Argentino, demasiado argentino

Lucas Malaisi es un reconocido psicólogo. Sus estudios sobre la educación los han llevado a recorrer el mundo. Aquí, una reflexión sobre la argentinidad y sus implicancias.

La otra noche, en el ejercicio de una de las liturgias más argentinas, comíamos un asado con amigos, y en las conversaciones surgió el interminable tema de la política. Hablábamos de los líderes políticos y por alguna razón, entre diferentes posturas, sucesivamente se recordaba más a sus madres de supuestos hábitos lascivos que a ellos mismos. En esa tertulia éramos un grupo en su mayoría de profesionales, a quienes no nos faltaba ninguna mano, y que en definitiva sólo criticábamos, sin mucha coherencia ni fundamentos. Replicábamos lo que, estoy seguro, acontece en muchos otros asados, cafés, taxis, quirófanos y hasta direcciones de escuelas de nuestro país.

Desde hace un tiempo en forma cíclica y casi continua estamos enfrentando situaciones de inseguridad, pobreza, precariedad, corrupción, inestabilidad, etc. Sórdida historia que se repite una y otra vez, donde los problemas parecieran ser nuestro propósito y aunque cambian los actores, el libreto es el mismo. ¡Insólito! Ya cumplimos doscientos años y creo que todos estamos reflexionando respecto del camino recorrido, yo particularmente me pregunto: ¿Qué puede estar fallando, que estamos tan entrampados en este libreto?

Lyall Watson describió un sorprendente suceso que ocurrió mientras experimentaba con monos en una isla cerca de Japón. Watson quiso que comiesen papas, pero al verlas con tierra y barro, los animales las rechazaban. Sin embargo, en una ocasión observó cómo a una mona joven se le ocurrió lavar los frutos en el río y entonces las comió sin problemas. Esta, casi como jugando, les enseñó a los demás monos jóvenes a lavar las papas. Así, más y más monos fueron aprendiendo a hacerlo, hasta que súbitamente, toda la colonia estaba lavando y comiendo las papas. Lo curioso fue que monos de otras islas, sin contacto con los anteriores, también habían aprendido a lavar las papas, incluso los monos de Takasakiyama, en pleno territorio de Japón, como si el nuevo conocimiento se hubiese expandido por el aire, alcanzando a toda la especie.
Watson consideró que cuando un número X de monos habían aprendido, se completaba la Masa Crítica, es decir, el número de monos necesario para que toda la especie adquiera el nuevo comportamiento. A esto se le llamó "Teoría del Centésimo Mono". Watson dice que si un número suficientemente grande de personas (Masa Crítica) adquieren un nuevo conocimiento o forma de ver las cosas, esto se propagará por toda la humanidad.

Desafortunadamente en la Argentina la masa crítica, es muy crítica. ¿Tendremos la habilidad que tuvieron los monos? ¿Podremos lavar un poco las heces que vociferamos respecto de nuestro país y su gente? ¿Podremos dejar de criticar para seguir buenos ejemplos?
Nunca faltará algún gordinflón ufano quejumbroso con mucho tiempo ocioso, en definitiva, un auténtico demasiado argentino que diga: ¡Eso es un atentado contra la democracia! No hablo de prohibir la crítica, sino de al menos habituarnos a anexarla a una propuesta superadora; de crítica infértil o destructiva transformarla en propuestas efectivas. Desde ya que de asumirse este desafío moral, enmudecería al demasiado argentino, lo cual ya sería bastante. Si el coste de cada crítica fuese hacerla por escrito o redactar una idea, apuesto ya no serían tantos los “valientitos”, quienes no son más que ineptos que se encargan de echar a rodar apocalípticas opiniones públicas.

No es extraño el hecho de que la crítica surja como consecuencia de una sensación de impotencia, sin embargo, sostengo que es esencialmente al revés. Porque al criticar y culpar al otro, le entregamos todo el poder dejándonos maniatados, dado que si el culpable es el otro, para que cambie la situación que padecemos, el cambio debe venir de ese otro y hasta tanto no se digne a cambiar, seguiremos igual. Así, culpando a los demás nos persuadimos de que no tenemos nada que ver con lo que nos pasa… nos desvinculamos de nuestras circunstancias, aligeramos nuestras responsabilidades a medida que perdemos nuestra libertad, y de este modo, incrementamos nuestra impotencia. Por ello propongo, en esta búsqueda de culpables y enemigos, sería bueno saber si no somos nosotros mismos los culpables. Si reconociésemos nuestra (dis)función en este sistema, tal vez no eructaríamos tan airosos las críticas. Hablo de hacer una epoché en sentido Husserliano, una autocrítica que nos permita un cambio de actitud. Autoevaluarnos en busca de qué podemos hacer para involucrarnos más como ciudadanos, dejando de farfullar ese quejido híbrido y cobarde, que no hace ni deja hacer.
Parafraseando aquel título de Nietzsche, bajo el encabezado “argentino demasiado argentino”, estas líneas, paradójicamente, no son otra cosa que una auto-crítica que nos desenmascara y revela ese lado nefasto y destructivo que no nos deja crecer, que nos desune y tienta a lanzar bazofia a cuanto acontecimiento nacional podemos. Por mencionar un ejemplo bien controversial, de la asignación universal por hijo sólo se rescató, para reprochar, el hecho de que algunos padres abandonaran sus puestos de trabajo para cobrar asignaciones por hijos múltiples. Filtramos así el rescate y escolarización de niños que se hizo en número millonario para centrarnos en unos ejemplos más de nuestra viveza criolla, y así despotricar indiferenciadamente contra el todo. ¡Basta! Mejor, celebremos el avance realizado y nos focalicemos con ánimo resoluto para solucionar los problemas postergados. Tal reacción de aquellos padres que abusaron de este recurso utilizando su progenie, en mi opinión, no hizo más que destacar un antiguo desafío pendiente: luego de sacar al hombre de adentro de la pobreza, hemos de sacar la pobreza de adentro del hombre.

Es esa maldita pobreza que habita en el hombre su limitación mental, es la motivación intrínseca que lo atemoriza, y consecuentemente, conduce a comportarse en forma ventajista, sigilosa y egoísta en este territorio tan generoso. La pobreza interna del demasiado argentino lo acobarda, y por ello es individualista a ultranza. Y por si fuera poco, su miseria interna le es intolerable y, como es habitual ya desde Rivadavia, la evade y disimula con su petulancia de renombre mundial. Miente y se miente vistiendo carpincho, alpaca y oro. Venera lo ajeno y se jacta de no esforzarse. Ahora, ¿Cómo construir el país que deseamos con esta “masa crítica de demasiados argentinos” o en términos vulgares, “manga de vagos arrogantes”? ¿Quién podría gobernar un pueblo así? o lo que es mucho peor, pero real ¿Qué gobierno puede exigir o merece nuestro pueblo?

Con algunas valiosas excepciones, el individualismo es contagioso, y su medio de contagio son un par de preguntas: “¿Si todos lo hacen, por qué yo no? o si se trata de un simple semáforo, “Nadie lo respeta, ¿por qué habría de hacerlo yo?”. Más que un virus, es un cáncer que hizo metástasis en todas las clases sociales. Lo curioso es que el mismo tipo de pensamiento puede ser su antídoto: “¿Si todos ayudan, por qué yo no? o “Nadie se adelanta en la fila, ¿por qué lo haría yo?”.  En ambos casos, la persona se ampara en una mayoría que valora muy distinto. El obstáculo para pasar de un lado al otro de este caleidoscopio que muestra realidades antagónicas, está dado por el hecho de que los beneficios de ser ciudadanos responsables y respetuosos, son indivisibles -vale decir, es un beneficio para todos- pero los costes son individuales (A. Downs). De este modo, cuando el esfuerzo es de cada persona, pero el beneficio es para todos, el individuo tiene un fuerte incentivo para evadir su participación. Hete aquí que estamos entrampados por las decisiones de cada uno, por no hacer un pequeño esfuerzo individual, aunque nos beneficie a todos.

Además, el individualismo actúa subrepticiamente manifestando sus consecuencias a largo plazo, largo suficiente como para olvidarnos de las conexiones que mantiene con todas nuestras acciones y omisiones. Es por esta razón que se crea una suerte de ilusión de impunidad, en la que el demasiado argentino se retira soberbio al no haber sido sorprendido en alguna fechoría, diciéndose a sí mismo “je je, los dormí a todos”. Cree que no paga el precio de lo que hizo, pero como vimos, el individualismo es contagioso, y largo suficiente como para olvidarse, pero en algún momento termina pagando cuando otro “lo duerme” adelantándosele en una fila o dándole de menos el vuelto, porque “¿Si todos lo hacen, por qué yo no?”. Como en todo sistema, todos estamos conectados y nos influimos recíprocamente. La termodinámica parece terminar ajusticiándonos a todos ya que “la energía –de la Argentina- es constante” y la gravedad espero haga lo propio echando por tierra a estos héroes de la desidia, sepultándolos en el olvido. Es la mismísima ilusión de impunidad lo que da vigor al individualismo y lo convierte en la moneda de cambio, es la razón por la cual creemos que lo que nos pasa como argentinos, no tiene nada que ver con nuestras elecciones como ciudadanos. Más allá del juego de palabras, se trata de ver que cada víctima tiene mucho de victimario y quienes se creen victimarios terminan siendo víctimas en este funesto círculo vicioso.

Es obvio que la masa marca tendencias, ya sea brindando amparo a los inseguros que no saben cómo obrar o bien sirviendo de justificativo a los que llevan la pobreza dentro. Pero aunque ninguno de nosotros pudo elegir a su padre y madre, a su familia, ni su país, desde el momento en que somos adultos, nacemos a la vida de elegir y este derecho es nuestra responsabilidad más sagrada. El demasiado argentino reniega por no haber nacido en un país perfecto “digno de su ciudadanía”; mientras el argentino lucha por perfeccionarlo. Me pregunto: ¿Qué es motivo de orgullo? ¿El haber nacido en un país perfecto o lo que hacemos –y dejamos de hacer- para perfeccionarlo?

Fueron las matemáticas, y no una voluntad filántropa ni creencias religiosas, las que convencieron a especuladores economistas de que es absolutamente redituable el acuerdo, la cooperación y agrupamiento de las partes (en bloques económicos), en beneficio de cada una de ellas. Es así que “cooperar y hacer el bien, es negocio”. No es necesario defender el hecho de que es absolutamente beneficioso el ocuparnos de nuestro contexto, para obtener inclusive un beneficio propio. Sí, aunque se beneficien otros, también nosotros; ¡no son excluyentes! Ortega y Gasset decía sabia y sistémicamente: “yo soy yo y mis circunstancias, si no la salvo a ella, no me salvo yo”.

Que nuestro cambio no esté supeditado al del otro, no especulemos ni esperemos resultados inmediatos, tomá la decisión de vivir conforme a valores pensados y elegidos. Tal vez estas paráfrasis puedan dar fuerza a este alegato: “Tenemos que ser nosotros el cambio que queremos ver en la Argentina” (Gandhi), "La Argentina es un lugar peligroso; no sólo por aquellos que hacen el mal, sino también por aquellos que miran y no hacen nada" (Einstein). El todo es más que la sumatoria de sus partes, y necesariamente se compone estructuralmente de cada una de ellas. Como el caso del centésimo mono, tal vez falte una sola persona para completar la Masa Crítica, y así desencadenar una nueva consciencia y noble comportamiento de todos para todos. Hemos de reconstruir nuestra identidad como argentinos y para ello no necesitamos más que de las decisiones cotidianas de mejorar en cada uno de nosotros. Dejemos de vivir como proscritos en nuestro territorio; amemos y respetemos este nuestro país. Si de esta autocrítica tomásemos consciencia de cuánto daño le hacemos a la unión y confianza que se necesita para amalgamar los esfuerzos patrios, que desperdigados se disuelven en el ácido del menosprecio por nuestro país, de seguro detendríamos la crítica.

Este terruño es inocente de nosotros, pero nosotros no de él. De nuestras elecciones depende su futuro. Somos un todo y no podemos prescindir de ninguno, principalmente necesitamos de los más desprovistos y desahuciados. De algunos se requerirán sus acciones, mientras que de otros ciertas omisiones, pero de todos algo. Debemos defender nuestra identidad, ya que es el molde de nuestro comportamiento, y este, el baluarte de nuestro porvenir. Tal vez con el tiempo puedas perder bienes y amigos, pero nada puede quitarte el orgullo de ser ¡ARGENINO, BIEN ARGENTINO!

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