Este es el caso de “N”, que mantenía una relación de más o menos un año a la que apostaba –inconcientemente, porque a todo el mundo le decía que era un touch and go, que solo se divertía, que no era nada- en secreto porque la otra parte estaba a su vez en pareja.
Al cumplirse el año de idas y venidas, y viendo que la situación no cambiaría, decidió cortar por lo sano y poner punto final, antes de que el enojo, la frustración o la bronca opaquen lo lindo vivido.
Sin embargo, luego de ese corte –en teoría definitivo-, los encontronazos se sucedían de vez en cuando. Había buen sexo, excelente piel, mucha onda y diversión. Pero la otra parte, no cambiaba: seguía con “la legal”.
Una amiga, llamémosla “Purita”, le propuso entonces implementar el “good bye sex”: una fornicada rimbombante, portentosa, apabullante que sirva como broche de oro y que, en el futuro, se transforme en una anécdota para contar con orgullo y vanagloria.
Definitivamente, la propuesta desde una primera aproximación sonaba contradictoria: Si no lograba desengancharse… ¿Qué bien podía hacerle un encuentro íntimo con todos los chiches?
Pero pensándolo mejor, y poniéndose una mano en el corazón… la idea luego no le pareció demasiado descabellada: la relación fue duradera pero ciertamente se estropeó. Sin embargo, el sexo con esa persona era buenísimo: ¿Por qué negarse a una última vez?
Conocedora de las posturas desenfadadas de Purita, un amigo, Carlitos, trató de convencerla de que eso del “good bye sex” era una ridiculez.
“Eso no existe, sencillamente. Tuve sexo con ex novias diciéndoles que sería la última vez, que era el cierre de la relación… y ahora son amantes. Cada tanto nos damos masita”, explicó.
“Yo te voy a explicar una cosa”, dijo la consejera Purita. “Cuando sos consciente de que tu relación se estancó, de que algo se rompió, de que ya no es vívida, verídica, desafiante para ninguno de los dos y sin embargo reconocés que estuvo buena, que fue placentera; es absurdo no sentir melancolía o tristeza por la despedida que se viene. Muchas veces se da, sin embargo, que a pesar del desgaste de la pareja, tenés un sexo estupendo”.
“Me parece que la mejor manera de dar el good bye and good luck es a través de una situación que valga la pena recordar, y no te quepa dudas de que la mejor forma es un encuentro sexual intenso, comunicativo, gozoso y que deje una rastro imborrable. Eso es a lo que yo llamo una despedida fabulosa. La despedida y el drama no te tienen que quitar esa posibilidad del último disfrute, que va a hacer que el día de mañana cuando se encuentren, se miren y sonrían”. Así terminó su exposición.
Los postulados fueron tan convincentes, que “N” partió convencid@. Arregló su departamento, se puso lind@... Y llamó por teléfono. “M” le dijo que sí, que iba a cenar.
Llevaban, como dije, un año yendo y viniendo. “M” tenía otra relación y “N” pensaba secretamente que la cortaría. Y no.
Después de cenar, llegó el ultimátum: no daba para más. Se acababa todo, y era un hecho. Hubo silencio, extenso, prolongado. “N” no tuvo que proponer nada, y menos explicar o avisar de qué tenía ganas, porque estaban frente a frente, cara a cara. Porque sin palabras ya estaban tomados de las manos.
“De la mesa pasamos a un pseudo-sillón armado en el suelo y, recostados, nos abrazamos fuerte. Así estuvimos un rato. Después me paré para lavar platos y recoger la mesa. “M” me siguió a la cocina, también llevando trastos, y como empecé a lagrimear, me abrazó. Ahí, en la cocina, empezamos a recorrernos mutuamente las espaldas, nos miramos, y l@ besé intensamente, de golpe. Me sorprendí porque me correspondió con pasión, con tacto, con deseo”, contaba “N”.
“Me calenté a full, bajé a su cuello, lo mordí… me acariciaba pero fuerte, como frotando, casi rasguñando. Le abrí la camisa –como en las películas, lo juro. Bien cursi, de un tirón y haciendo saltar alguno que otro botón-. ‘M’ me sacó la ropa –despacio, porque le da “cosita”-, nos apoyamos contra la mesada y ahí, parados, con una cadencia firme y constante, comenzó todo”.
“L@ corrí de golpe. Estaba dolorid@, pero como en celo. Me llené de contradicciones: sentía lascivia, ganas de prendérmele como una garrapata. Pero también enojo y rechazo, porque la despedida era por su culpa. Quería pegarle… y comérmel@ a besos. L@ empujé y me fui al dormitorio. ‘M’ me siguió. Se acostó a mi lado, bien pegados, en la cama de una plaza y media, y en vez de seguir me preguntó por que tenía que ser la última vez. ‘Porque sí’, le dije. ‘Cog#/%me. ¿Vamos a co#/%er o no?’ –sí, me da por hablar sucio en ese momento, a veces-. Y continuamos. Y la cama crujía y crujía -¡pobre cama!-”.
“Fue genuino y estuvo muy bueno, como me dijo mi amiga. Ambos nos dejamos llevar por la pasión y nos conectamos, como lo hacíamos siempre. Pero no pude calibrarlo en el modo ‘despedida’. Inevitablemente ligad@ al romanticismo, me sentía plen@, fantaseaba, jugaba a que le pertenecía y, al mismo tiempo, l@ sentía mí@”.
“Terminamos abrazados, luego de dejar el dormitorio patas arriba, de nuevo en el comedor: medio desnudos, completamente satisfechos y con una enorme sonrisa de cómplices. Después de un rato, unas caricias, helado y más risas; le pedí que se fuera. No quería que se quedara a dormir –sino, no era un good bye sex-”.
Ahora viene la tarea del lector: ¿Sirve o no la follada de despedida?
Porque Purita dice que es una experiencia hot en la que hay que dedicarse a sentir y dejarse llevar… pero “N” ahora extraña.
Purita dice que ayuda a terminar bien las relaciones, de una forma madura y sensata. Pero “N” siente que fue una pendejada.
Purita dice que se llega a una relación cordial, amistosa, y ¿por qué no? tal vez a un revolcón eventual sin culpa. Pero “M” y “N” se evitan, cuando se ven solo se saludan o hablan del clima, y sienten al posible encuentro sexual como un retroceso y no como un hecho placentero.
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Federico Croce en Twitter: @federicocroce