¿Y para qué sirve un laberinto bajo la luna?

Equinoccio de otoño, laberinto de piedra y parque de esculturas en Uspallata. Una obra de arte perturbadora y la necesidad de encontrar respuestas en un sitio lleno de preguntas. ¿Para qué sirve el arte y qué pretenden los artistas? Un lugar en el que hablan las imágenes, al amparo de la luna llena.

El laberinto de las preguntas, en la montaña. Foto: Verenice Marañón.
El laberinto de las preguntas, en la montaña. Foto: Verenice Marañón.


“Dibujaba ventanas en todas partes.
En los muros demasiado altos,
en los muros demasiado bajos,
en las paredes obtusas, en los rincones,
en el aire y hasta en los techos.

Dibujaba ventanas como si dibujara pájaros.
En el piso, en las noches,
en las miradas palpablemente sordas,
en los alrededores de la muerte,
en las tumbas, los árboles.

Dibujaba ventanas hasta en las puertas.
Pero nunca dibujó una puerta.
No quería entrar ni salir.
Sabía que no se puede.
Solamente quería ver: ver.

Dibujaba ventanas.
En todas partes”.

Roberto Juarroz.




Atardece en Uspallata. Ya atardeció. Anochece en Uspallata y parece que nunca dejará de anochecer. Somos un puñado de gentes pisando con el mayor cuidado posible el cuero planetario.

Sabemos, por ejemplo, que dentro de un puñado de minutos comenzará a salir la luna llena, redonda y de plata, como el talismán de un ángel. Sabemos también que, en realidad, es el arte el que nos ha traído hasta este lugar. Y contaremos por qué: sucede que dos artistas, Yamila Marañón y Fausto Marañón, hija y padre, inauguran un laberinto de piedra con esculturas a cielo abierto, a noche abierta. Y resulta que para nosotros la noticia es tan importante como el descarrilamiento de un tren, el toples de Susana Giménez o el gol de chilena de Leonel Messi.

Foto Verenice Marañón.

Con las maldiciones aún en caliente contra “los artistas” por la suspensión del show de la Vendimia, volvemos sobre la evidencia: Uspallata, anochece y el arte nos trajo a este paraje, a este umbral protegido por dos guardianes del agua… ¿Qué es entonces, el arte? Tal vez una invitación para viajar a otro lugar. Tal vez una flecha, como una pregunta, partiendo hacia adentro, buscando blanco eternamente y tal vez el blanco también.

Empecemos de nuevo: el otro día, este que escribe fue hasta Uspallata con la intención de presenciar un momento perturbador, nutritivo, alto y bello. Y así fue.

Yamila Marañón, una artista mendocina bien lasherina, en el medio del campo, puso sus manos imposibles al servicio de la construcción de un laberinto con esculturas: la artista hizo arte y lo inauguró. ¿Y para qué sirve lo que hizo? Difícil responder si uno solamente piensa en servirse de algo. El arte es también el producto de los artistas, pero no solamente eso.

¿Para qué sirven, a fin de cuentas, los malditos artistas, ahí, vagueando por el mundo, armando versitos, sacando fotitos, dándole golpes a pedazos de piedra o madera, revoleando pañuelos en el teatro griego como si espantarán algo, gritando con sus guitarras, filmando cosas raras, levantando laberintos en la nada? ¿Cuál es la utilidad del arte? ¿Con que me guste o no me guste alcanza? ¿Es un espectáculo y hay que pagarlo?

La luna sale en Uspallata: se asoma por los cerros como un crepúsculo al revés. Transitamos el equinoccio de otoño y dicen que esa luna es la más grande de los últimos veinte años.

En el laberinto, un grupo de actores mezcla con impudicia el paisaje con sus movimientos de esculturas vivientes. La gente va y viene; o mejor: va por las galerías y ya no viene.

El arte sucede y, como todo organismo vivo, se completa con la luna presente.

Dice Yamila: “Labrys es un espacio laberíntico de rocas, una interpretación de los primeros laberintos encontrados en el planeta con una visión contemporánea del arte. EL laberinto de 7 senderos y nueve puertas contiene una serie escultórica realizada en granito. Una peregrinación hacia el centro de agua, un diálogo interno, un recorrido intuitivo hacia el corazón del dédalo permanente, donde en su núcleo habitan las ancestrales guardianas del secreto”. ¿Y qué quiere decir con esto? ¿Qué gana nuestra vida si le sumamos carga simbólica?

Empecemos de nuevo: El Labrys de Yamila está en Uspallata, en el museo de esculturas “Parque de las Artes”, una reserva cultural, al aire libre y puro, junto a la estancia San Alberto. Digámoslo ya mismo: no es un lugar para ir precisamente a entretenerse. Tal vez, incluso, no sea divertido y ni siquiera venden hamburguesas, pero cobra vida y la completa con la salida de la luna.

Los actores representan, encarnan, asumen algo. Dejemos que hable Yamila: “Se respira con el latir de la tierra, se despiertan los elementos, la fábula del zorro, la energía del rayo, la luz de la mujer de estrella y barro, los hombres agua, se desvelan recreando la historia de los orígenes. Se alzan sus muros de sonido desde las cuatro direcciones y viajan en la frecuencia del valle. El laberinto te aguarda y susurra en tu interior el mensaje de la piedra, para luego dormir nuevamente en el momento de conjunción entre la luna y el sol”, sigue ella.

Foto Verenice Marañón.

Cuenta el poeta Roberto Juarroz en el luminoso libro “Poesía y Creación”, una anécdota atribuida a Basho, al poeta y maestro Zen, a quien interrogaron sobre qué es la poesía. Y el maestro responde con una parábola: “He estado explicando Zen toda mi vida, confesó una vez Basho, y, sin embargo, nunca he podido comprenderlo. Pero, dijo su interlocutor, ¿cómo puede usted explicar algo que no entiende? Oh, exclamó Basho, ¿también tengo que explicarle eso?”. Por eso, el mismo Juarroz dice: “Definir la poesía es una imposibilidad, una utopía, algo que no puede hacerse. Yo preguntaría: ¿se puede definir la vida? ¿Se puede definir la muerte, la música, el amor? Sueño de una definición”.

Foto Verenice Marañón.

Con el arte ocurre lo mismo. Tanto la poesía como el arte están marcados por una evidencia: no están en el mundo para pintarlo, para contarlo o darle un sentido, sino para fracturarlo y así permitirnos el acceso a lo que Juarroz llama “nuevas dimensiones” de la realidad. Por eso es tan difícil comprenderlo, porque con la comprensión no alcanza. Tal vez por esto también a los artistas les interesa tan poco ser precisos respecto de sus búsquedas artísticas. Tal vez por esto también al público en general le resulta raro, cuando no amenazante y muchas veces condenable, tanto el arte como en particular el artista.

Perdidos en las galerías del laberinto de Yamila, llegamos a la conclusión de que este silencio invicto es lo que vinimos a buscar y que no habrá manera de convertirlo en palabra. El silencio del arte es el borde de la luna. Punto final.

 

 

Foto Verenice Marañón.

 

 

 

Foto Verenice Marañón.