreguerras del siglo XX, el caldo de cultivo de tantas maravillas artísticas e intelectuales que hoy nos constituyen. Y Sabato, a su modo, un en su medida, fue tomando las formas de la versión argentina de Camus, con algo de Sartre, algo de Sagan, algo de Beckett. Esas mezclas de tormentos y de luz, de pensamiento y paisaje, de reflexión y pulcritud que llevó adelante, pues esas mezclas iluminan, incitan a dar las gracias.
Tanto vivió que hay que decirlo: vivió mucho y nosotros, a fin de cuentas, lo hemos conocido poco, porque estamos acostumbrados a los grandes hechos y, con los años, lo grande se hace pequeño; todo, menos los juramentos cumplidos y los libros.
El escritor de palabra santa; el pintor de trazos tímidos; el comunista torturado por sí mismo; el antiperonista que amó a Evita; el que trabajó para los militares y el que investigó sus genocidios; el del Informe sobre ciegos y el del Informe Conadep: todo se ha ido con él, pero todo nos lo ha dejado a cada uno de nosotros.
Acaba de morir Ernesto Sabato, hace unas horas y, con la impudicia que caracteriza a aquellos que hacemos de la palabra una actitud, escribimos sobre su legado. Y es que cierto que es que, por aquí y por allá, de uno y otro lado del mar, muchos ya lo estamos extrañando y, repitámoslo, dándole las gracias por lo hecho.
Se ha ido un maestro –tal vez el último que nos regaló el siglo XX–. Apenas le faltaban días para cumplir cien años. Seguramente ha de haber pensado que no resultaría ni discreto ni elegante protagonizar semejante escándalo. Y decidió partir antes de que llegara esa hora.
Ulises Naranjo.
"Nunca más": ha partido el maestro Ernesto Sabato
"El escritor de palabra santa; el pintor de trazos tímidos; el comunista torturado por sí mismo; el antiperonista que amó a Evita; el que trabajó para los militares y el que investigó sus genocidios; el del Informe sobre ciegos y el del Informe Conadep: todo se ha ido con él", dice nuestro editor Ulises Naranjo en ésta, su despedida.