Haciendo la revolución desde Facebook y Twitter

Los medios masivos no contamos aquello que interesa a la gente. Por eso y porque Internet es la más formidable herramienta de socialización de la información que hayamos conocido, las redes sociales crecen y crecen.

Foto: Ulises Naranjo / MDZ.
Foto: Ulises Naranjo / MDZ.

Hagámonos cargo: los medios masivos de comunicación hemos dedicado siempre (siempre) nuestros mejores afanes a urdir un concepto de la realidad que, para la gente de a pie, el pueblo, la vecina, el obrero, poco tiene que ver con la realidad que vive.

El periodismo se ha perfeccionado, así, como un género literario. De hecho, ha ido más allá, intentando, con éxito, “fabricar” realidades engordadas a fuerza de agenda y titulares de primeras planas para beneficiarse económicamente con los contextos que esas operación generan.

Ejemplo de esta actitud es el hecho de que nosotros, los medios de comunicación, nunca nos hemos tomado la solidaridad en serio, como un bien social a cuidar y hacer crecer. Sí la hemos promovido de modo aislado y, en algunos casos, de manera continua, como una forma de expiación de culpas y también de búsqueda de rédito social, prestigio institucional y hasta de utilidad económica.

Los medios masivos no contamos lo que le pasa a la mayoría de la gente, sino, en todo caso, lo que le interesa a la minoría que decide, consume, se capacita, vacaciona y forja relatos de los relatos, mientras mueve los hilos de la marioneta universal.

Por eso, ¿por qué habría de sorprendernos el tremendo auge que Internet –esta maravillosa herramienta de socialización de la información– ha tomado, en particular, en el desarrollo de las redes sociales? ¿Cómo no elevar intereses personales y constitutivos a Facebook o Twitter, si no hay otro lugar legítimo para propalar realidades?

Está claro que también las redes sociales están llenas de basuras, liviandades, estados de ánimo, estados civiles y cosas por el estilo, pero esto –bastante difundido y comprobado e incluso tratado por este escriba– no será parte del tratamiento de esta nota. Nos centraremos en las redes sociales y su enorme poder transformador de situaciones sociales, a través de la participación directa de los ciudadanos.

Las redes sociales se hacen con gente. Para el caso que nos convoca, con gente no satisfecha con el discurso de los medios masivos. En ellas, las personas encuentran un espacio de comunicación sin filtros y la posibilidad –a veces concretada– de que su botella al mar se transforme en un mensaje leído por cientos o miles o decenas de miles. Así la llamada “realidad virtual” pierde virtualidad y gana “realidad” real.

Aquello que no consiguieron los medios masivos de comunicación –tal vez por que no les interesa o no les conviene–, lo ha conseguido un simple posteo invitando a otros a cambiar, por poco que sea, el mundo.

La suma de individualidades va conformando así una nueva idea de absoluto, sin periodistas en medios que jueguen a ser “iluminadores” o “bien pensantes” o peor aún: “la voz de los que no tienen voz”.

 

Vamos a un caso



Hace unos meses, este que escribe tuvo ocasión de presenciar, de manera combinada en una sola experiencia, el tremendo poder de los medios masivos de comunicación y de las redes sociales, en particular, Facebook.

Lo cierto es que publicamos en MDZ una primera nota contando el caso de Emanuel, un niño ciego, sordo y mudo, adoptado por una pareja de humildes ancianos de Las Heras. “El amor más grande del mundo vive en Mendoza”, se llamó y rápidamente, la crónica trepó hasta la 8.000 lecturas, con decenas de comentarios y cientos de aprobacioes vía FB.

El texto, además de contar la tremenda historia del niño y sus ancianos padres, fue un verdadero pedido de auxilio, habida cuenta de que Emanuel necesitaba diversas ayudas: asistencia médica especializada, tramitación de pensiones sociales y donaciones, a consideración de los lectores.

Ya en carrera con el recurso de la publicación en el diario, lectores solidarios decidieron formar un grupo en Facebook, llamado “Ayudemos a Emanuel”, en el que se anotaron nada menos que 902 personas. A los efectos de canalizar del mejor modo los aportes, algunos nos reunimos en Plaza Independencia para que los lectores conocieran a la familia y opinaran sobre la organización de la ayuda.

La virtualidad, entonces, devino en contundente cuerpo a cuerpo a favor de un niño. Como todo proceso de este tipo, tuvo sus aciertos y sus errores, pero lo cierto es que el niño y su familia recibieron decenas de donaciones, atención médica, aceleración de sus trámites de pensiones y hasta premios de organizaciones sociales.

Hay que dejar en claro que estas clases de ayudas voluntarias nunca son suficientes ni enteramente certeras. Y también que es el Estado el principal responsable de brindar cobertura sociales a los habitantes. No obstante, hágalo o no, una comunidad (organizaciones, empresas, artistas, vecinos) que se precie de cierta sanidad de espíritu no puede dejar de fomentar y participar activamente de actividades solidarias.

A modo de conclusión de esta experiencia no sólo queda el hecho de la ayuda efectiva, sino también de la evidencia de que los lectores –quienes siguieron leyendo las notas que publicamos al respecto– necesitaron un espacio de mayor desarrollo de sus inquietudes y ese espacio fue Facebook. La red social, para ellos, fue una herramienta de suma utilidad.

Todos los que las usamos sabemos de sobra la cantidad de basura que se acumula en las redes sociales. Sin embargo, hoy las destacamos por dar la posibilidad de que se erijan informaciones y discursos más diversos y plurales a fuerza de participación directa. Brindemos por ellas, hoy. Ya mañana tendremos ocasión de seguir apuntándoles entre los ojos.